
¿A quién se le habrá ocurrido la idea de que los niños tengan "su" día para sentirse superpoderosos? En la Argentina, solía celebrarse el primer domingo de agosto. Pero la Cámara del Juguete (sí, existe) argumentó que en aquella fecha muchos padres no habrían cobrado sus sueldos todavía –así de marketinero es el día–, y entonces decidieron trasladarlo al segundo (este año al tercero, por las elecciones). De ahí en más, la fecha se transformó en la oportunidad perfecta para dar vía libre a los caprichos de los pequeños dictadores que consumen a lo loco y copan (literalmente) la ciudad. Amigas sin hijos: bienvenidas a este calvario, más comúnmente llamado Día del Niño.
8:00. Buen día... ¿Buen día?
Los clásicos acordes de la carpa de circo resuenan, y allí vienen (¿a matarnos?) los payasos. La melodía es cada vez más fuerte, y entonces salimos, sobresaltadas, de la pesadilla. Abrimos un ojo. Estamos despiertas, y vivas, lo cual no es poco. Pero la música continúa y nos perfora el cerebro, como si quisiera imprimirse en él. En un altoparlante, la voz melosa: "Hola, chicos, ¡buen día! Hoy es un día muy feliz para todos porque es...". Miramos por la ventana, y claro: es el Día del Niño. Cómo olvidarlo. Pudimos prevenir el despertador, los llamados, el trabajo, pero animadores con demasiada energía... Fue el principio del fin. ¿Hace cuánto que no madrugábamos un domingo? Cerramos las cortinas. ¿Podremos seguir unos minutos en la cama? Y, no. OK: a tomar el desayuno. Un pie en el piso, y el llanto se enciende. La nena de la vecina quiere algo. ¿Qué quiere la nena? Cri, cri, cri. Pero la palabra "quiero" se filtra en sus lamentos. Y entre los llantos de la criatura, la madre que intenta ponerle un límite, la música y las voces chillonas de afuera, nos iluminamos: hay que evacuar. Al mejor estilo Gran Hermano, tomamos nuestras pertenencias y abandonamos la casa.
11: 00. El caos y la ciudad
La calle es la desembocadura de la estación Retiro en el zoológico: demasiada gente, demasiados nenes, demasiado ruido. Nos metemos en un bar, pero no hay mesas libres. Las promociones son todas para "familias". Miramos hacia un lado, hacia el otro. Nosotras y nuestras ganas de desayunar no contamos como una familia. Ahora mismo, no nos gustan tanto los niños, pero bien quisiéramos tener uno cerca para disfrutar de los descuentos de este día segregacionista. ¿Y el Puerto de Frutos? El día está divino, pero entonces recordamos: queda justo al lado del Parque de la Costa. Imposible. Debemos pensar cada paso estratégicamente. Decidimos encarar el shopping para comprarle un regalo a la hija de nuestra amiga, que nos invitó a almorzar. ¿Qué puede salir mal? Dos horas después..., ¡un lugar libre! Volanteamos y nos tiramos encima de cualquier auto, bicicleta, persona o perro que se cruce entre nosotras y el estacionamiento. Apenas bajamos, un varoncito nos atropella y se esconde entre nuestros pies. Qué bello momento. Logramos alejarlo y procedemos por los pasillos. A lo lejos, las madres sentadas en el piso como si estuvieran acampando en River mientras sus hijos piden plata para los jueguitos. En los locales, los padres batallan por el juguete que su hijo les pidió y ellos olvidaron hasta el mismísimo día. Nosotras, seguimos con hambre.
14: 00. El hambre y las ganas de comer
Intentamos conseguirle un regalo a la nena, pero las jugueterías eran un campo de batalla y carecíamos de tiempo y armas; así que comenzamos a manejar hacia nuestro destino. Ahora, parece que estamos desde hace meses arriba del auto, esquivando todo lo que nunca pensamos tener que evitar en la calle. Pasamos por un McDonald’s y, aunque no es lo ideal, una hamburguesa podría paliar el hambre. Alcanza con pispear el piso empapado de gaseosa, helado en las paredes y a Ronald McDonald enterrado por manos pegajosas para descartar el intento. Al fin, llegamos a la casa sin regalo y prácticamente sin oído. Nos abren la puerta dos enanos que se ríen y corren hacia dentro: que empiece el show. De pronto, nuestra tarde se transformó en un dominó de ediciones de Cantando por un sueño, pero sin sueño y sin canto. Las hermanas de nuestra amiga también llevaron a sus hijos, y entonces son decenas de criaturas sobreexcitadas que quieren mostrarnos sus talentos. Todos salvo Anita, que sigue con mala cara aunque le rogamos perdón de rodillas por no haberle traído un regalo. Comemos panchos porque hoy "los chicos eligen". Las horas pasan y la sonrisa se nos congela, hundidas en un sillón y detrás de coronas, varitas, muñecos y camiones. Siendo las 6.30 de la tarde, declaramos que el show llegó a su fin.
18:30. El regreso: misión imposible
Una vez sobre ruedas, no queda más que golpearnos la cabeza contra el volante una y otra vez o rescatar toda teoría de yoga-respiración-meditación que tengamos a mano: "Aaaaoooooommmmmmmmm". Es eso o bajarnos endemoniadas al mejor estilo Un día de furia. Lo positivo es que al menos dejamos atrás el hogar del terror. Pero ¿ésta es una mejor opción? Al lado, un auto lleno de chicos haciéndonos muecas desde las ventanas. Ya no tenemos energía para motivarlos con una sonrisa, y el padre nos sacude la cabeza con cara de "por vos y tu mala onda, así está el país". Enfrente, los malabaristas sonríen en busca de una moneda. No, no tengo más monedas. Florecen púberes y floggers vestidos de negro (¡ni siquiera son niños!) celebrando lo que parece el Día de las Criaturas Salvajes. Lo único que pedíamos era por lo menos llegar a tomar el té en ese lugar que amamos. ¿Ni eso? Sí, optimismo: ¡vamos a llegar! Una hora y media más tarde, recién estamos pasando el Rosedal. Léase: el infierno. La gente cruza de una plaza a la otra, las cornetas no se callan ni con la radio, los carritos se nos abalanzan. Estamos rodeadas. Nos rendimos.
19:00. Home sweet home
Pasamos a buscar a nuestro chico. ¿Vamos al cine? Genial, pero la cola dobla la esquina, y otra cuadra, y otra, ante las ofertas de animaciones 3D. Repleto de criaturas en todos lados, como si regalaran algo. Decidimos frenar la tortura y afrontamos que, tal vez, salir no fue la mejor de las ideas. Entonces, optamos por un buen DVD en la cama, con delivery incluido. ¡Yupi! ¡Al fin un plan copado! Claro que no contábamos con que el delivery tuviera dos horas de demora porque hoy todos cenan en familia y parece Navidad. Mientras cuchareamos famélicas del primer pote que encontramos en la heladera, esperando a que llegue la comida, el muchacho se acerca todo cariñoso, "con ganas de". Pero ¿sabés qué? Lo último que queremos es quedar embarazadas y el año que viene estar nosotras también ahí, en el centro de la plaza con los malabaristas, la música, los muñecos, los globos y los niños llorando, todos encima de nosotras. Así que hoy, mi amor, ¡lejos! Mañana será otro día ?

Por Aline Vilches Ilustración de Robertita
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