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 • HISTORICO

Historias de pesca y surf en el Perú

En Piura y Tumbes, en la frontera con Ecuador, hay numerosas playas y caletas donde los pescadores conservan tradiciones que ni los jóvenes con sus tablas pueden quitarles




PIURA, Perú.- "El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas." Santiago, el protagonista de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway se internaba cada mañana, con el alba, en la inmensidad del océano, para volver entrada la noche, si tenía suerte, con la cena en sus manos. Siempre la misma rutina, día tras día, año tras año.
Manuel vive en Cabo Blanco, no tiene más de 13, y su piel todavía no está manchada por el sol, pero al igual que Santiago comienza el día junto con los primeros rayos solares. Se pone su guayabera, deja la cabaña de paja y barro, y descalzo camina hacia el mar. Serio, levanta los hombros y se autodenomina pescador, sin saber de los tiburones que se le antepondrán en su camino.
Aprendió de chico, cuando acompañaba a su papá y a sus hermanos.
Sus vidas se parecen no por casualidad, estas tierras inspiraron al escritor norteamericano, que en la década del 50 se instaló en la región -1000 kilómetros al norte de Lima- a escribir su libro.
La mayoría de los pobladores de la costa norte del Perú tiene como principal actividad la pesca de alta mar.
Aún se montan en los tradicionales caballitos de totara, embarcaciones 3000 años cuando, según los antiguos relatos, un hombre llegó desde el otro lado del acéano en grandes balsas de totora. Se trata de una planta de tallo largo que se siembra en huachaques. Los tallos se cortan, se dejan secar en la arena y se arman los caballitos. Las playas, además de baños de sol y mar, ofrecen la posibilidad de practicar deportes náuticos como surf, caza submarina y pesca de altura. La zona, no acostumbrada al turismo masivo, invita a descansar y disfrutar de su gastronomía típica.
Desde la ciudad de Piura hasta Tumbes se alternan las playas y las caletas de pescadores con grandes extensiones desérticas. Son 280 kilómetros que se pueden recorrer por la restaurada Panamericana Norte.
Antes de emprender la travesía, visitar Piura es una buena opción.
Su arquitectura y el valor histórico de sus iglesias hacen de Piura un centro digno de conocerse. La capital del departamento -fundada por los españoles cerca del 1532- conserva aún su estilo colonial, pero combinado con sectores residenciales y comerciales modernos. En el corazón de la ciudad se destaca la Plaza de Armas, rodeada de tamarindos y palmeras. En el centro se levanta el Monumento a la Libertad, conocido como La Pola. Allí mismo se erige la catedral, que data de la época colonial, con retablos barrocos. El altar está bañado en pan de oro.
También se puede visitar la iglesia de San Francisco -la más antigua del lugar-, donde se proclamó la independencia del departamento, o la iglesia del Carmen, decorada con el arte virreinal.
El museo arqueológico contiene una gran colección de cerámicas y objetos metálicos de la cultura Vicus -la más importante que se desarrolló en la zona- y otras culturas preincaicas.

Hacia el mar


Las playas más próximas a Piura son Paita y Colán. Para acceder a ellas hay que desviarse de la ruta Panamericana, pero vale la pena.
El rugir de las olas es lo primero, y lo único, que se escucha al llegar a Paita. Fue el destino preferido de las familias ricas de Piura y un importante puerto que recibía barcos norteamericanos y europeos cargados de mercaderías. De ese pasado sólo quedan algunas antiguas casonas con plantas muertas en sus amplios balcones. La tradición cuenta que el balneario es dueño de la luna más romántica del Perú, bajo la cual, seguramente, se juraron amor eterno Simón Bolívar y Manuelita Sáenz (la casa donde la amada del libertador murió puede visitarse).
Cientos de algarrobos que rodean el camino anuncian que Colán está cerca. Característico por sus playas y sus casas construidas sobre pilotes de madera en la orilla. En el pueblo de San Lucas de Colán, a 10 minutos del mar, está la primera iglesia construida en el país, obra de los dominicos, en 1536.
Ya por la ruta Panamericana y al fondo de una bahía está Talara. La ciudad se extiende en dos niveles. Una parte está en lo alto de los acantilados y la otra, al pie de éstos. Es el centro más importante de la producción petrolera de la costa. Una recorrida por sus calles puede provocar que el turista distraído se pierda. Las casas parecen haber sido construidas siguiendo los mismos modelos, por lo que tomar una como referencia puede traer complicaciones.

Récord de pesca y surf

Por un serpenteante camino entre acantilados se desemboca en Cabo Blanco, el paraíso de la pesca de altura. El agua cálida y con moderados movimientos son ideales para los deportes náuticos. En la década del 50 fue el lugar elegido por varios intelectuales, entre ellos Hemingway, para pescar. Se batieron récords mundiales en la captura del merlín negro y el pez espada. El hotel en donde se hospedaban posee una sala museo que exhibe ejemplares desecados de esas especies de tamaños y pesos impresionantes (alrededor de una tonelada), así como fotos y trofeos.
Organos es una caleta de pescadores y playa rodeada por una hilera de cocoteros frente al mar. El balneario, al igual que Cabo Blanco y Máncora, es elegido para surfear. La zona es escenario de torneos que atraen a tablistas de todo el mundo en busca de buenas olas. En Cabo Blanco, las olas son completamente tubulares y llegan a medir 3 metros. Las olas tubulares son huecas y permiten agacharse cuando se empiezan a romper y salir por el lado despejado, eludiendo el alcance de la rompiente. Una ventaja, que no se da en los centros tradicionales del surf como Hawai, es la constancia de la marea: se registra el mismo oleaje durante todo el año.
Los que llegan a Máncora traen con ellos la tabla de windsurf. De colores y tamaños diversos, pero tabla al fin. Es que las olas son apropiadas para cualquier clase de maniobras sobre ellas.
Los que no llevan una tabla bajo el brazo pueden ir a Las Pocitas, que al estar rodeada de rocas permite bañarse con tranquilidad. También pueden acercarse a las termas de la Quebrada de Fernández, aguas salitrosas que bullen desde el subsuelo. Siguiendo por la Panamericana, ya en el departamento de Tumbes se accede a Punta Sal, una playa semicircular de aguas tibias resguardada por lomas salpicadas de algarrobos.
Tiene un complejo de bungalows y departamentos en medio de jardines y piletas de natación que dan al mar.
A las 3, los pescadores entran en el mar en balsillas de seis troncos amarrados con soga, una vela cuadrada y un timón. La costumbre es de la cultura de los Tallanes, el primer grupo indígena que hizo contacto con los conquistadores. Regresan con langostas y meros.
La carretera prosigue por el desierto. El próximo destino es Zorritos, centro de la explotación petrolera. Cerca están las playas de Caleta de la Cruz, con gran valor histórico: allí fue donde Pizarro desembarcó para iniciar la conquista del territorio.
El recorrido llega a su fin en Tumbes. Se ingresa por un gran puente metálico que atraviesa el río Tumbes, uno de los más caudalosos de la costa peruana y que permite la navegación hasta su desembocadura. Al igual que en Piura, se puede visitar la catedral -construcción del siglo XVII hecha por los padres agustinos- y la Plaza de Armas Una visita a la región no es completa si no se conoce Puerto Pizarro, 13 kilómetros al norte de Tumbes, en el delta del río. Las aguas dulces se juntan con las marinas.
Hay pequeñas islas que son recubiertas por las aguas cuando la marea sube. Allí crece el mangle, hábitat de miles de pájaros y cuyas raíces sirven de soporte a las conchas negras.
En el laberíntico manglar, la tranquilidad sólo se altera cuando el ruido del motor de las lanchas de los pescadores se pierde en los esteros y rompe la armonía del canto de las aves.
Andrea Ventura
Sabores de la cocina peruana
La costa peruana es para paladares exigentes. Los platos típicos son el cebiche y el sudado. Los lugareños confesaron, en voz baja, las recetas más sabrosas.
Sudado de conchas. En una olla poner aceite y hacer un aderezo con un kilo de cebolla blanca, tres dientes de ajos molidos, tres ajíes frescos, sal y pimienta. Dejar dorar y agregar dos cubitos de caldo de pollo y, de a poco, una botella chica de cerveza; cocinar a fuego lento y con la olla tapada. La salsa es recomendable prepararla varias horas antes. Antes de servir, calentar la salsa y agregar cilantro molido, mezclar bien y esperar que caliente. Incorporar ocho docenas de conchas bien limpias, junto con el agua que han soltado. Se sirve luego del hervor.
Cebiche. Cortar una corvina en trozos, ponerla en un recipiente con agua y sal durante 10 minutos. Cortar dos cebollas en pluma y ponerlas con agua y sal. Picar apio y licuar con tres dientes de ajo. Colar el pescado y la cebolla. En un recipiente poner el apio licuado, agregar dos cucharadas de ají verde molido y rocoto picado, luego el pescado y el jugo de ocho limones. Mezclar bien y dejar reposar. Agregar la cebolla y cilantro. Se sirve con choclo, batata y lechuga.

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