El femicidio de Agostina Vega —14 años, asesinada y enterrada— nos obliga a detenernos. No como una reacción al horror, sino como un ejercicio de responsabilidad colectiva: esto no fue un accidente, fue una muerte anunciada. Esta misma semana encontraron asesinada en Misiones a otra adolescente de 17 años. No son casos aislados: forman parte de una continuidad.
El hilo que no queremos trazar, pero está ahí
Es imposible no pensar en Chiara Páez. También tenía 14 años. También fue asesinada y enterrada en 2015. Fue su caso —y el de tantas otras— el que llevó a miles de personas a salir a la calle por primera vez el 3 de junio de ese año, con una consigna que se volvió una bandera regional: Ni Una Menos.
Lamentablemente, en lugar de detenernos a pensar estrategias para evitar estos casos, estamos discutiendo si la forma correcta de nombrarlos es femicidio u homicidio, mientras las estructuras de poder que permiten que sucedan siguen vigentes.
Cuando la Justicia o los medios dudan en calificar un caso como femicidio, deben saber que borran el contexto, invisibilizan todo lo que como sociedad podríamos haber hecho y no hicimos, y diluyen las responsabilidades del Estado y de la propia Justicia. Porque estos casos tienen una marca particular: suceden porque existen estructuras de poder que avalan que algunas personas ejerzan poder sobre otras, en este caso por cuestiones de género.
No llamarlo por su nombre evita el trabajo de prevenir con información, promover la transformación de cómo pensamos los vínculos, atender las denuncias a tiempo y responder a las alertas.
Llamarlo femicidio también nos lleva a ser respetuosos con las víctimas. A no detenernos a preguntarnos por qué ella, cómo estaba vestida o si hizo un TikTok. Nos enseña que no importa qué tenía puesto, por dónde iba o con quién se juntaba.
Porque lo que queremos es que nuestras hijas vivan seguras, no con el temor de que hacer algo que se salga de lo esperado les cueste la vida. Y queremos que las alertas funcionen y que las políticas de prevención se implementen.
El Ni Una Menos de este año
A días de un nuevo 3 de junio, la muerte de Agostina transforma la fecha. Es un recordatorio de que las conquistas no están garantizadas. América Latina es una de las regiones más peligrosas del mundo para las mujeres, con la segunda tasa más alta de feminicidios cometidos por parejas íntimas, solo detrás de África (Naciones Unidas, 2025).
Nombrar a Agostina hoy es también hacerse cargo de una pregunta que, como sociedad, todavía no sabemos responder bien: ¿qué hacemos con las alertas antes de que sea tarde?
Esa pregunta no tiene una respuesta sencilla. Pero formularla en voz alta es el primer paso.










