Aunque se manden de las suyas, ¡igual las queremos!

Anécdotas que a todas nos pasaron alguna vez con nuestras madres. ¿Con cuál te identificás?

Por Redacción OHLALÁ!

26 de octubre de 2013, 03:00

Aunque se manden de las suyas, ¡igual las queremos!
A veces nuestra relación con mamá es una pulseada constante
A veces nuestra relación con mamá es una pulseada constante - Corbis

Por Sebastián Fernández Zini

En el mes de las madres, pasaré a contar algunas anécdotas divertidas (y otras no tanto) de las madres de mis amigas. Ellas siempre me queman el bocho contándome sus historias de madre e hija, así que para la ocasión les pedí permiso para que me dejen contarles alguna (como me dieron el permiso, no estaría violando el secreto de sumario, ¿no?). Pero, en definitiva, sirve para desdramatizar y darnos cuenta de que todas las viejas tienen algo . Aunque obvio que de mi mamita no voy a hablar. Ella es la mejor de todas. ¡Me dicen Edipito!

Caso 1. La que cocina malísimo

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–Amiga, no te quejes. Sabés que yo a veces extraño los almuerzos familiares...–¡Claro! Vos porque hace años que no los tenés. Yo voy todos los santos domingos, amigo.–Bueno, ¿y quién te manda?–Nadie, pero no quiero ser la única de mis seis hermanos que los plante. Pero te juro que no sé por qué mi madre se empecina en querer cocinar. ¡Hagamos delivery, ma! ¡Por favor! O almuerzo a la canasta, al menos.–¿Tan mala es en el arte culinario?–¿Arte? Mi vieja es de las que te hacen carne al horno sin acompañamiento alguno... Y cuando le preguntas: "Pero mamá, ¿carne al horno sola?", ella contesta: "La carne al horno es así, ¡sola!". O es capaz de meterle maní salado a una torta de chocolate porque se quedó sin nueces. "Si es lo mismo". O de las que arrancan puteando porque los canelones se les desarman cuando los ponen a hervir. Sí, sí, sí... ¡A hervir! ¡Como si fueran ravioles! Si hasta cuela la polenta como si fueran fideos... ¡No sabés las veces que tapó la pileta de la cocina por cosas como estas!

Caso 2. La de planteos muy desubicados

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–Tampoco es tan grave, Romi.–No, claro que no lo es. Pero cuando hace varios años que estás sola y tu vieja se te planta, seria, con los ojos medio humedecidos, y te lanza: "Hija, ¿no serás lesbiana y aún no te diste cuenta?". (Largo silencio). "No, ma, te juro que no". (Largo silencio). "Es que como tenés tanta mala suerte con los hombres, tu tía dice que capaz...". ¡No solo me lanzó una llamarada, sino que además me dejó en claro que habla con mi tía de mi prolongada soltería! ¿Que tenés para decirme ahora, amiguito? ¿Es grave o no?

Caso 3. La despiste

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–Te juro que miré y no había nada.–¡Algo había, mamá! Si no, cómo es que me abollaste todo el baúl del auto. –Y eso que hice marcha atrás despacito, despacito...–¡No me mientas! –Bueno, no es para tanto, María.–Mamá, ¿vos estás drogada?–Ah, vos sabés que estuve hablando con Marta y le dije que antes de morirme me gustaría probar.–¡Mamá!–Tranqui, hija. Lo pensé bien y mejor no. Sé que tengo una personalidad adictiva: mirá lo que me pasó con los caramelos ácidos, no puedo pasar un día sin que me coma dos o tres.

Caso 4. La que está densa y pide a gritos ser abuela

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–Yo la banco en todas, pero en esta se fue al carajo, amigo. –¿Te parece?–¡Claro que me parece! Te relato nuestra última conversación palabra por palabra.–Dale, a ver...–"Estuvimos haciendo limpieza con tu padre". "Me parece bien, ma. Siempre viene bien". "Pero la verdad es que discutimos bastante". "¿Por qué?". "Porque cuando llegó el turno de tirar la cuna que usaste vos cuando eras chica...". "¿Qué pasa con la cuna, ma?". "Nada, te aviso que la sacamos a la calle... Como se ve que vos ya no vas a tener hijos, ¿para qué la querés?".–Yes, se fue al carajo. Tenés razón.

Anécdotas más, cuentos menos, ellas son únicas e irrepetibles (por suerte, ja). Sepan que las queremos, ¡y mucho! ¡Feliz día!