Un terreno, un proyecto profesional y las ganas de habitar un espacio en contacto con la naturaleza fueron el motor para que Sol Galliano junto con Emilio, su pareja, y Blanca, su hija de 3 años, dieran forma a esta pequeña casa en Parque Leloir, un barrio ubicado en Ituzaingó, caracterizado por sus imponentes arboledas y jardines. Cuando el portón se abre, aparece la casita, rodeada de nísperos, hiedras y pinos, como si siempre hubiese estado ahí. Sol es arquitecta, tenía el proyecto inicial de una casa grande con más comodidades, pero, adaptándose a las posibilidades de ese momento, enfrentaron el desafío de armar un refugio para los tres en una vivienda de medidas mínimas, que en un futuro cercano se convertirá en la sala de ensayo de Emilio y su banda. “Cuando compramos el terreno, hicimos una pileta y un galpón con baño, veníamos solamente a pasar el día con amigos y familia, lo disfrutamos un montón”, cuenta Sol sobre la prueba piloto antes de construir.
Acostumbrada a proyectar casas de muchos metros, junto con su equipo de trabajo en el estudio que lleva su apellido (@gallianoarq), Sol vivió este proyecto personal como un juego, una verdadera aventura. “La arquitectura mid century, Le Corbusier, Mies, los maestros de la arquitectura moderna son mi gran fuente de inspiración. La posibilidad de pensar en hacer funcional y habitable un espacio pequeño me parece un lindo desafío”. En cada rincón de la casa la arquitectura está presente: objetos de decoración, libros y el amor por una profesión que, para ella, es mucho más que un trabajo.
Mucha madera & paredes libres

El disfrute de la vegetación existente en el parque y su preservación fueron las premisas a la hora de elegir la ubicación de la casa en el terreno, que materializaron en madera para que se integrara con el paisaje. Para el revestimiento exterior, usaron tablas de pino impregnado y en el interior eligieron fenólico de guatambú en pisos, paredes, cielorraso, espacios de guardado y cocina. La madera genera también esa sensación de calidez de hogar y contagia simplicidad.
Teniendo en cuenta la función futura del espacio (una sala de ensayo), una de las necesidades principales era que la casa tuviera varias paredes libres, sin aberturas, para cuidar la acústica. Entonces, se planteó una ventana en el dormitorio y una puerta ventana en el estar-comedor, pero el gran plus lo dio la línea perimetral vidriada en la parte superior de los ambientes, que recorre toda la casa y permite ver el verde de los árboles desde cualquier rincón. ¡Así hay pura luz asegurada!

Despojo y disfrute
Achicarse nunca es tarea fácil, aunque el ejercicio de replantearnos qué necesitamos realmente siempre vale la pena. Sol y su familia vivían en una casa con más espacios, por eso la decisión de habitar un lugar más pequeño fue un gran cambio: “Tuvimos que pensar seriamente qué cosas eran indispensables para nuestra vida cotidiana y dejar ir aquellas que no lo fueran”, nos cuenta. Es por eso que los espacios de guardado –tanto los del dormitorio como el de la cocina– se pensaron estratégicamente, para que pudieran contener todo lo que necesitaban.


Un dormitorio multifuncional

Como la casa cuenta con un solo dormitorio, ahí duermen los tres; para aprovechar al máximo ese espacio, realizaron un placard que lo recorre de punta a punta en una de sus paredes en el mismo fenólico de guatambú, generando una lindísima unidad visual. Este “pabellón”, como Sol lo llama, cuenta con 50 m2, y en esas dimensiones la posibilidad de compartir, disfrutar y resignificar los espacios a diario crece exponencialmente.




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