A 30 años de la muerte de Gilda, su hijo Fabricio Cagnín revela una anécdota desconocida de su mamá

A 30 años de la muerte de Gilda, su hijo Fabricio Cagnín habla con OHLALÁ! sobre la artista que hoy admira y sobre Miriam, la mamá que perdió cuando tenía apenas 8 años.

Por Verónica Dema

8 de septiembre de 2026, 15:15

gilda con su hijo
Fabricio Cagnín recuerda a su mamá y a la artista que fue Gilda, a 30 años de su muerte. - Archivo LN (collage Ig @soychio.oficial)

El 7 de septiembre de 1996, un accidente en la ruta 12 cambió para siempre la vida de Fabricio Cagnín. Tenía apenas 8 años cuando perdió a su mamá, su hermana y su abuela. Su mamá era Miriam Alejandra Bianchi, aunque para el resto del país ya era Gilda, la cantante que había logrado transformar la cumbia y que, tres décadas después, sigue siendo un ícono de la música popular argentina, una leyenda. Además, también pasó a ser para muchos un ícono de fe. 

Durante muchos años, su hijo Fabricio eligió mantenerse lejos de la exposición y de todo lo que implicaba el fenómeno alrededor de Gilda. Necesitaba hacer su propio camino y procesar una pérdida difícil de procesar: se quedó sin familia. Con el tiempo, cuenta en esta conversación con OHLALÁ!, algo cambió. Hoy, a los 38 años, puede mirar esa historia desde otro lugar: con dolor, sí, pero también con gratitud y admiración hacia la mujer y la artista que fue su mamá.

En el medio se convirtió en músico (@soychio.oficial) en construyó su propia familia junto a Brenda Troccoli, influencer y creadora de contenidos dedicada a la crianza, la familia, el apego y la salud vincular, quien fue el nexo con él para esta conversación. Ellos son padres de Delfina y Lucía. Justamente la llegada de sus hijas, cuenta Fabricio, fue una forma de volver a creer en la posibilidad de armar una familia después de haber perdido la suya.

Gilda con su hijo
Gilda en un collage con su hijo Fabricio. - Archivo LN (collage Ig @soychio.oficial)

Ahora, a 30 años de la muerte de Gilda, también se anima a acercarse nuevamente a su universo. En diálogo con OHLALÁ!, Fabricio recuerda una escena desconocida para nosotras de su infancia: la mesa de su casa convertida en taller, con su mamá cosiendo sus propios vestidos y luego encerrándose a componer canciones. Hacedora completa de su sueño.

El también habla de la música, de la paternidad y de "La Gilda Fest", una propuesta con la que busca acercar al público al universo de su mamá.

-Este 7 de septiembre se cumplieron treinta años de la muerte de tu mamá. ¿Cómo viviste esta fecha desde el lugar en el que estás hoy, con treinta y ocho años y una familia propia?

-Lo vivo de una manera completamente distinta a como lo vivía de chico. En ese entonces el dolor ocupaba todo el espacio; hoy, con treinta y ocho años, más recorrido y una familia propia, encontré un lugar donde ese dolor convive con algo mucho más grande: la gratitud. Estoy rodeado por mi mujer, Brenda, y por mis hijas, y eso me da otra manera de mirar esta fecha, más serena, más plena.

Hoy puedo detenerme y realmente ver el amor que la gente sigue teniendo por Gilda treinta años después, todas las historias que se siguen tejiendo alrededor de ella. Cada 30 de aniversario me remueve, me moviliza, pero lo que predomina ya no es la ausencia: es el agradecimiento profundo por todo lo que ella sigue generando, y por el lugar desde el que hoy puedo honrarla.

Gilda con su hijo y su hija
Gilda en un show, de la mano de su hija Mariel y su hijo Fabricio. - Archivo LN

-Durante muchos años elegiste mantenerte alejado del "mundo Gilda" y de la exposición. ¿Qué necesitabas preservar en tu vida en ese momento y qué sentís que cambió con los años?

-Necesitaba preservarme a mí mismo. Estaba atravesando un duelo, y al mismo tiempo tenía que entender algo muy difícil de conciliar: lo que Gilda significaba para la gente y lo que significaba para mí eran dos sentires completamente opuestos. Afuera había baile, fiesta, celebración; adentro, en mi casa, había una pérdida que todavía no sabía cómo nombrar. Exponerme en ese momento hubiera sido pedirme vivir esas dos emociones al mismo tiempo, y no estaba en condiciones de hacerlo.

Con los años esa mirada cambió, y cambió de raíz. Empecé a entender mi propia historia y la de mi mamá desde otro lugar, con más distancia y más paz, y eso me permitió correrme del dolor como único lugar posible. Hoy puedo celebrar su vigencia, la devoción que le tiene la gente, ese amor que atraviesa generaciones sin perder fuerza — y lejos de dolerme, hoy eso me emociona y me llena de orgullo.

-Alguna vez dijiste que para vos Gilda no era "la cantante", sino tu mamá, y que detrás de esa figura pública había una historia familiar muy compleja. ¿Cómo convivís hoy con esas dos imágenes de ella: la artista que conocen millones y la mamá que vos recordás?

-Hoy convivo con esas dos imágenes desde la admiración. Sé lo que Miriam luchó, lo que le costó, lo que soñó para llegar a ser quien fue, y hoy puedo ver ese camino completo, con un final que terminó siendo mágico: pudo atravesar generaciones con su música, con sus canciones, dejando un legado que sigue vivo treinta años después.

Ya no siento que tenga que elegir entre las dos. Gilda y Miriam, hoy, son una sola persona — para mí y para la gente. La artista que emocionó a millones y la mamá que yo recuerdo no compiten entre sí: se completan. Y poder mirarlas así, unidas, es también parte de mi manera de honrarla.

Gilda
Gilda, ícono de la cumbia y, para muchos, de la fe.  - Archivo LN

-¿Qué recuerdos de tu infancia con ella aparecen con más fuerza cuando pensás en Gilda hoy? ¿Hay alguna escena cotidiana, lejos de los escenarios, que guardes especialmente?

-Con más fuerza recuerdo su lucha. Antes de ser Gilda para el país, fue una mujer que construyó todo desde muy abajo, desde el barro, sola muchas veces, sosteniendo un sueño que en ese momento nadie más veía posible. Esa imagen es la que más me marca.

La escena que guardo especialmente es la mesa de nuestra casa convertida en taller: ahí la vi cosiendo sus propios vestidos, armando sus outfits con lo que tenía a mano, y después encerrándose en su cuarto a componer, canción por canción, ese sueño inmenso de que algún día el país entero la conociera. No la vi nacer famosa; la vi fabricarse a sí misma, con sus propias manos, mucho antes de que existiera “Gilda” para el resto del mundo. Esa lucha silenciosa, esa entrega total, es lo que más resuena en mí cuando pienso en ella hoy.

-Leí que la llegada de tu hija Delfina fue como "un portal de luz" después de haber perdido a tu familia. ¿Qué significó convertirte en papá en relación con tu propia historia?

-En relación con mi propia historia, significó poder cerrar algo que durante mucho tiempo sentí abierto para siempre: después de perder a mi mamá, a mi hermana y a mi abuela el mismo día, no sabía si la vida me iba a permitir volver a armar una familia. Con la llegada de Delfina, y después de Lucía, sentí que ese portal de luz se abrió dos veces — la certeza de que la vida seguía teniendo lugar para mí, y de una manera que jamás imaginé.

Y en relación con el recuerdo de mi mamá, ser papá me acercó a ella de una forma que antes no podía entender. Hoy, cuando las veo dormir, cuando las cuido, entiendo desde adentro lo que ella debe haber sentido al tenerme a mí y a mi hermana. Eso hizo que su recuerdo dejara de ser solamente una herida y se transformara también en una brújula: en cómo quiero criar a mis hijas, con el mismo amor que ella nos dio a los dos.

-La música apareció en tu vida como una forma de expresión y también como parte de un proceso personal. ¿Qué encontraste en la música que quizás no encontrabas hablando o recordando?

-Hablar o recordar siempre me exigía algo que en ese momento no podía dar: ordenar el dolor en palabras, armar un relato coherente de algo que no tenía ninguna lógica. En la música encontré lo contrario: un lugar donde podía dejar salir eso sin tener que explicarlo, sin traducirlo, sin que nadie me pidiera que “tuviera sentido”.

No fue un reemplazo de hablar de mi mamá; fue otra puerta, una que no necesitaba que yo entendiera todo antes de expresarlo. Ahí, en una melodía o en una letra, cabía lo que en una conversación no encontraba dónde poner. Y con el tiempo, esa misma música que me ayudó a procesar se transformó también en un puente hacia ella, hacia su historia y la mía.

-Ahora organizás "La Gilda Fest", una propuesta que definís no como un homenaje ni un tributo, sino como "todo el universo Gilda". ¿Qué querés contar o mostrar de tu mamá con este evento que quizás todavía no se conoce?

-Lo que quiero contar es, ante todo, darle un espacio propio. Gilda es un ícono de la cultura argentina y sin embargo nunca tuvo, ni tiene hoy, el lugar que realmente merece. Ella soñó con ser la bandera de la cumbia, y quiero que eso finalmente sea así.

Quiero acercarle a la gente toda su energía, todo su legado, pero no desde la nostalgia de un tributo cerrado, sino desde algo vivo. La Gild fest va a estar pensada para que cuando alguien entre, sienta que está literalmente en la casa de Gilda: todo armado para eso, lleno de sorpresas, de detalles que cuenten quién fue de verdad. Va a haber música diversa —cumbia, cuarteto, reggaetón— porque Gilda, antes que nada, es música, y ella quería que la música hiciera feliz a la gente. Y también va a estar lleno de invitados sorpresa, que le van a poner todavía más magia a la noche.

La Gilda Fest

Verónica Dema

Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.