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 • HISTORICO

La libertad viaja en tren

Recorrer Europa sobre rieles y en coche cama es placentero y de lo más práctico




"¿Qué es la libertad? Poder pensar. ¿Dónde se piensa mejor? Cuando se viaja confortablemente en un tren de larga distancia."
Con estas palabras comienza Germán Sopeña su libro La libertad es un tren, publicado en 1990 y que, 20 años después, es más actual que nunca. Por lo menos en Europa, donde el tren es la mejor herramienta para recorrer el continente desde Dublín hasta Estambul, sin olvidarnos de Escandinavia o de los países que dejaron atrás la Cortina de Hierro.
A los argentinos, que estamos a dieta rigurosa de buenos servicios ferroviarios, esto nos parece un cuento. Por eso nos perdemos una excelente alternativa una vez que el avión nos hizo saltar el Atlántico.
Por tierra no conozco nada mejor que el ferrocarril para cubrir hasta 1000 km. Hay para todos los gustos y presupuestos, especialmente económicos si lo programamos con una selección de pases ilimitados por 21 países (leyó bien, 21 países), para viajar de manera continua o flexible. Por supuesto no todos son de alta velocidad o panorámicos como los suizos, pero la mayoría son rápidos, seguros y muy confortables ( www.raileurope.com.ar ).
Les cuento una experiencia en primera persona. Quería ir de París a Barcelona y en lugar de hacerlo en una línea aérea de bajo costo, que me había dado resultado un par de años antes, quise darme el gusto de viajar de noche en un tren hotel, con un coche cama de lujo, con restaurante. Llegué en subterráneo hasta la estación de Austerlitz para salir a las 21 en punto, en el Juan Miró de la empresa binacional Elipsos con personal bilingüe. Preparé mi camarote y me cambié para comer el menú a elección de tres platos, vino incluido, una buena síntesis de gastronomía francesa y española a la luz romántica de una vela. Me pidieron el pasaporte para el control fronterizo sin tener que despertarme y con la tranquilidad del deber cumplido dormí como un lirón hasta que, luego de darme una ducha, desayuné para bajar impecable, a las 9, en la estación Francia en Barcelona. Había recorrido 831 km como en un sueño. Dos días después quise conocer la maravilla del AVE para llegar a Madrid a 500 km, en sólo 2 horas 38 minutos. Pasaba del tren hotel a lo más parecido a un avión en velocidad, pero sin la incomodidad de los aeropuertos, donde cada vez hay más tiempo de espera y controles hasta el despegue. Disfruté del paisaje en la mañana y almorcé en Madrid con jamón y vino manchego.
Tenía sólo una semana disponible y después de conocer las muchas novedades de la ciudad, llegó la hora de terminar esta gira tan corta como placentera. Volví al tren hotel. En subterráneo llegué hasta Chamartin para tomar el Francisco Goya, que salía a las 19 para llegar a París a las 8.27, después de recorrer 1053 km. Hubo ligeros cambios en la comida con más acento español, pero igual placer que el francés en mi camino anterior. Dejé mi pasaporte, volví a dormir muy bien después de leer un rato y luego aproveché la mañana en París.
En síntesis, tres ciudades, dos noches de hotel, tiempo para pensar en libertad y para quedarme con ganas de repetirlo en otros itinerarios.
Hasta aquí el relato parece reservado para los ricos y famosos, los exclusivos. Y no es así porque igual que en los aviones, los cruceros o la vida hay primera clase y las otras. Pero en un tren nocturno o uno de alta velocidad, el sistema es el mismo. Y con notables ventajas de precio porque hay promociones para chicos, parejas, menores de 26 años o mayores de 60. Se puede viajar sin camarotes privados, en couchettes de cabinas con 4 o 6 camas, o en asientos súper reclinables.
Y hay que estar atento a ofertas que, sólo es un ejemplo, por 88 euros menos del precio de una noche de hotel se viaja de Barcelona a París, o viceversa.
Por Horacio de Dios
almadevalija@gmail.com

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