"Lloramos y no fue solo por fútbol": lo que en realidad nos pasó en la despedida de Messi

La psicóloga María Paula Tripaldi, pone en palabras lo que despedimos, en realidad, el martes a la noche. En esta columna, analiza qué nos pasa con las despedidas y qué nos traen los duelos.

Por Candela Urta

8 de octubre de 2026, 13:41

Mujer joven mirando partido de fútbol con la cara pintada de Messi
El martes no lloramos por Messi. Lloramos por el abrazo de papá, por la persona que éramos a los 15, por todo lo que él sostuvo sin saberlo. - Getty

"Mucha gente lloró viendo a Messi despedirse. Y no fue solamente por fútbol", empieza diciendo la psicóloga María Paula Tripaldi (@psicologiaconpau_). En esta columna, la fundadora de #RedPsicoPau, analiza todo lo que hay detrás de la despedida de nuestro eterno capitán.

Hay figuras que funcionan como un punto fijo. Todo alrededor cambia y ellas siguen ahí. Y sin darnos cuenta, ahí vamos dejando cosas. Durante veinte años, pasara lo que pasara, Messi fue eso para muchos argentinos. Cambiábamos de casa. Cambiábamos de pareja. Cambiábamos de trabajo. Se iban personas. Y él seguía ahí. Hubo gente que miró un Mundial con su mamá y el siguiente sin ella. Gente que en un Mundial estaba de novia y en el siguiente estaba sola. En un país donde casi nada dura, él duraba. Atravesó crisis, gobiernos, mudanzas y despedidas, y fue de las pocas cosas que podíamos dar por hechas.

Lionel Messi con la copa del mundo en Qatar 2022

"La despedida no nos trae recuerdos. Nos devuelve el tiempo que pasó". - Getty

Las personas necesitamos referencias estables para orientarnos en el tiempo. Son como los mojones de una ruta. No los miramos todo el tiempo, pero nos dicen dónde estamos y cuánto recorrimos. Algunas son íntimas, como la casa de los abuelos o una fecha que vuelve cada año. Otras son compartidas. Y una figura que nos acompaña durante décadas puede convertirse en una de ellas sin que nadie lo elija.

Por eso, el día de su despedida, mucha gente lloró. Y no era solamente por fútbol. Lloró quien vio su primer Mundial en el living de su abuela. Lloró quien agarró el celular para escribirle a su papá "¿lo estás viendo?" y se acordó de que ya no tenía a quién mandárselo. Lloró quien en Qatar festejaba bajito, con un hijo recién nacido en brazos.

Lo que dejamos en Messi, ese punto fijo que todos compartimos

En un punto fijo depositamos cosas. Cada Mundial quedó pegado a un momento de nuestra vida. Dónde vivíamos. Con quién mirábamos los partidos. Quiénes todavía estaban. La silla de siempre. El mate que cebaba el abuelo en el entretiempo. La voz de alguien gritando desde la cocina "¿qué pasó?". Sin saberlo, Messi funcionó como un soporte de la memoria y como una especie de garantía de que la vida seguía.

La familia de Messi en su despedida de la selección argentina

Sin saberlo, Messi funcionó como un soporte de la memoria y como una especie de garantía de que la vida seguía. - Getty

Los recuerdos no se guardan sueltos. Quedan pegados a escenas, a lugares, a personas, a sonidos. Un gol en 2014 nunca es solo un gol. Es también la casa donde vivíamos, quién estaba sentado al lado y lo que nos preocupaba en ese momento.

Por eso, cuando ese punto se mueve, todo lo que habíamos dejado ahí vuelve de golpe. Vuelven los que se fueron. Vuelven los que envejecieron. Vuelven las versiones nuestras que ya no existen. La despedida no nos trae recuerdos. Nos devuelve el tiempo que pasó.

Y hay algo más. Mientras él jugara, siempre había un próximo. El próximo Mundial, la próxima Copa, la próxima vez que nos íbamos a juntar a verlo. Lo que se terminó no fue solamente una carrera. Se terminó esa promesa silenciosa de que iba a haber otra vez. Y con ella, la ilusión de que todos los que lo miraban con nosotros también iban a estar.

La próxima vez que juegue la Selección, en muchas casas va a haber una silla más vacía que el martes. En terapia lo vemos seguido. Lo que más cuesta soltar no siempre es lo que vivimos, sino lo que dábamos por hecho que iba a seguir. Ese futuro imaginado también se pierde. Nunca existió, y aun así se llora.

Un duelo que no parece duelo

Messi emocionado en su despedida de la selección argentina.

"Como es fútbol, seguramente alguien diga que no es para tanto, pero cuando una tristeza no tiene permiso, se le suma la duda de si estamos exagerando". - Getty

Cuando se va alguien que nos acompañó tanto tiempo, no extrañamos solamente lo que vivimos con él. También nos toca mirar algo más difícil. Todo el tiempo que pasó. Todo lo que ya no va a volver. Darte cuenta de que tu papá ya no se queda despierto hasta el final del partido. De que tu abuela ya no pregunta cómo va. De que ahora sos vos la grande de la casa.

En psicología lo llamamos duelo simbólico. No murió nadie, pero se cierra una etapa que ordenaba parte de nuestra vida. Freud decía que el duelo es un trabajo, el de ir soltando de a poco el afecto que habíamos puesto en lo que perdimos. Y ese trabajo también se pone en marcha cuando lo que se termina es una época. 

"Freud decía que el duelo es un trabajo, el de ir soltando de a poco el afecto que habíamos puesto en lo que perdimos".

María Paula Tripaldi

No es un camino recto. Hay días en que parece resuelto y otros en que una canción, una foto o un partido lo traen de vuelta con toda su fuerza. Tampoco se trata de olvidar. Hacer un duelo no es dejar de recordar. Es poder recordar sin que duela igual.

El problema es que estos duelos casi no tienen lugar. No hay velorio. No hay pésame. Y como "es fútbol", seguramente alguien diga que no es para tanto. Cuando una tristeza no tiene permiso, se le suma la duda de si estamos exagerando. Y muchas veces esa duda pesa más que la tristeza misma.

El psicólogo Kenneth Doka llamó a esto duelo desautorizado, el que el entorno no reconoce como válido. Pero lo que no se habla no desaparece. Se guarda. Y vuelve en otros momentos y con otras formas, como irritabilidad, cansancio o una tristeza que no sabemos de dónde viene. Por eso, darle lugar, aunque parezca una pavada, también es una forma de cuidarnos.

La mirada de un padre

En su despedida, Messi dijo que lo primero en lo que pensaba era en su papá. El mejor jugador del mundo, frente a un estadio lleno, buscó una sola mirada. Porque en los momentos más importantes volvemos a ser hijos, y buscamos a quien nos vio empezar.

No importa la edad. No importa cuánto hayamos logrado. La mirada de quienes nos criaron sigue funcionando como una confirmación de que lo que hicimos vale y de que alguien estuvo ahí para verlo. Ningún aplauso reemplaza esa primera mirada.

Por eso esa frase le habló a cada uno de un padre distinto. A algunos les despertó gratitud. A otros, la ausencia de alguien que ya no está para ver el próximo partido. Y a otros les tocó algo más silencioso, el duelo por el padre que nunca estuvo en la tribuna. Ese duelo no tiene un día en que empiece, y por eso cuesta tanto nombrarlo. Es el chico que miraba la tribuna antes de patear un penal sabiendo que nadie lo estaba mirando a él. Y es el adulto que, treinta años después, todavía la sigue mirando.

En el consultorio aparece más de lo que se cree. Personas adultas, con una vida armada, que se quiebran frente a la escena de un padre orgulloso de su hijo. No es envidia. Es el duelo por algo que nunca tuvieron y que ningún logro propio termina de reparar. Ponerle nombre ayuda a dejar de vivirlo como una debilidad.

En muchas familias, además, el fútbol fue el idioma en el que se decía lo que no se sabía decir de otra manera. Padres e hijos que nunca se dijeron "te quiero" se abrazaron en un gol. Hay familias que aprendieron a quererse en el entretiempo.

Muchos varones crecieron con la idea de que mostrar tristeza era signo de debilidad. La cancha fue durante generaciones uno de los pocos lugares donde ese mandato se suspendía. Ahí se podía gritar, abrazar a otro hombre, llorar sin dar explicaciones. Quizás esta despedida sea también una oportunidad para que esas emociones encuentren otros lugares donde decirse.

Lo que en realidad despedimos

El martes, ese punto fijo se movió. No hace falta apurarse a entender qué nos pasó. Alcanza con no taparlo. Con no decirnos que es una pavada. Con dejar que esa tristeza nos cuente qué estábamos guardando ahí.

Porque quizás el martes no lloramos por Messi. Lloramos por el living de la abuela. Por el abrazo de papá. Por la persona que éramos a los quince. Lloramos por todo lo que él sostuvo sin saberlo. Hasta siempre, Leo. Gracias por cuidar todo eso tanto tiempo.