Desafío: fin de año

Entre invitaciones, preparativos y gastos, terminamos agotadas y sin disfrutar; acá, un mapa de situaciones típicas y algunos consejos para sobrellevarlas

Por Redacción OHLALÁ!

23 de diciembre de 2011, 03:44

Desafío: fin de año
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Corbis

Y un buen día, vamos al shopping y ahí están: el arbolito, los adornos, las guirnaldas, la música dulce y pegajosa e incluso un Papá Noel aplastado por ocho criaturas sobreexcitadas. Sí, cada vez más temprano. Los bares, las calles, las publicidades, todo. ¡Es fin de año! De a poco, empezamos a sentir la "alegría", oímos el "Ho, ho, ho" de los viejos barbudos dando vueltas, de los niños con demasiada azúcar encima, del verano en puerta. La ciudad es un sauna, y también llegan la falta de aire, la presión, las corridas y el mal humor de... el planeta entero. Apenas se percibe el clima y ya están asomando las lucecitas de colores, las reuniones sociales, las fiestas de fin de año, las despedidas, las corridas por los regalos, y así es cómo, en silencio, por debajo, crece el volcán de sensibilidad e irritabilidad que de un momento a otro, lo sabemos, explotará. ¿Por qué? Simple: porque no paramos. Hay que hacer todo, y hacerlo bien. Y encima estar divinas porque se vienen las Fiestas y la playa. De repente, nos transformamos en una especie de correcaminos con un outfit nuevo y espléndido: hay que seguir las obligaciones de todos los días, pero sumarles ochocientas actividades simultáneas, encargarnos de ochocientos regalos y organizar otros ochocientos eventos más. Entre ellos, claro, las esperadísimas vacaciones. ¿Llegaremos vivas para disfrutarlas?

Los regalitos

A diferencia de un cumpleaños, en las Fiestas se vive un clima de emociones fuertes en las que cada uno celebra y confecciona su wish list de regalos ideales. Y nosotras, que adoramos recibirlos, también tenemos que hacer la tarea. Leáse: comprarlos. Bueno, a ver... Empecemos con la lista: novio, familia política, familia propia, cónyugues de hermanos, sobrinos, amigas de la vida, amigas del trabajo, amigas del posgrado, amigas de la clase de cocina, amigas del gimnasio, vecina, la otra vecina que se va a ofender, etcétera, etcétera, etcétera. Y claro: ¡nos fundimos! ¿Qué pasó con la intención y el buen corazón? Y no nos olvidemos del infaltable amigo invisible en el grupo Z. ¡Encima nos tocó la que menos conocemos! ¿Qué le damos? ¿Una vela? ¿Una crema? ¿Una agenda? Uffff. Qué pérdida de tiempo, energía y, sobre todo, de plata.

¿Qué hacemos?

Despejemos la maleza y vayamos a lo básico: los regalos simbolizan la intención de dar algo por los demás, ¿no? A veces parece que la única manera de demostrar algún tipo de sentimiento por el otro es con algo material. Pero ¿qué pasa si, en lugar de gastar toda nuestra energía y presionarnos a contrarreloj con salir a comprar tantas cosas, usamos ese tiempo para pensar qué puede necesitar el otro de nosotros? A lo mejor, ése resulta el mejor regalo posible. O si no, invertir creatividad en vez de dinero: pensate alguna buena manualidad que puedas producir en serie.

Las despedidas

Cada año, llegan estos días y nos despedimos de todo el mundo como si no hubiera mañana. A algunos los seguiremos viendo esta misma semana e incluso a lo largo del verano, pero no importa: sentimos que ya no hay tiempo, que la profecía maya es literal. Y así nuestra agenda se llena de eventos que se superponen: las fiestas de fin de año (la del trabajo, la de las amigas que sólo vemos en esta época, la del grupo de running, la de nuestros hijos, la de nuestro chico y un innumerable listado de etcéteras), y para todas, además de estar con todas las pilas, llevar el postre, el parlante del iPod y algo para tomar, tenemos que estar divinas. Porque en el hemisferio sur contamos con esa otra pequeña presión: es verano y tenemos que mostrar el cuerpo. Sí, sí, justo en el mes en que todo el mundo quiere inflarnos como un lechón.

¿Qué hacemos?

Bueno, no olvidemos que las despedidas son momentos de confirmar el afecto y la contención que nos brindan los grupos sociales. Y ésa es la razón por la cual por más que nos quejemos, vamos a terminar yendo. Recordemos por qué conocemos y queremos a esa gente. Brindemos agradeciendo por ellos. Sí, tal vez vayamos a comer un poco más este mes, pero bueno: ¡el próximo lo bajaremos! Y recordá que también vale elegir y no tener que confirmar presencia por default. Si la energía te da para tres cenas y dos brindis, seleccioná bien a cuáles deberías ir y combinalos con los que más ganas te inspiran.

En familia

Por empezar, tenemos dos familias: la real (nuestra, ojalá fuera la de la monarquía) y la política. Pero las Fiestas siguen siendo las mismas. ¿Y entonces? ¿Nos partimos al medio? Nadie tiene ganas de saludar a la tía lejana que jamás vemos y que nos dice: "Estás igualita a tu papá"; soportar los nervios por lo que puedan llegar a preguntarle a nuestro chico ("ahhh, sos judío... ¿Y ustedes por qué niegan a Cristo?") o temer las consecuencias de que nuestra abuela tome dos copas de vino. Pero bueno, preferimos hacerlo antes que bancarnos a nuestra madre jugando a la ofendida. Entonces, nos turnamos. Atrás quedaron los días en que podíamos pasar Navidad en familia y Año Nuevo con amigos. Ahora es Navidad con una familia y Año Nuevo con la otra. Genial. ¡Y encima hay que turnar las fechas en cada año!

¿Qué hacemos?

Obviamente, los problemas familiares que afloran en las Fiestas tienen su origen en otro momento. Lo que pasa es que durante el resto del año estamos alejados y o se nota o permanecen tapados. Entonces: si este momento se transforma en un salón lleno de ojos críticos que nos miran fijo para estar ahí en el detalle imprescindible que nos perdimos, no olvidemos que esas miradas son una sensación interna de que los demás nos juzgan cuando sabemos que nos estamos juzgando a nosotras mismas. Cada error está bueno. Es valioso y un buen aprendizaje. Aprovechémoslo.

El arbolito

Siempre se nos pasa armarlo el 8, y tres días después, ahí estamos: obligamos a nuestro chico a ayudarnos y, por ende, tenemos que enfrentar su caripela durante dos horas (una para sacar todo y limpiarle el polvo; otra para armarlo) con música de temporada de fondo (suena una vez más y me muero). Como la fiaca es mayor cuando hay que desarmarlo, suele quedar en el living hasta mitad de febrero. ¿Quién nos manda a seguir con esta farsa? Si ni sabemos lo que significa el árbol, además de gastar electricidad en luces de colores que nadie ve. Y año tras año no sólo lo armamos, sino que nos horrorizamos ante quien no lo hace. ¿No tenés arbolito de Navidad? ¿Por qué? Pareciera ser un crimen o una tragedia, un mal que esparcimos. Es un hecho: sucumbimos ante la presión social.

¿Qué hacemos?

Para las que celebran desde un culto religioso o espiritual, es una oportunidad para reflexionar, agradecer y cultivar la esperanza de que podamos seguir creciendo y mejorando. Para otras..., bueno, no tanto. Como sea, siempre podemos celebrar la intención de estar para los demás, y este cambio de foco nos ayuda a recordar que no somos el centro de la Tierra. El problema está cuando nos limitamos a correr para cumplir con una lista imposible en función del tiempo (nulo) del que disponemos. Si no te da el cuero, simplificá: armá tu árbol con un dibujo, con una pirámide de CD, con lo que encuentres. Es un símbolo, no te enrosques de más.

¡Vacaciones!

¿Cuántas veces dijimos: "¡Quiero irme, no puedo más!?". Ay, si fuera tan fácil. En algún momento de nuestras vidas, llegaban las vacaciones e íbamos adonde fuera que nuestros padres habían decidido. Felices y sin chistar. Hoy, somos nosotras las responsables de nuestra vacaciones: esto significa planificar adónde, convencer a nuestra pareja, ahorrar para poder llegar a costearlas y prepararlas. Hay que planificar cada día, alquilar lo que sea necesario e incluso buscar a alguien con quien dejar a nuestro perro por veinte días (y que mínimamente le dé de comer). Además, coordinar para pagar a la agencia, averiguar cómo va a estar el clima, comprar a último momento lo que nos falta y ponernos listas para la bikini (aunque nos vayamos al glaciar). La planificación de las vacaciones, como en la vida, se manifiesta estresante porque tenemos que llevar el control de... ¡todo! Cada minuto está planificado y nunca llegamos a disfrutar del momento.

¿Qué hacemos?

Estamos más preocupadas por llevar el control. Es difícil soltar las exigencias porque quizá todavía no seamos conscientes de que estos hábitos nos controlan. Creemos que debería ser "el viaje inolvidable" (Paris Hilton con su príncipe), y la realidad es que no necesariamente tiene que ser así. Una vez que logremos conocer cómo funcionan estos mecanismos, podremos anticiparnos al estrés y encontrar maneras de realizar exactamente lo mismo, pero más tranquilas.

El balance

Por esta simple palabrita es que muchas odiamos fin de año. Los seres humanos, como todos los organismos vivientes, contamos con un ciclo orgánico que tiene que ver con comienzos y finales y que, año tras año, se repite. Algunas medimos nuestra felicidad con relación a si estamos con un hombre. Así que si estamos solas, es la catástrofe y lloramos cuando dan las 12 por desear tanto encontrar a alguien que nos acompañe. Si estamos en pareja, en cambio, nos ponemos a pensar en cómo estuvo la noche con él y, por lo tanto, si pega con nuestra familia, si nosotras pegamos con la suya, si es the one y en cuánto quisiéramos asentarnos. Lo comparamos con el marido de nuestra hermana, con nuestro primo y con todo hombre que veamos esa noche. Reflexionamos, eso logra fin de año. ¿Estamos donde queríamos estar? ¿Nuestro trabajo es lo que soñábamos? ¿Hicimos todo lo que queríamos y debíamos hacer? Las preguntas son eternas. Es una manera de ser conscientes de cómo estamos viviendo la vida.

¿Qué hacemos?

Más exigentes son las metas, mayor será la posibilidad de sufrimiento. A veces, somos muy ansiosas y queremos que todo suceda ya mismo. Por momentos, sentimos que el tiempo pasó volando; otras veces, no pasa nunca. ¿Y entonces? La clave es valorar hasta lo más chiquito que va sucediendo. Aprender a disfrutar tanto del camino como de los objetivos deseados.

Por Aline Vilches Experta consultada: Lic. Violeta Reynal

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