Así es la casa de Lolita Campos: un espacio creativo rodeado de naturaleza

Después de recorrer miles de kilómetros y vivir durante años en una casa sobre ruedas, la escritora Lolita Campos encontró su lugar en una casa rodeada de naturaleza, llena de recuerdos de viaje.

Por Soledad Avaca Cuenca

7 de junio de 2026, 00:00

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Así es la casa de Lolita Campos: un espacio creativo rodeado de naturaleza - Julia Gutiérrez

"No me voy, pues la vida me lleva”, escribió en una carta para sus papás con la intuición temprana de que el destino puede ser un camino abierto. A los veintipico agarró su mochila y se puso a rodar. Viajó mucho; sola y en familia. Se hizo amigos en varios idiomas, besó bajo la luz de muchas lunas y creció en tiempo y sabiduría. Cruzó fronteras, amaneció en todos los paisajes, se enamoró de los atardeceres y se abrazó a una vida sobre ruedas, con viento en la cara, pies en el agua y emociones en el pecho. Muchas veces con miedo —seguramente— y muchas más con valentía.

Después de haber vivido durante muchos años en un bus convertido en casa, haciendo de cada paisaje su hogar, quizás haya sido su pequeña hija, Amapola, quien la llevó a poner los pies en tierra firme para instalarse en esta casa llena de historias, de colores y recuerdos de sus miles de kilómetros por el mundo. Lolita Campos (@camposlolita) es escritora y esencialmente una viajera; también de su propio mundo interior. Lolita no se va: a ella, la vida la sigue llevando, según nos cuenta. “Mientras voy viviendo, lo voy escribiendo. Es mi forma —dice—, mi medicina”.

Espacios que abrigan

Lolita viajó por doce años y escribió su historia alrededor del mundo, que plasmó en seis libros (por ahora). Se movió de un lado al otro, montó una moto, hizo miles de kilómetros en una furgoneta y se convirtió en mamá arriba de un bus restaurado que fue hogar sobre ruedas por algunos años. En cada rincón viajó por fuera y por dentro. Y escribió. Porque siempre escribe. Hoy, vive en esta casa, en medio del verde, con su hijita, Amapola, y Pizza, su perro. La cocina traduce la poesía de la cotidianeidad y este living a color se convierte en punto de encuentro. “¡Mi casa es la pulpería!”, se ríe, porque los viernes y sábados abre las puertas para noches de guitarra, cervezas heladas y charlas hasta que sale el sol. “Podemos terminar arriba de la mesa cantando una zamba o acompañando el llanto de alguna, en una noche de introspección”, cuenta Lolita. Y se emociona al contar que tiene una tribu de mujeres que siempre está: “Estoy trazada por mujerones que admiro y me enamoran —dice—. Es un privilegio contar con ellas”.

El cuarto de Amapola

“Y una amapola me lo dijo ayer, que te voy a ver... Y un arcoíris me pintó la piel, para amanecer contigo”, canta Juan Luis Guerra. Para Lolita, “la canción con la poesía más bella del mundo”. Un día, en Costa Rica, recostada bajo un árbol de magnolias, lo sintió y el nombre apareció de manera casi inevitable. Llamó a su hija Amapola, aún del otro lado de la piel. Y esa beba llegó cuando florecen las amapolas. Y viajó, lo amó y pidió dejar la vida nómade detrás, para empezar el jardín y conocer una nueva forma de vida.

Amapola es artista: canta, baila y crea pinceladas de color, que decoran su nido. “¡Tiene un montón de talentos! —dice Lolita—; por eso, opté por la cama alta, para que tenga espacio para desplegar su arte”. Lolita le escribió Todos los días que fui feliz, su quinto libro, que, según cuenta, lo hizo empachada de felicidad. “Un libro para que vos, hija mía, flor de la tierra, sepas que mamá montó mil olas, rió a carcajadas, abrazó... y agradeció todos los días”, escribió en sus primeras páginas. Porque para Lolita, siempre es temporada de amapolas.

Jardín interior

“Este jardín es mi viajecito interior”, dice Lolita. Un espacio que se transformó en refugio para su “comunidad preciosa de tribu”, como la llama. Para Lolita, este sector de la casa tiene una mística especial, por ser un lugar sagrado para ella y sus amigas, esas que están en las tormentas y cuando la balanza se inclina hacia el lado de la felicidad. Después de publicar seis libros, pensó en jubilarse, pero las emociones no se pueden frenar. “Me imagino mi interior como un aljibe que tiene que vaciarse cuando las emociones desbordan

—explica—. Escribir es mi terapia”. Escribió 28 rulemanes con calma, Peritos de una fuga con dolor, Mi adorable E. con luz de esperanza, Alba, a orillas del lago Pirulo con un deseo profundo del alma, Todos los días que fui feliz con un inmenso amor de madre y finalmente Viajar como una invitación a una travesía interior. “Un tuti fruti de emociones”, acierta. Hoy, la Casa de Lolita(@lacasa.delolita), su espacio cultural, convoca a encontrarse entre voces y melodías que abrazan, de esas que le dan musicalidad a la vida.

Soledad Avaca Cuenca

Soledad Avaca Cuenca Es licenciada en periodismo, redactora y productora deco para OHLALÁ!