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 • HISTORICO

La sutil diferencia entre ocio, fiaca y vacaciones

Del afán por no hacer nada al placer de disfrutar del tiempo libre




Cuenta el escritor Roberto Arlt que, en el dialecto genovés, la palabra fiaca expresa "desgarro físico provocado por la falta de alimentación momentánea". Por eso mismo, cuando en el conventillo un chico bostezaba, algún tano anunciaba a los gritos: "Tiene la fiaca encima" y le recomendaban que comiera. Los médicos de hoy dirían que su curva de glucosa se ha ido a pique, pero los médicos del alma dirían otras cosas.
En este momento, muchos argentinos están de vacaciones. Y otros tantos desearían estarlo. Unos y otros probablemente tengan fiaca. Desearían no hacer nada. ¿Pero realmente lo logran?
El autor de El juguete rabioso advierte, sin embargo, que tener fiaca no es lo mismo que "tirarse a muerto. Confundirlos --advierte-- es lo mismo que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo". La fiaca es "deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento y pico de años", detalla. Argumenta, además, que como la fiaca excluye toda premeditación, el que se niega a trabajar es inimputable, porque actúa instintivamente.
Pese a que sentirse así parece parte de la condición humana, en 1969, Norman Brisky sintió fiaca y Fernado Ayala lo dirigió en una película novedosa, La fiaca, que recorrió el mundo y abrió el debate. Cierto lunes, un empleado irreprochable se negó a ir a trabajar y para todos era inexplicable. La fiaca y la indolencia están separadas por una línea extremadamente delgada.

Descanso griego

A pesar de sus defectos (eran machistas y prohibían el acceso de las mujeres a la educación y las asambleas públicas de la polis), los griegos nos dieron a Sócrates y Platón, inventaron la tragedia y convirtieron el ocio en un requisito pedagógico, casi moral.
En las antípodas de la fiaca, el ocio que los griegos propiciaban no tenía nada que ver con el dolce far niente. El ocio era parte del adiestramiento de los ciudadanos. Un griego se levantaba temprano, desayunaba algunas aceitunas con un poco de vino, se cubría el cuerpo con la manta que lo había abrigado durante la noche, y partía a templar su espíritu en contacto con la música, la poesía, las ideas y la gimnasia.
Su ser terminaba de dibujarse en el ágora, la plaza pública. "Para el ateniense común el saber leer tenía escasa importancia; la conversación, la discusión, el teatro formaban las verdaderas fuentes educativas, mucho más que la palabra escrita", relata el inglés H. D. F. Kitto, autor de Los griegos.
Nosotros, herederos del saber y la cultura griega, ¿aprovechamos nuestras vacaciones para cultivar el ocio mediterráneo? Veamos. Las carteleras de temporada alta ofrecen escasas obras de teatro que pongan a prueba nuestro sentimiento catártico, que nos hagan cuestionar el fin y el valor de nuestra existencia, que ablanden nuestro corazón endurecido, tal como le sucedía al ateniense que contemplaba en escena a Edipo intentando eludir su destino.
Tampoco se dialoga. El atardecer nos sorprende en la playa o la montaña hablando de política, el trabajo, los defectos del sexo opuesto. Siempre de lo otro. Escasamente se produce un diálogo puro, un encuentro de dos seres en la palabra. La vida de casi todos está más cerca de la enajenación que de la reflexión.
En cuanto al pensamiento griego, la observación de la naturaleza provocó el asombro del hombre e hizo nacer la filosofía, el amor por el saber: ¿quiénes somos, de dónde venimos, qué significan la vida, la muerte, la felicidad? Antes que ellos, los babilónicos habían intuido que las respuestas a estos grandes enigmas estaban en la naturaleza, incluso en el hombre.
Hoy día, en cambio, la contaminación sonora y visual se encarga de poner un biombo entre nosotros y ese maravilloso libro de la vida que es el planeta que habitamos.
Los altísimos niveles de estrés con los que la mayoría de la gente pone un pie en las vacaciones los vuelca insensiblemente a confundir el placer con la fiaca, el descanso con la vida vegetativa, la compañía con el ruido.
Estamos tan acostumbrados a hacer, aun en el tiempo libre, que cuesta disfrutar del ocio sin sentimientos de culpa. Y sobre todo, sin ceder a las innumerables tentaciones que provee la industria del ocio para entretenernos sin tregua. Deberíamos al menos mirar hacia adentro. Darnos tiempo para seguir el consejo de Antonio Machado: "Converso con el hombre que siempre va conmigo". Ese es el principio, el camino que conduce hasta el ocio.
Mónica Martin

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