Francisca Canay es abogada y su hermana, Malola, arquitecta. Juntas le dieron forma —y vida— al primer depto de Fran, la menor. Durante meses buscaron el lugar ideal, hasta que, en una reunión familiar, apareció la oportunidad: su primo dejaba libre este depto en Núñez y ellas decidieron reformarlo. Pasó de beach house a una casa contemporánea.
Él lo había transformado en un refugio de espíritu surfer con maderas desgastadas, carteles con tipografías retro, tablas de wakeboard y un mural de un atardecer con arena, palmeras y mar. Ella, en cambio, lo convirtió en una casa con muebles de diseño, maderas claras, una paleta de colores neutros y espacios definidos.

Si bien a Fran, en un principio, le costó imaginarlo, Malola enseguida le vio el potencial por ser un piso alto, con vista abierta al río, ambientes cómodos y, sobre todo, por la linda historia detrás. Ahí vivieron de chiquitas con su papá. El resultado superó lo esperado, en todos los sentidos: “Si bien siempre me llevé bien con mi hermana —comparte Fran—, hoy somos mejores amigas”. Malola hizo su primera obra profesional y Fran concretó el proyecto de su primera casa.

Segundas oportunidades

Fran estrenó casa dos veces —o ¡tres!, porque en este depto también vivió de chiquita—: la primera, por tres meses, con la reforma casi terminada; y la segunda, un año después, cuando volvió de hacer un máster en Barcelona, un proyecto que había nacido tiempo antes de la idea de vivir sola. Dejar su nuevo lugar no fue fácil: “Lloré —recuerda—. Después de tanto esfuerzo, me costó irme”.
Pero la recompensa valió la pena: pudo volver a vivir esa linda sensación de casa nueva y, esta vez, con todo listo para una nueva etapa de su vida. Hoy, este depto es su refugio y, para ella, “la casa más linda del mundo”. Y es que, más allá del resultado de la reforma, es un proyecto que hizo en dupla con su hermana mayor: “Es mi referente”, asegura.

El depto dejó atrás ese mood playero, pero conservó la calma y sumó espacios bien a su estilo. Sus planes preferidos, cuando abre las puertas para recibir: poner una linda mesa para sus amigas o una noche de pelis y empanadas en el living con su grupo de cine. Una casa de segundas —o, mejor dicho, múltiples— oportunidades.

El gran cambio

“Le pregunté a mi primo si quería despedirse del depto, porque después de la obra no iba a quedar nada”, se ríe Fran. Y un poquito pasó eso, porque el estilo cambió por completo y la reforma contempló decisiones ambiciosas en cuanto a estética y funcionalidad. El gran cambio se lo llevó la cocina: “La hicimos de cero”, dice.
Porque, aunque mantuvieron la distribución, renovaron el mobiliario y sumaron un cerramiento de vidrio para generar transparencias y evitar malos olores en el resto de la casa. Fran cuenta que, cuando eran chicas, la cocina era un ambiente cerrado, y su primo dio el paso inicial al abrir una ventana para conectarla con el sector social. Ellas fueron más allá y lograron un espacio luminoso y despejado.

La barra es uno de sus spots preferidos de la casa: por las mañanas, se prepara el desayuno y pasa horas de lectura con la luz natural y la vista al río. ¡Un planazo, para ella! Otro acierto de la obra de refacción fue esconder el lavadero: quedó súper cómodo, pero no a la vista.
De ayer y de hoy

El baño principal también fue otro de los ambientes que tuvieron un cambio radical: Fran decidió quitar la bañadera y aprovechar los metros disponibles para diseñar una gran mesada que recorre el espacio, con un espejo de lado a lado.
En cuanto al baño de invitados, que era el de ellas cuando eran chicas, mantuvo el damero azul y blanco del piso por su valor emocional. “Era mi recuerdo más vívido y lo único que había quedado de la casa a través del tiempo”, cuenta Fran, que jamás hubiera imaginado volver después de veinte años; esta vez, para su primera experiencia de vivir sola.

“Viví a full el proceso de la obra. Venía todos los días; a veces, solo a sentarme a mirar, porque me resultaba increíble”, comparte. Y aún le sucede. El plano hecho por Malola cuenta la historia espacial de la casa con la distribución de los ambientes, sus proporciones, la circulación y las sugerencias de mobiliario, que a Fran le encantaron. Al ser un proyecto tan especial, sin dudas, habla más allá de la arquitectura.

Cuarto y escritorio

En donde hoy trabaja, ayer jugaba y dormía. Porque su cuarto de chiquita se transformó en su escritorio actual: antes tenía dos cuchetas, una mesita con sus sillas y estantes llenos de juguetes; y ahora, un espacio de trabajo muy net con una paleta en blanco y beige, para sus largas horas de lectura laboral.

En general, empieza con sus libros en la cocina y, por la tarde, se traslada a este ambiente, que es más íntimo. “Papá me cuenta que cuando volvía del colegio, comía algo y me encerraba en mi cuarto a jugar. ¡La pasaba bomba!”, dice. Y eso, de alguna manera, sigue intacto: “Me gusta mucho estar en mi cuarto”. Y si llueve, mucho mejor.

A la noche, siempre se acuesta tarde: “Soy súper noctámbula”, cuenta. Y entre sus recuerdos aparece esa primera noche —la del primer estreno de casa—, cuando se acostó con unas sábanas heredadas que eran enormes para la cama: “¡Hasta me acuerdo de que me mudé con baldes que hacían de mesa!”. Nada más lindo que ese primer sabor a hogar.

Soledad Avaca Cuenca Es licenciada en periodismo, redactora y productora deco para OHLALÁ!

