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 • HISTORICO

Por Italia, con los pies descalzos

Tras una visita frustrada a la Capilla Sixtina, un pequeño placer de juventud en Liguria




Cuando estaba estudiando en París, en el verano de 1962, decidí hacer un viaje a dedo por Italia junto a Eloisa, una buena amiga que también estudiaba allá. Por entonces tenía 22 años y la mochila era tan pesada que no la soportaba. Entonces me conseguí una de scout, mucho más liviana, y partí con muy poca ropa. Por seguridad hacíamos dedo sólo de día, y subíamos únicamente a los autos donde había una sola persona. Por suerte nunca nos pasó nada desagradable. El viaje en auto stop duró un mes, en plena temporada estival, durante la cual hicimos unos recorridos extraordinarios y tuvimos experiencias maravillosas.
Recuerdo que un día, uno de los conductores que se ofreció a llevarnos nos preguntó si queríamos tomar el té y, por supuesto, aceptamos. Entonces se detuvo y sacó del baúl una mesa plegable, un mantelito, el termo con el agua caliente y cosas riquísimas para comer.
Otra vez se detuvo otro señor al que le faltaba un brazo, pero que sin embargo manejaba sin problemas. Nos invitó a almorzar y cuando se levantó de la mesa para lavarse su única mano, yo estaba muy intranquila. Entonces le pregunté a mi amiga si no sería conveniente cortarle la comida, a lo que ella respondió: "¿Vos crees que este señor te estuvo esperando hasta ahora para que le cortes la comida?" Y tenía razón: comió sólo y sin inconvenientes.
Cuando llegamos a la Capilla Sixtina no me dejaron entrar porque tenía pantalones. Por entonces a las mujeres no nos permitían entrar vestidas de esa manera, prohibición que hasta hoy me parece una ridiculez ya que creo que no se le falta el respeto a nadie por usar pantalones. Recuerdo que incluso se podían alquilar polleras para ingresar, pero me pareció tan fuera de lugar que decidí no hacerlo. Así que mi amiga entró y yo me quedé paseando por la plaza. Eso me hizo recordar una historia que me había contada mi padre muchos años antes: en 1939 él había llegado a Buenos Aires junto con mi madre desde París. Un día, en pleno verano, papá estaba en una plaza, vestido con traje y corbata, y se abrió un poquito el nudo de su corbata porque tenía mucho calor. Entonces se le acercó un policía y le dijo: "Señor, no sea indecente". O sea que no estábamos más adelantados acá que en Roma.
Otro de los lugares donde paramos fue Lerici, sobre la costa de Liguria. Nos alojamos en un albergue para la juventud donde te dejaban estar hasta tres noches. El albergue estaba en un castillo bellísimo elevado sobre el mar, que daba a la playa. Un lugar espectacular de día y también de noche, con una vista maravillosa. Justo ahí se me rompieron mis únicas sandalias, y entonces decidí hacer una de esas picardías que hacen los estudiantes cuando están lejos de su país: durante los tres días que permanecimos en Lerici anduve descalza por el pueblo. ¡Fue una sensación tan maravillosa! Recién en el momento que tuvimos que dejar el lugar para seguir viaje, entré así descalza a una zapatería y me compré un par de sandalias nuevas. Pero me di el gusto.
Por Claudia Lapacó
Para LA NACION
La autora es actriz y actualmente protagoniza Tres viejas plumas, en el Maipo Club, Esmeralda 443. Miércoles, jueves, viernes y domingo, a las 21, y sábado, a las 21.45. Entradas desde 40 pesos.

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