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 • HISTORICO

Vecinos célebres de un París eterno

Montmartre depara una cita con el arte de Picasso, Modigliani y de otros artistas




París es una ciudad hecha para vagabundear, para la flânerie ; pero a veces, en esas caminatas sin rumbo, uno se sorprende como si acabara de despertar de un sueño, en un lugar preciso. Se da cuenta de que, al azar, ha llegado a una calle y a un barrio determinados; entonces el paseante cambia de ánimo y decide conocer algo concreto, quizá para volverse al hotel o a la casa con la idea de que ha aprovechado la tarde, de que lleva en la memoria y en la retina, como si fuera un tesoro con una cotización exacta, una información sobre cierto lugar o tradición parisiense.
Para ese tipo de paseos, Montmartre es un barrio ideal y si se desea pasar por una dirección célebre, nada mejor que el 13 de la place Emile-Goudeau-rue Ravignan, donde estuvo el famosísimo Bateau Lavoir. Hoy hay allí una galería que lleva ese nombre tan citado en la historia del arte. Es casi como visitar un fantasma, porque nada quedó de aquella construcción tan especial en la que vivieron y trabajaron artistas y escritores tan célebres como Picasso, Van Dongen, Juan Gris, Max Jacob, Pierre Mac Orlan, Modigliani.
El Bateau Lavoir fue llamado así por sus residentes, porque se parecía a un barco ( bateau , en francés, significa barco). Era un edificio adosado a la pendiente de una colina y emplazado de tal modo que se entraba por la parte superior. La planta baja estaba en el nivel de la calle y los visitantes e inquilinos debían descender a los ateliers de artistas situados en los pisos inferiores.La altura de cada departamento era doble y todos tenían ventanales generosos, que recibían la luz del Norte. Los cuartos eran muy espaciosos, antecesores de los lofts actuales, pero no tenían ninguna clase de confort: no había ni electricidad, ni agua corriente, ni gas.
Los inquilinos, Picasso entre ellos, se iluminaban con lámparas de aceite o con velas. Pierre Mac Orlan, más tarde popular autor de El muelle de las brumas , la novela que sirvió de base a la película homónima, no tenía ni siquiera un banco, por lo que conservaba los diarios encontrados en la calle o abandonados en los cafés, los apilaba y cuando alcanzaban una altura conveniente, los utilizaba como asiento.
Originariamente no había división en ningún nivel del edificio, pero el propietario le encargó al arquitecto Paul Vasseur que dividiera esa especie de depósito en diez ateliers. Vasseur empleó un recurso muy simple y barato: puso tabiques de madera.
En esos espacios humildes se produjo la revolución más importante del arte contemporáneo. Picasso pintó allí Les Demoiselles díAvignon , el cuadro que se convirtió en una especie de manifiesto del cubismo. Allí también creó las últimas obras del período azul y nacieron las telas del período rosa, inspiradas por su amor a Fernande Olivier.
Un incendio destruyó el Bateau Lavoir en 1970. Fue una catástrofe, ya que se perdió uno de los monumentos del siglo XX. Sin embargo, aún hoy los turistas llegan en peregrinaje al lugar, miran la galería que está en la misma dirección y que conserva el nombre sacrosanto, y se sientan en los bancos de la plaza Goudeau a fumar o a tomar una gaseosa o una cerveza.
Conviene agregar para los puristas que sólo se molestan por las construcciones y las obras auténticas que los árboles, el empedrado, la disposición de los edificios, hacen al sitio muy agradable y pintoresco, de modo que llegarse hasta allí no será para nada tiempo perdido.

Lugar privilegiado

No muy lejos del Bateau, en el 22 de la rue Tourlaque se halla otro conjunto de ateliers, conocido como la Cité des Fusains. En 1879, ese sector de Montmartre era una parte del cementerio, se la desafectó y con el tiempo se levantó una estructura de madera que permitió construir numerosos talleres para artistas.
La ubicación era todo lo que un bohemio podía anhelar en aquellos años, ya que la rue Tourlaque se encuentra entre la place Clichy y la place Blanche, en pleno corazón de la colina. Los departamentos estaban rodeados de jardines; por cierto, no del tipo geométrico a la francesa, sino desordenados más bien a la manera inglesa. Entre los árboles y las plantas se colocaron esculturas y allí se fueron a vivir numerosos pintores y escultores.
En la actualidad, los senderos de la Cité des Fusains tienen como nombres los de los artistas del barrio. Entre los ilustres y primeros inquilinos se contaban Forain, el gran Renoir y más tarde André Derain. Al salir de la Cité, los recuerdos e informaciones serán un buen botín que permitirá regresar al hotel sin culpas: la conciencia del buen turista quedará satisfecha con el recorrido.
Hugo Beccacece

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