Eternos principiantes para sentir, amar….. y dormir

Por Carina Durn

10 de abril de 2017, 13:00

Eternos principiantes para sentir, amar….. y dormir

Hay personas que tienen la habilidad de dormirse en cualquier lado. En un sillón, en el micro, en el cine, e incluso en una cama que no es la propia, junto a una nueva pareja. Simplemente cierran los ojos y se duermen. Como si tuvieran un interruptor, un botón de apagado que los transporta al mundo de los sueños de manera instantánea. Aunque suene feo, hay momentos en que los envidio. Miro a esos afortunados y me pregunto por qué no vine a esta tierra al menos con un poquitito más de capacidad para conciliar el sueño.

Antes era peor. Hubo una época en mi vida en la cual podía pasarme noches enteras sin entrar siquiera en un estado de somnolencia. Cerraba los ojos y trataba, pero simplemente no podía. Mi cuerpo, totalmente agotado, me lo pedía a gritos y, sin embargo, el dormir no llegaba. Mi frustración era tan grande que me sentaba en la cama y lloraba de rabia e impotencia.

Todavía vivía con mis padres y me levantaba a las 6 de la mañana para ir a trabajar y después me iba a la Facultad. Llegaba pasada las 11 de la noche, tirada como un trapo y, aun con todo ese agotamiento que podía sentir hasta en mi pelo, no dormía. Mamá estaba preocupada, muy preocupada. No era sano y yo me negaba a tomar medicación. Estaba pasada de revoluciones y mis apuntes de facultad eran garabatos ilegibles. Ahí sí me quedaba dormida; mi letra se iba barranca abajo y mi cabeza se desplomaba como una roca sobre el cuaderno. En esos instantes anhelaba mi cama pero le tenía miedo a la llegada de la noche.

Tratar de dormir
Tratar de dormir

Un día entendí que había cosas en mi vida que no me hacían feliz. Lo que me pasaba por las noches, era que esas pequeñas frustraciones se transformaban en monstruos incontrolables que se apoderaban de mí y yo perdía toda la capacidad de parar mi cabeza. Cuando lo supe, cuando fui consciente del verdadero origen de mi insomnio, comprendí que la solución estaba al alcance de mi mano. No iba a ser fácil. Implicaba hacerle frente a mis vacíos, salirme de mis hábitos y cambiar. Así como hay personas que para escaparse de sus frustraciones duermen demás, o consumen drogas o le rehúyen a la soledad, a mí se me daba por inclinarme a un comportamiento insostenible. No se puede no dormir.

Entonces me armé de coraje y acepté las realidades que no quería ver de mi vida: tenía 23 años, hace cinco que estaba en pareja con alguien a quien ya no amaba pero con quien compartía un mundo de hábitos cómodos, mi trabajo no me hacía feliz y en realidad, a pesar de los años invertidos, quería cambiar de carrera.

Finalmente, corté mi relación, renuncié a mi trabajo y elegí lo que realmente quería estudiar. Como tantas veces en la vida, volví a empezar. Y volví a dormir.

Desde entonces, supe que el insomnio en mi vida era una maldición y una fortuna. Mi insomnio es una reacción involuntaria que me indica que algo no está bien. Me obliga a explorar de qué se trata. Me obliga a solucionarlo. No me queda otra, no tengo opción, simplemente porque detesto no poder dormir y, desde ya, sólo descansada soy feliz.

Para lo que sigue, les comparto este tema. Perfecta, hermosa canción.

Sin embargo, a pesar de que mis noches de insomnio ya no aparecen tan seguido, tengo un sueño liviano y tardo en dormirme. Pero siento que descanso bien y, aparte, hace mucho que vivo sola y tengo mis rutinas nocturnas que le indican a mi cuerpo que es hora de relajarse.

Por eso, cuando el chico con el que estoy saliendo, me dijo que quería que me quede a dormir, me puse muy contenta pero también confieso que sentí un poco de miedo. “Pobre”, pensé, “le tocó una mujer con problemitas para conciliar el sueño”. Sentí miedo a exponerme, a empezar a develar mis defectos, mis trabas. Y, por eso, a gustar menos. Y caí en la cuenta de que no sólo soy una eterna principiante a la hora de sentir, a la hora de volver a amar, sino que siempre me sentiré una eterna principiante en el tema de dormir. Y claro, como somos vecinos, hasta ahora, cada uno dormía en su casa, con sus cosas y sus rutinas de la noche y la mañana. Muy cómodo, sinceramente.

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“Eso nos pasa a todos”, me dijo él. “Dormir con otra persona cuando uno no está acostumbrado es algo que todos tenemos que volver a aprender. Tal vez uno se mueve mucho, o ronca.” Y se rio.

O tal vez a uno le gusta dormir abrazado y al otro eso lo ahoga. Uno es friolento y el otro no. A uno le gusta dormirse con la tele prendida y el otro detesta la tele, y más en el cuarto. Son tantas las variables. Pero, al final, todo se reduce a conocerse, conciliar y aprender a dormir de una forma nueva. Porque resulte como resulte, siempre será diferente a lo que uno está acostumbrado. Tal vez, hasta sea mejor.

“La única manera de saber es probando”, concluyó y cerró así el trato.

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Por suerte no tiene tele en el cuarto. Dormí bien.

El insomnio, mi maldición y mi fortuna, no se hizo presente para advertirme nada. Creo que es una buena señal.

Hoy se habla mucho del tema de que dormir en camas separadas, o en el caso de no convivir, volver a la cama propia, garantizan una mejor relación de pareja. Ustedes, ¿qué opinan al respecto?

Beso,

Cari