Lucia Chain aún recuerda el sonido de la máquina de coser de su abuela húngara, a quien cariñosamente llamaba Bözsi, diminutivo de Erzsébet, que en castellano se traduce como Isabel. Pasada la medianoche era lo único que resonaba en las paredes de la casa en su niñez. “Me encantaba escaparme de mi habitación y quedarme toda la noche viéndola coser”, recordó. En aquel entonces, la pequeña Lucía no sabía ni leer ni escribir, pero ya vivía rodeada de hilos y agujas y escuchaba a su abuela hablar de siluetas y telas: "Me divertía con sus botones y jugaba a hacer desfiles con los retazos”.
Una marca con historia

“Mi abuela llegó a la Argentina y su única herramienta era la costura, porque no sabía hablar el idioma”, retrató Lucía desde su estudio instalado en una pequeña ciudad cercana de Milán. Ella fue quien la inspiró a adentrarse en el universo textil, le enseñó a bordar y con ello, le transmitió su legado húngaro. Los textiles húngaros son reconocidos por sus bordados inspirados en el mundo natural. Esto constituyó una pieza crucial en la herencia artesanal y cultural de la diseñadora.
A través de la marca que lleva su mismo nombre, Lucía integra fibras recuperadas de origen vegetal. Atravesada por una lógica de “cero desechos”, las prendas regresan a la tierra de la que surgieron.
“Yo vengo de una familia que trabaja la tierra, y eso marcó mi proyecto desde el principio”, señaló. Criada en Buenos Aires, recordó que su padre floricultor se interesaba en el cultivo de los alimentos que luego llegaban a la mesa familiar que era una mezcla de sabores, colores y perfumes marcados por la multiculturalidad de sus parientes. Años más tarde, la diseñadora volvería a este recuerdo para moldear su universo artístico: “Algo que sale de la tierra te puede vestir y luego puede regresar a ella”.

“Yo vengo de una familia que trabaja la tierra, y eso marcó mi proyecto desde el principio”
Lucía Chain
“Pensar en el barro o la arcilla, me genera una sensación… Se me cierra la garganta completamente. Toda la vida me sucedió eso”, agregó. Lucía estuvo un largo tiempo tratando de descifrar ese sentimiento hasta que pudo plasmarlo en su arte.
“Respetar ese origen tiene que ver con mi historia, pero también con la de todos los seres”, reflexionó. En este marco, su propuesta se inscribe en una lógica circular que busca extender la vida útil de los materiales y reducir los desperdicios. En sus textiles, además, se esconde otra particularidad: la tierra funciona como tinte natural. “Empecé a recolectar tierra de distintos lugares cercanos, y cada muestra tenía un color diferente”, recordó.
Radicada en Italia –donde desarrolla su trabajo tras formarse en Diseño de Moda y Textil y realizar posgrados en Diseño de Indumentaria Deportiva y Negocios de Moda–, la diseñadora reconoció que trabajar con las “manos en la tierra” también la llevó a reflexionar sobre el poder simbólico del material, específicamente al vivir tan lejos de su hogar. “Me moviliza porque estoy lejos de mi tierra y también fui criada por personas que vivieron lejos de las suyas”, sostuvo y agregó: “Encontré que nuestros aborígenes, durante la conquista de los ingleses, armaban boleadores con tierra compresa cubiertas de cuero. Y esas eran nuestras armas contra la invasión. Defender la tierra con la propia tierra”.

Los inicios de su marca
Desde que empezó su carrera, Lucía supo que la sustentabilidad sería parte de su camino artístico. Por eso, comenzó a indagar en otras vías de producción más respetuosas con el ambiente, lo que le valió reconocimientos en la industria textil. Una vez graduada, en 2014, ganó Semillero UBA, un concurso para impulsar nuevos talentos, y luego participó en iniciativas como Designers for the Planet y la Helsinki Fashion Week (HFW) de Finlandia, un faro para la distinción de prácticas de economía circular y materiales ecológicos.
Fue su pasión por la moda y el deseo de seguir creciendo profesionalmente lo que la llevó a mudarse a Italia en 2021. “Desde entonces, intenté hacer cada vez más artesanal mi producto y cargarlo muchísimo más de valor”, explicó. Hoy produce poco: menos de 200 piezas al año. Pero no es la única singularidad detrás de su producción, sino que tras conocer de cerca el funcionamiento de fábricas textiles italianas y frente a un escenario en el que el 85% de los textiles terminan en vertederos o incinerados, optó por reutilizar descartes industriales de pruebas de color y catálogos. Las fibras seleccionadas por la emprendedora son de origen natural: algodón, lino, cáñamo y ortiga.

“Cuando hablamos de fibras vegetales, lo importante para su biodegradación es que sean de un cultivo orgánico. Y tenemos que asegurarnos de que el textil no pase por ningún tipo de proceso químico que altere su compostaje”, explicó. Así, trabajar con materiales biodegradables implica modificar por completo la lógica del diseño.
“Es mucho más simple recurrir al poliéster, que todo lo resuelve, con millones de caídas distintas”, sostuvo. Sin embargo, detrás de esa practicidad hay un gran costo ambiental. La Fundación Ellen MacArthur estima que cerca de medio millón de toneladas de microfibras plásticas terminan cada año en el océano tras el lavado de textiles.
Prendas sustentables

La sustentabilidad también atraviesa la creación de tintes. Aunque actualmente trabaja con emprendimientos certificados que producen pigmentos artesanales, también desarrolló colores propios. Para ello emprendió una búsqueda en su memoria celular: “Un ADN que se escapa por los poros a la hora de hacer algo” y explica sus decisiones artísticas. Así, reutilizó residuos provenientes de la producción de flores de su padre, junto a desechos orgánicos de la cocina como la cebolla.
“En ese momento era increíble ver que algo tan seco se pudiera procesar hasta generar un color con sus distintas variantes”, resaltó. Una vez conseguido el color, Lucía experimentaba con mezclas de óxido para alterar su tonalidad.

El resultado del color nunca es el mismo, pero eso es precisamente lo que le otorga un carácter distintivo a cada pieza y sirve como recordatorio de la artesanalidad del trabajo. “Algunas de mis prendas tienen la marca del teñido, o sea no te queda el color pleno, pero utilizo menos de un litro de agua por cinco prendas. Y es como usar básicamente una gotita”, detalló Lucía.
Sus valores de respeto con el medio ambiente contrastan con los de una industria donde prima un modelo de producción rápido y el sobreconsumo: “Prefiero producir mucho menos, pero con muchísimo más valor”.
En esta nota:
Tendencia de moda 2026









