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 • HISTORICO

La belle époque de Lalique

El estilo inconfundible de este artista francés se exhibe en Lisboa




Uno de los museos más interesantes de Lisboa es el Calouste Gulbenkian, que depende de la Fundación Gulbenkian. El conjunto de edificios es una especie de isla en el centro de la ciudad. Rodeado de jardines hermosísimos, se alza un edificio moderno que contiene una colección de arte de primer nivel. Entre los numerosos espacios consagrados al arte oriental y occidental está, casi a la salida del recorrido, la sala dedicada a las obras del genial maestro del vidrio, René Lalique.
Los Gulbenkian, grandes admiradores del creador francés, adquirieron una serie de piezas excepcionales de Lalique. En un ambiente penumbroso, las mariposas esmaltadas, los vasos ricamente decorados, relumbran en las vitrinas iluminadas de un modo dramático que destaca el diseño de los objetos exhibidos.
Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, las mujeres de la aristocracia francesa, las millonarias norteamericanas, las grandes divas del teatro y de la ópera lucían joyas, adornos, elementos de toilette diseñados por Lalique. Por ejemplo, una de las principales seguidoras del artista era Sarah Bernhardt, la actriz más popular, escandalosa y carismática de Europa.
El hombre que habría de crear algunas de las imágenes más lujosas y fantásticas de la belle époque nació en 1860, en el seno de una modesta familia. Oriundo de Ay -una pequeña ciudad de la Marne-, René quedó huérfano tempranamente. Después de la muerte de su madre, cuando era un chico, la familia se mudó a París. A los 11 años, el pequeño Lalique ganó un premio de dibujo y, en 1876, poco después del fallecimiento de su padre ingresó como aprendiz en el taller de Louis Aucoc. Más tarde viajó a Londres para especializarse en el diseño de joyas.
Las grandes firmas de joyeros repararon de inmediato en el talento excepcional de René. Pronto Cartier y Boucheron compraron sus creaciones, pero Lalique tenía ambiciones más amplias. Se inscribió en la Escuela Bernard Palissy para estudiar escultura y cerámica. Ese aprendizaje le sirvió para la producción que habría de desarrollar y que cambiaría el gusto del público.
En 1885, Lalique abrió un negocio en la Place Gaillon, donde comenzó a vender sus joyas. Cinco años más tarde se mudó a una dirección más distinguida, al 20 de la Rue Thérése, en el barrio de la Opéra. Se valió maravillosamente de la pasta de vidrio y del esmalte, materiales muy económicos, para crear formas de una extraordinaria belleza. De inmediato, lo rodearon clientes y protectores que vieron en sus espléndidos lepidópteros, sus dragones, su imaginería nacida tanto del mundo clásico como de los cuentos de hadas, el surgimiento de una estética que se correspondía a la perfección con el gusto de los escritores decadentes por las piedras preciosas, los ambientes exóticos y los ritmos obsesivos.

Diseños exitosos

El conde Robert de Montesquiou, considerado como el árbitro del buen gusto y el dictador de los salones de la aristocracia parisiense, se encargó de difundir la obra de Lalique y llevó a la boutique del maestro artesano a las mujeres más bellas de Europa, como la condesa de Greffulhe, que le inspiró a Proust el personaje de la duquesa de Guermantes. Otra de las clientas de Lalique era Liane de Pougy, la cortesana más cara del continente, que había sido amante de grandes duques rusos, de nobles británicos y, se decía, del príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII.
En 1897, Lalique ganó el Primer Premio en la Exposición Internacional de Bruselas. El éxito comercial fue tan importante que en 1905 instaló su negocio en la Place Vendôme. Allí empezó a vender sus famosos frascos de perfume.
Sus espléndidos diseños eran verdaderas esculturas. Las joyas tenían valor por sus formas más que por las gemas empleadas en su fabricación. El artista utilizaba materiales económicos para sus creaciones. Volvió a usar piedras que habían quedado olvidadas como el ónix, el coral, el jade, la malaquita, el ópalo y convirtió en un signo de extrema sensualidad la silueta irregular de las perlas barrocas. El marfil fue uno de los materiales preferidos de Lalique con el que elaboró peinetas, broches, collares.

Musas hechas arte

Se inspiraba en el mundo vegetal y en el animal, así como en la zoología fantástica, para sus motivos. En las pulseras, las tiaras, los peines, habitaban serpientes, pavos reales, lechuzas, orquídeas, margaritas, pero también ninfas y medusas de cabelleras que fluían como ríos de trágico romanticismo.
Cuando, en 1907, el perfumista François Coty le encargó frascos de perfume en grandes cantidades, Lalique comenzó una fabricación industrial y tuvo que adaptar el ciclo de su producción. A partir de ese momento, sus diseños pasaron a formar parte de la vida cotidiana de un público mucho más amplio y a crear una verdadera moda popular. La firma Lalique produjo una serie de artículos para baño y para la oficina moderna, lámparas, pisapapeles, candelabros.
El joyero, el escultor, el artesano, se convirtió en un proveedor de objetos destinados a la decoración. Después de las curvas infinitas del art nouveau, Lalique se plegó al reinado del art déco y creó floreros, centros de mesa, en los que triunfaban las líneas rectas. En la colección Gulbenkian se exhiben piezas que corresponden al período que va de 1899 a 1937. Lalique murió en 1945.
Entre las numerosas obras maestras hay estatuas de vidrio, portarretratos de madera, un espejo con forma de ofidio, candelabros con figuras de cariátides, ovillos de serpientes que son en realidad un azucarero, un pisapapeles de marfil que muestra la cabeza de una Medusa, placas de vidrio que representan bailarinas art déco, copas de plata y vidrio, un broche de aguamarina y esmalte, un collar de perro hecho de oro y esmalte. Ese conjunto de formas y colores tan variados es la perfecta despedida de la colección Gulbenkian. Apenas se traspone la puerta de la sala se ven los jardines que circundan al edificio como un bellísimo cofre verde.
Hugo Beccacece

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