"Habitar una casa es una experiencia física. Me gusta que convivan la ligereza y la presencia, lo acogedor y lo que provoca, la suavidad y la fuerza. Son estos contrastes los que conviven en nosotros”, reflexiona Virginia Escartin, diseñadora de interiores y artista plástica (@virginiaescartin). Para ella, el diseño sucede en el diálogo de estos matices y se vuelve puente de sentido y sensibilidad.

Su mirada transciende lo meramente estético, porque Vir, además, se formó en filosofía y psicología, y concibe el interiorismo como un lenguaje terapéutico: “Cómo habitamos un espacio se vincula con cómo nos sentimos. Para mí, la casa es un laboratorio de identidad, un refugio que se corre de las tendencias para reflejar quiénes somos”.

Esa premisa cobra mayor sentido en esta casa de 1902 con la que hizo un match instantáneo. Eligió honrar su historia y conservar su alma con sus techos altos, aberturas, pisos de pinotea y la magia de los vitraux. Entre sus muros, la casa acompaña sus procesos internos y los de su familia: un cruce entre belleza, historia y emociones cotidianas, donde la luz, los colores, el arte —e incluso los silencios— lo dicen todo.
Con voz propia

“Platón decía que no hay cosas bellas, sino que la belleza se posa en algunas cosas”, comparte Vir. Una frase que le resonó desde siempre y la llevó a construir belleza e identidad, a través de la observación. Con esa fórmula, descubrió que los espacios se vuelven territorio y cuentan historias: “Yo hablo de habitar y ahí no hay tendencia que valga, porque uno tiene que mostrar quién es”, asegura.

Para ella, los espacios nos buscan y nos encuentran. Y así fue con esta casa antigua que la eligió: “Ni siquiera estaba publicada, vi que estaban colgando el cartel y me enamoré de su fachada”. Enseguida, Vir supo abstraerse de la huella anterior, le vio su espíritu, la dejó hablar y escuchó las necesidades de la familia.
En 15 años, la casa atravesó todas las etapas: “Hasta tuvo un momento fugaz monocromático (¡que duró muy poco!) y volvió al color”, dice. Hoy, es puro arte, tonos que inspiran y rincones que invitan a habitarse. Vir vive con su marido y su hija menor: “Es la pichona que quedó en el nido; la más grande ya vive sola”. Y es que las casas son refugio en constante movimiento, como la vida.

Espacios que transforman
“La casa es un ser vivo: vive nuestra vida y late con nosotros”, dice Vir. Por eso, su casa acompañó cada etapa y su propia transformación. En su momento, tiraron una pared para ampliar el sector social, un ambiente que se vive y se disfruta a pleno. Como rasgo característico en esta línea de tiempo, el color siempre estuvo presente, por ser su canal de expresión natural.

En cada ambiente conviven múltiples elementos y crean, como dice ella, “un caos que construye belleza”. Su casa es un laboratorio real, el lugar de la práctica y del estudio, donde además dicta sus talleres de proceso creativo. Los talleres son una invitación a descubrir el lenguaje del diseño. Un encuentro donde comparte herramientas para aprender a observar los espacios.

Propone una nueva manera de mirar que nos permite tomar mejores decisiones, valorar lo que ya existe y crear espacios que reflejen quiénes somos. Porque cuando cambia la mirada, también cambia la forma de habitar. “Cuando estás en una, tu casa está en una”, se ríe.

Trama visual

Una habitación que supo transformarse a lo largo de los años. De ser cuarto compartido de la infancia, hoy el cuarto de su hija menor es una extensión directa de su universo. Male estudió comunicación audiovisual y fotografía y en cada rincón se refleja esa búsqueda constante de creatividad. Transformó las paredes en un moodboard vivo, lleno de recortes, fotos, afiches y camaritas de fotos antiguas, que le dan el toque vintage y algo nostálgico.

Como detalle, la guitarra colgada habla de su amor por la música: “Ella es súper musical y tiene una sensibilidad muy especial”, cuenta su mamá. El ambiente se completa con textiles de diseño que dialogan en sintonía con la estética general de la casa, donde nada pasa porque sí: cada detalle guarda un sentido, una historia detrás y un recurso que despierta los sentidos.
En este espacio, ella, además, trabaja: edita sus fotos y videos y encuentra inspiración cotidiana. Un nidito que abraza y acompaña las distintas necesidades y está en constante evolución. “En esta habitación, todo refleja su mundo”, dice Vir.
Rituales de calma
“Nuestra primera comunicación es no verbal y se traduce en lo sensorial. Si desde la razón entendiéramos el impacto que el espacio tiene en nuestros sentidos, viviríamos mucho mejor”, dice.

Como parte de su rutina diaria, Vir se levanta temprano, sin despertador. Se prepara sus mates y se regala un momento de pausa: mira los árboles a través de la ventana y despierta el cuerpo con movimientos suaves. “Son esas pequeñas cosas que son enormes”, dice. Acto seguido, pone orden en la casa, como un encuentro diario: “Nada es eterno; si cuidás las cosas y les das amor, van a durar mucho más”.
A veces trabaja en casa y otras afuera; en general, sus días son bastante agitados. Por eso, nada le resulta más placentero que volver y reencontrarse con la calma de su lugar: “Me hago un té, leo, cocino, pongo la mesa, prendo una velita. Siempre con música de fondo, que, para mí, es fundamental”. Porque, en definitiva, las casas son experiencias profundamente sensoriales, donde cada detalle puede invitar a habitarla con presencia, pausa y gratitud. Vir lo logra.
Soledad Avaca Cuenca Es licenciada en periodismo, redactora y productora deco para OHLALÁ!

