"Volví a vivir con mis viejos"

Es difícil, pero no imposible. Y si bien al principio puede resultarte un bajón, también está bueno volver a "ser hija" por un rato.

Por Redacción OHLALÁ!

25 de noviembre de 2013, 03:20

"Volví a vivir con mis viejos"
Es tan solo un momento de transición. Y, por lo tanto, hay que sobrellevarlo lo mejor posible
Es tan solo un momento de transición. Y, por lo tanto, hay que sobrellevarlo lo mejor posible - Ilustración Ariel Escalante

Quizá recién te separaste o cambiaste de laburo, viajás un montón y pagás un alquiler altísimo para tener tu casa vacía la mitad del mes. O justo te quedaste sin trabajo y no querés quemar tus ahorros. OK, no son situaciones muy felices, pero lo cierto es que pasan y no nos queda otra que regresar con el bolsito al "hogar familiar". Si bien al principio el panorama resulta un tanto shockeante, recordá que es tan solo un momento de transición. Y, por lo tanto, hay que sobrellevarlo lo mejor posible. ¿Cómo? Esa es la pregunta del millón.

¡S.O.S., vuelven las manías!

Desde el mismísimo momento de tu llegada pueden pasar dos cosas: que entres a tu cuarto y todo esté exactamente igual –con el mismo póster de Bon Jovi y tus fotos de Bariloche–, como si el tiempo se hubiera congelado, o todo lo contrario, que ya no quede NADA que indique que alguna vez viviste en esa casa –ahora, en vez de tu cama, hay una tabla de planchar con una pila de camisas de tu viejo, un lavarropas que no funciona y miles de juguetitos de tus sobrinos–. ¡A no desesperar! De a poco, vas a ir imprimiéndole tu onda al espacio. Otro de tus temores era cómo sería compartir otra vez tiempo con tus viejos, más aún cuando te acordás de situaciones que no te bancabas cuando vivías con ellos y que desaparecieron cuando te fuiste. ¿Y ahora? ¡Calma! Tené en cuenta que ni ellos ni vos son los mismos, ¡pasaron varios años ya! Hay algunas normas familiares que conocés de memoria y contra las que siempre te rebelaste ¡porque son un plomo! Y al volver, ¡chan!, te das cuenta de que siguen vigentes. El tema es que vos ya no tenés 15 años, sino treinta y pico, y tus viejos no pueden controlarte tanto, como así tampoco vos podés abusar de su hospitalidad. Pero siempre surgen esos temas candentes que te hacen sentir de nuevo una teenager:

-Los horarios estrictos (¡sobre todo los fines de semana!). Si había algo contra lo que peleabas, era con eso de cenar a las 20.30 –cuando vos estabas estudiando o hablando por teléfono con tus amigas– y de almorzar los domingos a las 13.30 –cuando aún ni habías salido de la cama porque habías trasnochado de lo lindo–. Pensabas que esto no seguiría igual, pero te das cuenta de que tu papá sigue a full con los horarios. Claro, es su casa y tiene derecho a hacerlo, pero vos ya no sos una nenita. Charlá con él y decile que tenés otros planes, que no siempre cumplís horarios y que por favor no se ofenda por eso. Explicale que el domingo, por ejemplo, preferís salir a brunchear con una amiga y luego tomar la merienda con ellos.

-Las preguntitas incómodas. Cuando estabas en el secundario, era molesto (pero lógico) que tu mamá, mientras vos estabas a full con la planchita y el make up, te llenara de preguntas: "¿A dónde van? ¿Con quién? ¿A qué hora volvés?". Lo loco es descubrir que eso no cambió en nada cuando el primer finde que pasás en su casa hace la misma escena de hace ¿20 años? Lo mismo pasa cuando quizá no dormís una noche en tu casa y, apenas volvés, te recibe con un "¿dónde dormiste anoche?". Con paciencia y cariño, decile que ya no sos una adolescente y que te encanta que se preocupen por vos, pero que ya sos adulta y sabés cómo cuidarte. Lo mejor en estos casos es que hables antes, porque lo cierto es que estás viviendo en su casa..., no en un hotel. Si bien tenés derecho a hacer tu vida, tampoco podés ir y venir sin avisar al menos si vas a volver a dormir o a cenar con ellos. Claro, no hay que contarles con quién ni nada de eso, pero sí, para evitar esta situación incómoda, decirles: "Este finde no vuelvo a dormir, cualquier cosa me llaman al celu" y ¡asunto arreglado!

-Los programas familiares. Ahora que volviste, tus viejos quieren incluirte en sus programas del fin de semana. Pretenden que vayas con ellos y tu abuela a almorzar al Tigre el domingo o que te quedes el sábado a la noche a una cena con sus amigos. Sabés que lo hacen para levantarte el ánimo y que te sientas parte de eso, pero ¡te querés matar! Agradeceles su buena onda y participá solo en aquellos planes que te entusiasmen de verdad; de lo contrario, aclarales que preferís quedarte en casa viendo una peli o salir con amigas.

Volver a ser hija

-También veamos el lado positivo: ¿acaso no está bueno que tus viejos te mimen un poco, que tu mamá te haga algo rico de comer y que compartan tiempo juntos? ¡Claro que sí! Mismo si la plata no te alcanza o te quedaste sin laburo, ¡qué suerte que tenés un lugar para quedarte! Recordá que ni vos sos esa adolescente rebelde y peleadora ni ellos son los mismos. Podés tener otro tipo de relación y vivir situaciones que antes hubieran sido impensadas, como ver una peli con tu viejo después de cenar, disfrutar de una sobremesa y un buen vino, ir con tu mamá de shopping, sorprenderlos un día con una cena o ayudarlos en algo que necesiten. Tené siempre en cuenta que esta es una situación transitoria, que no vas a estar toda tu vida ahí y que, en en momentos difíciles, está bueno sentirse acompañada, más allá de esos roces que puedan resurgir o de los recuerdos que a vos te traiga estar de nuevo en tu habitación. ¿Y sabés qué? A veces, para rearmarte, el amor incondicional de nuestros padres es el mejor remedio

La "nueva convivencia" Al volver a la casa familiar, regresás a tu lugar de hija, pero de manera diferente. Es lógico que al principio, frente a la recuperación de ciertas rutinas que creías perdidas u olvidadas, la sensación de estar segura y contenida prevalezcan. Pero también el combo puede traer un sentimiento de incomodidad ante la pérdida de la intimidad o la sensación de que esta era una etapa ya superada. Siempre tené en mente que tu regreso es temporal y no anula tu proyecto de vida; pensalo como una buena base para armar un nuevo comienzo.

Experta consultada: Lic. Andrea Pallisé, Psicoanalista