"Yo fui Presidenta"

Carola Birgin, la Secretaria de redacción de Ohlalá!, presidió una mesa electoral y te cuenta la experiencia; vos, ¿cómo viviste el domingo de elecciones?

Por Redacción OHLALÁ!

28 de octubre de 2013, 13:23

"Yo fui Presidenta"
La Presidenta en acción
La Presidenta en acción

Por Carola BirginEspecial para revista Ohlalá! Web

El despertador sonó a las 6.10 am del domingo y ese fue el único momento del día en el que dudé de que haya sido una buena idea postularme voluntariamente para ser autoridad electoral. Porque no sabía que a la noche, después de trece horas ininterrumpidas de trabajo como presidenta de mesa, iba a sentirme tan cansada como llena, con la sensación de haber vivido una jornada atravesada por mil mundos: el de los militantes que fiscalizan, los soldados que custodian las urnas, los delegados judiciales, los empleados del correo, las historias de los vecinos que van a votar. Y esto, sin contar la cuota de nervios y adrenalina.

¡Hora de levantarse!
¡Hora de levantarse!

Línea de largada

Llegué a la escuela que me tocó (en Malabia y Jufré, eso que llaman Palermo Queens) a las 7 en punto. Ahí me crucé con algunas personas que conozco de vista del barrio, desconocidos y gente que sabía perfectamente quién era: como una antigua maestra de mi hijo. Creo que la última vez que nos vimos hablamos de disciplina y ahora éramos pares.

Fui muy bien provista, llevé de todo. No era necesario tanto, pero vino bien
Fui muy bien provista, llevé de todo. No era necesario tanto, pero vino bien

Los efectivos del ejército nacional le ponían dramatismo a la escena: soldados de veintipico daban vueltas de acá para allá con larguísimos fusiles FAL a la vista. Después me contó uno de ellos (Alberto Melgarejo, del Regimiento Patricios) que pasaron la noche en la escuela, durmiendo en el suelo. Su función es cuidar las urnas y no se despegaron de ellas desde que salieron del Correo Argentino.

Una vez que di el presente (la primera firma del día), me entregaron mis elementos de trabajo: credencial, sobres, boletas, instructivos varios, afiches, cajas, útiles. Y me acompañaron al aula asignada, en el primer piso. Iba a compartir el día con Diana Varela, una profesora de semiótica que ofició como fiscal del FPV. Después se sumó Pablo Wey, fiscal general de otro partido, estudiante de arquitectura. Macanudo también, improvisamos un buen equipo. El tema es que como autoridad electoral estaba sola, sin suplente. ¿Traduzco qué significa esto para una presidenta de mesa? Que todito todo lo firmás vos y no podés moverte de ahí, ni siquiera para ir al baño o, lo que tal vez es peor, para ir tenés que pedirle a un soldado que cuide tu urna y nadie puede votar. Muy cómodo, ¿no? Decidí tomar varios litros menos de agua de los que suelo beber.

El materiales de trabajo que me entregaron
El materiales de trabajo que me entregaron
Mi urna
Mi urna
Mi cuarto oscuro
Mi cuarto oscuro

Un día fuera de lo común

Lo primero que me quedó claro es que estar ahí, administrando nombres del padrón, chequeando números y dando los sobres, era casi como ser una parturienta a la que visitan muchas mamás que le cuentan su parto. Es que un altísimo porcentaje de los electores que llegaban, alguna vez había sido autoridad electoral y, no sé bien por qué, todos tenían compulsión por compartir sus experiencias conmigo y a comparar aquellas épocas con estas. Que cuánto facilita tener la foto del que vota, "uy, los nervios que teníamos en el 83", que los biombos como cuarto oscuro son otra cosa, que antes nadie llegaba con el número de orden memorizado...

Sí, fue una jornada de intenso intercambio social, hablé con cientos y cientos de personas. También, fue un día de ponerle el cuerpo, no sólo por el madrugón sino porque estuve más de doce horas sentada en una sillita de jardín de infantes, casi con las rodillas al cuello. ¡Lo que me dolía la espalda al final!

En mi mesa, la 6880, votaron 258 de los 346 empadronados. Nunca se armó mucha fila pero tampoco tuvimos intervalos de calma. La banda de sonido que me acompañó permanentemente fue la música de los papeles rompiéndose. El corte de boleta fue impresionante.

Un chico salió del cuarto oscuro con un sobre tan grueso que no pasaba por la ranura de la urna. Me quedé toda la tarde intrigada, pensando qué habría puesto adentro y presté atención en el escrutinio para develar el misterio. Para mi decepción no hubo nada sorprendente: seguramente solo fue una manera muy desprolija de acomodar las listas.

GC364N7IJBAINKKU4IPO3D3DHA.jpg

Cada tanto, venía algún oficial del ejército y me escoltaba con mi urna hasta planta baja donde votaban los que tenían dificultad para subir escaleras. Le hice delivery electoral a un señor de 88 años a quien no pude evitar felicitar por su compromiso cívico y a una anciana que me confesó que nadie sabía que estaba ahí: por su mal estado de salud, toda la familia creía que no tenía que ir a votar, solo que ella no estaba de acuerdo y se escapó en secreto.

Lo más complicado fue cuando tuve que emitir un voto para nada acorde a mi ideología, ¡qué momento! : resulta que vino una señora que no solo no podía trasladarse, tampoco veía casi nada. Leandro Ferrari, el delegado judicial a cargo (que me salvó en más de una que no sabía qué hacer), me dijo que yo la ayudara. Ella me indicó en voz muy baja qué hacer y yo obedecí sumisa aunque bastante contrariada por meter ESA lista en un sobre y ESE sobre en una urna. Me hubiera gustado coincidir, o al menos ser indiferente, a su elección.

Se hizo largo. De a ratos me asaltaba una especie de sueño biónico y tenía miedo de caer desmayada sobre el padrón. Entonces, empecé a inventarme retos ridículos, como adivinar el año de nacimiento de la gente que venía a votar o calcular con exactitud cuántos segundos iba a tardar en el cuarto oscuro. Gané algunos y perdí otros. Pero nadie se enteró ni de mis hazañas menores ni de los desaciertos.

Preparando la mesa
Preparando la mesa

Hubo situaciones que obligaron a despabilarnos. Una fue cuando entró un cuarentón al aula, de la mano de un nene, miró el lugar con detenimiento y nos dedicó un gesto entre tierno y triste. "No voto acá. Esta era mi escuela, vine a volver a verla y a que mi hijo la conozca", nos avisó lacrimógenamente.

Otro momento memorable fue cuando llegó una adolescente llamada Camila, entregó su DNI y preguntó dónde justificar que no votó en las PASO porque estaba de viaje de egresados. Su mamá seguía la escena a una distancia prudencial y empezó a gatillar una cámara de fotos apenas la chica se acercó a la urna. "¿Tu primera vez?", le pregunté y, apenas confirmó, todos empezaron a aplaudir y a felicitarla: en la mesa, en la fila, de repente se acercaba gente por el pasillo.

Una vecina de Palermo, muy seria ella, no intercambió ni un solo comentario con la mesa. Mucho menos alguna sonrisa. Pero antes de irse, sacó de la cartera un paquete de Habanitos de chocolate. "Los traje para ustedes", los dejó y se fue.Fue tal la alegría de todos nosotros que decidí que de ahora en más no vuelvo a presentarme a un comicio sin llevar algo rico para ofrecer a la mesa. Un pequeño gesto que en contexto electoral se vuelve una ofrenda inconmensurable.

No puedo creer la cantidad de veces que estampé mi firma ¡unas 550! Y ahí no exagero: 258 en troqueles, otras 258 en cada sobre de los votos emitidos, unas 20 más en los que no se usaron, 1 en el padrón en el que yo voté, 1 en el telegrama con el resultado y unas 6 entre actas propias de mi masa y la de los fiscales de los partidos.

Como presidenta de mesa, cometí algunas irregularidades, lo admito. La principal fue dejar votar a menores de edad. No pude resistirme a que los chicos pasen al cuarto oscuro con sus padres, ni a que sean ellos los que depositen el voto en la urna. Hasta improvisé un padrón de mentira, en un cuaderno, para que firmen "como los grandes". Me llevé de souvenir una hoja llena de corazones, garabatos y nombres escritos en espejo.

Y el ganador es...

El momento de contar los votos, créanme, es muy emocionante. Una puede creer que va a ser algo mecánico, más burocrático que otra cosa (porque tenés que llenar mil planillas) pero no.

A las 6 en punto la escuela estalló en aplausos, gritos y silbidos. Me pareció mucho que se me pusiera la piel de gallina, pero simplemente me sucedió. Desde todas las aulas celebrábamos que la elección se había consumado. Entonces empezó el escrutinio.

Abriendo la urna para empezar el recuento de votos
Abriendo la urna para empezar el recuento de votos
Los votos
Los votos
El momento del recuento de votos
El momento del recuento de votos

Abrir los sobres es lo más parecido a revivir el cosquilleo de cuando sos chica y estás por averiguar qué te tocó en el paquete de figuritas. Mariposas en la panza. Después ordenar las boletas, los fiscales que entran y salen, piden cifras, se alegran o refunfuñan. Y ahí todos somos como íntimos y ya no tenemos secretos.

Me encontré con algunos votos llamativos. Muchos, armaron una fórmula femenina:

Michetti, Carrió, Ocaña. Otros destrozaron una boleta, seguramente sin saber que si tiene todas sus partes ¡es un voto válido! Encontré papel blanco en algún que otro sobre (dejarlo vacío es suficiente para votar en blanco). Hubo un nostálgico que hizo su aporte vintage y sufragió una foto de Perón con la siguiente frase célebre: "Yo he visto malos que se han vuelto buenos. Pero no he visto jamás un boludo volverse inteligente". Voto nulo.

El voto vintage con una foto de Perón
El voto vintage con una foto de Perón

Desde hace tiempo que no sacaba tantas cuentas. Encima, la inquietud de si los números van a cerrar.

Finalmente todo salió redondo. A las 20 horas ya habíamos terminado el escrutinio y yo estaba haciendo entrega del telegrama con el resultado a cambio de un talón para cobrar mis $250 por los servicios prestados. Pero me estaba llevando una ganancia mucho mayor.

Recuerdo haber visto por primera vez votar a mis padres cuando tenía 9 años recién cumplidos. Y me acuerdo que fue una fiesta y también una revelación, porque recién ese día, me contaron todo lo que había pasado en el país durante la primera parte de mi infancia, entendí varias cosas y a muchas otras les fui dando sentido con el tiempo. Fue algo que sin duda marcó la niñez de mi generación. Después de 30 años casi exactos, postularme para participar por primera vez en un proceso electoral fue una manera de celebración íntima del aniversario de la democracia. Y valió la pena.

¿Cómo viviste la jornada electora? ¿Vos también fuiste autoridad de mesa? Contanos tu experiencia.