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 • HISTORICO

Del glamour de Sofía a la Sunny Beach del Mar Negro

El nuevo integrante de la Comunidad Europea tiene milenios de historia, playas fabulosas y el mejor yogur del mundo, y todo a precios más que tentadores




SOFIA.- Uno de los principales reparos que tuvieron los líderes europeos en Bruselas a la hora de decidir sobre la inclusión de Bulgaria y Rumania en las filas de los países comunitarios fue el nivel de corrupción sideral que infecta las instituciones de ambas naciones.
En el camarote del tren que me traía de Salónica a esta ciudad, la capital de Bulgaria, conocí a Argyris Kremastoulis, un griego que estudiaba Derecho en la Universidad de Sofía. Argyris me convidó con cigarrillos griegos y dijo que me llevaría a pasear por Sofía. "Pero mañana a la mañana no puedo -aclaró-, porque tengo cita con un profesor para comprar una materia."
La inusual revelación me hizo reír y Argyris me explicó que allí, en Bulgaria, esto era algo común, que aprobar una materia costaba alrededor de 200 dólares, y que incluso uno podía comprar títulos. Mi otro compañero de camarote, un ruso con seis pasaportes de colores diferentes, que lucía pantalón y buzo de la selección nacional de El Salvador, sonrió con complicidad y convalidó la historia del griego. Pasa en las mejores familias , pensé, ya que el 1° de enero de 2007 Bulgaria, junto con Rumania, se convirtió en miembro de la Comunidad Europea...
Sofía es una ciudad elegante y con personalidad. El sofisticado Boulevard Vitosha es la principal arteria vial del centro, día y noche transitado por atareadísimos búlgaros. A pasos de allí se alza la imponente catedral Alexander Nevski, que domina la ciudad con las cúpulas. En la cripta de la catedral hay una excelente colección de iconos bizantinos. Los numerosos Cristos lánguidos no despiertan tanto interés como las obras de Dimitri Kanchov de Tryana, especialmente aquella que ilustra con cándida crueldad las horripilantes escenas del martirio de San Jorge.

Su majestad, el yogur

A la hora en la que el hambre empieza a roer las entrañas, el consejo es simple: comida búlgara. Tárator, una refrescante y nutritiva sopa de yogur y pepino, es una exquisitez; de plato principal, cualquier tipo de guiso de cerdo o cordero con huevos y verduras será seguramente un acierto. Un almuerzo completo no costará más de 20 levas (10 euros).
El yogur merece un párrafo aparte: sin sal ni azúcar, blanco como leche, ya sea bebible o comestible, es un manjar de reyes. Los búlgaros se jactan de haber conseguido el mejor yogur del mundo, y después de recorrer los Balcanes, tierra de yogures excelsos si las hay, cuesta no darles la razón.
En las noches de verano, la gente se reúne en la plaza que está frente al Museo de Bellas Artes para disfrutar de conciertos famosos en pantalla gigante.
Entre grupos de melómanos que comían pan negro con queso y bebían la muy buena cerveza búlgara, Zagorka, vi y escuché a la Filarmónica de Viena dirigida por Herbert von Karajan interpretar el Réquiem, de Mozart. Un lujo impensado y conmovedor.

Burgas y más...

Pero el glamour de Sofía no es la única gema en la diadema de Bulgaria. La costa del Mar Negro ha sido agraciada por la naturaleza con pequeñas bahías y penínsulas que deleitarán al viajero ávido de paisajes maravillosos.
Burgas, la ciudad balnearia al sur del país, tiene servicio frecuente de ómnibus con el resto del país, y dista unas cinco horas de Sofía. La ciudad no ofrece demasiados atractivos: apenas una playa empetrolada con paradores bulliciosos y una peatonal que de noche se llena de adolescentes hiperactivos.
Es en las afueras de Burgas, donde se encuentran dos pueblos que ameritan la visita. El primero, Nessebur, está enclavado en una península circundado por murallas bizantinas. Las antiquísimas casas de madera tallada, las sugestivas iglesias medievales y las vistas alucinantes del mar hacen de éste un sitio único, pero lamentablemente día tras día lo visitan numerosas comitivas de turistas alemanes e ingleses y se ha convertido en un triste emporio del souvenir.
Frente a Nessebur se extiende la famosa franja playera y hotelera bautizada como Sunny Beach , una suerte de pequeño Cancún sobre el Mar Negro, cada vez más frecuentada en el verano por ingleses y alemanes.
Al sur de Burgas está Sozopol. Hace al menos tres milenios, en ese entonces se llamaba Apolonia, fue una de las escalas de Jasón y sus argonautas al retorno de su agitado viaje en busca del vellocino de oro. Hoy, Sozopol comparte con Nessebur el estilo arquitectónico y posee también hermosas iglesias bizantinas, pero a escala decididamente más pequeña. Sus playas en forma de herradura son un primor; cuando amanece y se asoma el sol en el horizonte asiático, el mar pasa de negro a gris azulado y las toninas nadan hacia la playa para retozar en aguas poco profundas. ¡Espectáculo para ver!

Datos útiles

Cómo llegar

Alitalia, a Sofía vía Roma o Milán, alrededor de 1800 dólares

Dónde dormir

  • Sofía: el Hotel Vega tiene habitaciones dobles a partir de 95 euros. El Hotel Maya, frente al Sheraton, en pleno centro, dobles por 35. Más información: www.sofiahotels.net

Curiosidad

Hay en Bulgaria una extrañísima costumbre. Para decir no se asiente y para decir se mueve la cabeza hacia un costado y el otro. Este curioso hábito viene de tiempos en los que los turcos dominaban el país y obligaban a sus habitantes, que eran ortodoxos búlgaros, a convertirse al islam. Para burlar al invasor y conservar su fe, los astutos búlgaros tuvieron esta magnífica ocurrencia. Cuando se les preguntaba si seguían creyendo en Cristo movían la cabeza hacia los costados, diciendo en realidad que sí. Y cuando se les preguntaba si aceptaban que Alá era el único Dios y que Mahoma era su profeta, asentían. De todos modos, algunos búlgaros ya se han aggiornado y asienten para decir que sí, de modo que puede llegar a ser aún más confuso para el turista que va preparado para entrar en el mundo del revés. Estos búlgaros ...

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Pablo Maurette

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