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 • HISTORICO

El destino de las especies - Puerto Deseado

Santa Cruz. Aquí estuvo Charles Darwin, podría decir el cartel, que aún no existe. Mucho está por hacerse y por explorar en la sorprendente reserva natural de la Ría Deseado, por la que anduvo la expedición del célebre naturalista inglés


Puerto Deseado

Puerto Deseado - Créditos: Santiago Greene



Las navegaciones por la ría permiten acercarse a grandes colonias de cormoranes, lobos marinos y pingüinos, entre otras especies

Las navegaciones por la ría permiten acercarse a grandes colonias de cormoranes, lobos marinos y pingüinos, entre otras especies - Créditos: Santiago Greene

¿En cuántos lugares de la Argentina (o del mundo) se puede ver una tonina y un puma en un mismo día y sin recorrer más que unos kilómetros? ¿Y también pingüinos de Magallanes y de penacho amarillo, guanacos, cormoranes y ñandúes? En Puerto Deseado, sí. En otro, muy difícil. Por eso, esta pequeña ciudad de la costa santacruceña tiene tantas chances de convertirse en el próximo gran destino de observación de fauna en el país.
Todavía es uno de esos sitios de los que se dice que quedan lejos. Algo que, en términos turísticos, a veces significa solo sin aeropuerto. En este caso, la pista más próxima y utilizada es Comodoro Rivadavia, a 285 kilómetros. Desde esa ciudad, en el sur de Chubut, hay que aventurarse por la ruta 3 hasta desviarse por la 281, que lleva finalmente a este buen puerto de 20 mil habitantes, sobre la orilla norte de la Ría Deseado.
Única en Sudamérica, esta ría se forma en la desembocadura del río Deseado. Su cauce, entre dramáticos cañadones, es periódicamente ocupado por las mareas oceánicas, que penetran hasta unos 40 kilómetros conformando un paisaje y un ecosistema únicos. Para conocerlos, lo habitual es una exploración en tres actos, que no agotan las posibilidades, pero dan un buen panorama de este reservorio natural.
LA NACION. Santiago Greene
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1 Miradores de Darwin: el grito de piedra

La camioneta deja atrás Puerto Deseado rumbo a Tellier, por la ruta 281. Diego Ibáñez volantea a la izquierda para tomar la 47, de tierra pero en pleno proceso de asfaltado. El objetivo son los Miradores de Darwin, un punto panorámico para captar la imponente ría Deseado, nombre que recuerda el paso por ahí de Charles Darwin, en 1833.
El camino atraviesa estancias áridas sin alambrados. Ñandúes, guanacos y ovejas marcan las máximas elevaciones en el paisaje. Una mara velocista le saca buena ventaja a la 4x4. En una FM local celebran el anuncio del día: se reactivará el ferrocarril Puerto Deseado-Las Heras, parado desde 1978. "Como sea, hay que revivir al muerto", responde el conductor del programa a un oyente que duda del anuncio en plena campaña electoral. Florencio Randazzo y Máximo Kirchner ya están en la localidad para encabezar el acto político en cuestión. Por la 47, estamos todavía cerca de Puerto Deseado. Pero las noticias, en este desolado entorno, suenan tan remotas como una protesta de estibadores en Alaska.
Después de 40 kilómetros de marcha, una curiosidad: para llegar a los Miradores, que son reserva provincial, hay que ingresar en propiedad privada: la estancia de la familia Wilson. En una actitud controvertida, los dueños de casa cobran una especie de peaje, de 100 pesos, a quien quiera ver lo mismo que Darwin en el siglo XIX. Al menos la parada nos puede venir bien para recargar el termo, aunque el solitario trabajador del campo, Feliciano Jaramillo, está ocupado terminando de carnear un capón de quince kilos. A dos metros tiene un balde de albañil lleno de sangre y dos perros flacos que esperan.
Dejamos a Jaramillo, cruzamos una tranquera más y en cien metros nos paramos ante una inmensa y rojiza grieta recorrida por un anguloso curso con escasa agua. Una configuración dramática, a su tiempo registrada en dibujos por Conrad Martens, artista de aquella expedición darwiniana. En aquel gráfico se distingue claramente la roca triangular ahora ante nosotros, que hoy es otro símbolo de Puerto Deseado.
El gran cañón: la ría, desde los panorámicos Miradores de Darwin

El gran cañón: la ría, desde los panorámicos Miradores de Darwin - Créditos: Santiago Greene

Alguien podría considerar oportuno colocar acá un cartel con aquel dibujo, frente al paisaje real, con un círculo indicando usted está aquí. También podría haber baños, un café con wifi, una tienda que venda llaveros y remeras con el rostro del teórico de la evolución de las especies. Pero nada de eso, ni un letrero a mano. Más allá de alguna piedra que haya rodado unos centímetros en los últimos dos siglos, no hay rastros de mayor alteración desde que el naturalista inglés se detuvo acá para luego escribir: No creo haber visto en mi vida lugar más aislado del resto del mundo que esta grieta rocosa en medio de tan extensa llanura.
De eso habla Diego cuando nos damos cuenta de que desde una saliente sobre el cañón, a no más de cuatro metros, nos estudia un puma de pelaje gris. Son segundos, apenas, y el animal dispara y se pierde de vista. A veinte metros encontramos su almuerzo: los restos de un chulengo. "La que anda por allá debe ser la madre", apunta Diego.
Cuesta admirar la ría desde lo alto sin tentarse a bajar hasta el barroso fondo del cañón. Diego plantea un dilema: tomar el camino fácil pero largo o el corto pero difícil. Ante semejante metáfora de la vida, probablemente elegimos mal, como para no perder la costumbre, y encaramos hacia abajo sin buscar el sendero amigable, por una ladera demasiado pronunciada y de piedras sueltas. A cada paso, una mini avalancha. Hasta que no hay más piedras, pero tampoco dónde caminar y debemos improvisar cinco metros de escalada pegados a una pared lisa. El final es más simple: hay que saltar desde dos metros. El secreto no es evitar la caída sino "caer lo mejor posible", como demuestra Diego, antes de sacudirse el polvo de todo el cuerpo y evaluar los daños. Lo seguimos sin elegancia.
Llegar a la ría sabe a victoria, pero hay demasiado fango como para explorar por ahí. Si se tira una piedra, desaparece como en una trampa de arenas movedizas a la Hollywood. Además, hay que buscar el camino para regresar a la camioneta. El camino fácil.
Para la vuelta, hay que atravesar otra vez la estancia de los sucesores de Rafael Wilson, como indica un cartel. Le contamos del puma y Jaramillo se alarma. Sólo los turistas se alegran al avistar a este felino, fatal depredador de ovejas por cuya cabeza se llegan a pagar hasta 5000 pesos.

2 Ecosafari por la ría

Después de admirarla como Darwin, a la ría hay que navegarla. En Puerto Deseado tres prestadores ofrecen excursiones en botes para internarse por su recorrido y observar de cerca su fauna. Darwin Expeditions es la pionera, en funciones desde 1992. Su embarcación semirígida para doce pasajeros sale de un muelle exclusivo a pocos metros de robustos barcos pesqueros y de carga, en el puerto del pueblo.
No le toma más de cinco minutos cruzar a la otra orilla y encontrarse cara a cara con una especie de santuario de cormoranes grises. Ese paredón de la ría es suyo. De las piedras caen estalactitas de guano, como si fuera cera.
Alcanzaría para entretener un par de horas a un club de birdwatchers exigentes, pero es sólo el comienzo. Seguirán otros refugios de cormoranes de cuello negro (o roqueros), de gaviotas y de ostreros, con su pico largo y colorado.
Después, la corriente de cinco nudos guía al bote hacia una roca cubierta de lobos marinos de un pelo, que arman tremendo show. Un gran campeón de 400 kilos domina la escena, rodeado de hembras. A ningún otro macho se le ocurre hacerle frente.
Los lobos están allí todo el año. En cambio, miles de pingüinos de Magallanes sólo regresan cada septiembre a la Isla de los Pájaros, la próxima parada (la única con desembarco), a 5 kilómetros de Puerto Deseado. Es una porción de tierra de medio kilómetro cuadrado, plana y con unos cuantos arbustos apenas más altos que los pingüinos. La playa es Disney para aficionados a los pingüinos, a los que debe recordarse la responsabilidad de no acercarse más de la cuenta ni interferir con los animales.
Los pingüinos, se sabe, vuelven siempre al mismo nido (en la isla hay unos 10.000) y se reencuentran con su pareja, "en el 90 por ciento de los casos", según aclara Roxana Goronas, guía de Darwin Expediciones.
Roxana es porteña, de Villa Pueyrredón, pero antes trabajó en Península Valdés. "Vine, hice esta excursión y decidí quedarme. Porque acá se ve lo mismo que en otros lugares, pero sin recorrer tanta distancia, con menos turistas y en estado más virgen".
Lo único que falta, con casi dos horas de tour, son las toninas. "Nunca lo prometemos, pero la verdad es que en todos estos años jamás dejamos de verlas", dice Ricardo Pérez, capitán del bote y socio de la agencia. Transcurren los minutos y cuando parece que será el primer fallido de su carrera, entre dos windsurfistas del pueblo asoma la aleta de una tonina. Ricardo, ahora sí, se afloja después de otro buen día de trabajo en la ría.

3 Isla Pingüino: Club Penguin

Las posibilidades de exploración no se agotan en la ría Deseado. De hecho, la estrella del destino, visible en logos y cartelería locales, es el pingüino de penacho amarillo, que no anida en la ría sino en la Isla Pingüino, pocos kilómetros mar adentro, a 45 minutos de navegación desde el puerto.
La isla es parte de un parque interjurisdiccional marino de reciente creación, en 2012, con una superficie de casi 160 mil hectáreas, que incluye otras islas menores como Chata, Castillo y Blanca.
Es un área protegida tan nueva que aún no cuenta con infraestructura. Ni un muelle, lo que complica los desembarcos en su costa rocosa golpeada por las olas y obliga a anclar, luego, a unos cuantos metros.
Desolada, ideal como locación fílmica en modo aventura y suspenso, la isla es un kilómetro cuadrado de piedras cubiertas de musgo y coronadas por un viejo faro, aún atractivo a pesar de su estado de deterioro (quedan vidrios de las ventanas rotas en los alrededores).
Fuera de eso, esto es la Nación Pingüino. Los de Magallanes imponen su mayoría. Anidan entre las piedras, en pozos y también en las ruinas de una vivienda que allá lejos alojó a un equipo de guarda faros. Como si la naturaleza (seguramente entre otros factores) hubiera expulsado al hombre para devolverles el poder a estos (otros) animales.
Pero los más buscados acá son los de penacho amarillo, parientes cercanos de muy descriptivo nombre y un andar bien característico, cómicamente altivo. Los hay también en Isla de los Estados y en Malvinas, pero se dieron a conocer entre el gran público por la película animada Happy Feet, donde consiguieron un recordado protagónico.
En la Isla Pingüino se reservan el resguardo de unas grietas sobra la áspera cara sur. Pero cuando desembarcamos, dos semanas atrás, los penacho amarillo, que habitualmente se atrasan más que los de Magallanes, aún no habían arribado.
Dos colonias de lobos marinos ocupan también sendos sectores, que protegen con celo. Más allá, se acomodan los cormoranes biguá. Por acá, las palomas antárticas. Son como barrios bien definidos, cuyos límites nadie transgrede. A excepción de las skuas, parientes rapaces de las gaviotas, que suelen acechar a los pingüinos bebes y, con sus vuelos rasantes, le ponen una dosis de drama y súper acción a esta más bien bucólica isla.
"Cuidado porque han golpeado en la cabeza a más de un turista. Lo mejor es no tener anteojos. Son muy agresivas", avisa Daniel Fueyo, líder de la expedición brindada por su agencia, Puerto Penacho. Fueyo guía estas excursiones desde hace cinco años. "Hasta entonces trabajaba en el puerto -recuerda-, pero quería hacer esto y en cuanto pude me largué. Siempre pensaba, mirando el mar: yo quiero estar ahí".

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