
Pablo Ramírez, diseñador de moda y gurú del color negro: “Es muy cruel que la juventud sea vista como una virtud”
Una entrevista íntima con Pablo Ramírez, uno de los grandes diseñadores de la moda argentina, en la que repasa sus inicios, la construcción de su identidad en torno al negro, su mirada sobre la industria y su faceta como director teatral.
12 de mayo de 2026

Pablo Ramírez, diseñador de moda y gurú del color negro: “Es muy cruel que la juventud sea vista como una virtud” - Créditos: Sol Levinas
Llegar al atelier Ramírez para conocer la guarida del genio es un regalo para cualquier amante de la moda. Custodia su escritorio una biblioteca repleta de libros, de carpetas con los archivos de más de 25 años de colecciones y salpicados tesoros y recuerdos de un nostálgico.
La obra de Pablo Ramírez es tan solemne e impecable que, en el imaginario colectivo, Pablo es un hombre inaccesible, distante, casi un divo. Pero, sentado detrás de su computadora, nos dio la bienvenida para demostrarnos rápidamente que no solo es terrenal, sino que es cercano, empático y sensible. Antes de arrancar con la entrevista, recorrimos juntos su espacio creativo y reparamos en una cámara Polaroid con algo de polvo que apoya sobre su biblioteca.
“Es un objeto familiar de cuando era niño, mis padres la compraron. En los 80 era como nuestro Instagram. En los 90 la empecé a usar para el trabajo, para los fittings. Tengo una caja llena de fotos, le hice a Fito en el 99 cuando lo vestí para su disco Abre, tengo también de Gustavo Cerati para Episodios sinfónicos. No es solo un recuerdo, es un pedacito de mi historia”. Como cada detalle del lugar, nos invita a conocer un Pablo Ramírez íntimo para descubrir que la obra es consecuencia de un creativo absoluto.
Contame de tu infancia en Navarro, ¿cuándo arrancaste a soñar con esto que estás viviendo ahora?
Mis inicios tienen que ver con el dibujo; yo, antes que nada, soy un dibujante, es lo que más me gusta hacer. Y en el dibujo siempre estuvo presente lo que tiene que ver con el cuerpo, con la figura, con el traje. Dibujaba y me imaginaba las pasarelas o las escenografías.
¿En qué te inspirabas?, ¿cuáles eran tus referencias?
Principalmente la literatura, también el cine y las películas. Esas eran las dos fuentes de inspiración más grandes.
Me llegó una historia, no sé si es verdad, que le pediste a tu papá que querías estudiar baile y no te dejó... ¿Qué pasó?
Yo siempre digo que soy un Billy Elliot con mal final, porque no era en Irlanda, era en Navarro..., y mi papá no era minero, era mecánico. Cuando abrió la escuela de ballet en Navarro, fui durante 2 años, y no me dejó ir más. Yo seguí yendo como “oyente”, porque mi hermana siguió tomando clases y yo iba todos los sábados a mirar la clase.
¿Mirabas y dibujabas?
Sí, por ahí no en la clase, la verdad, pero sí. Como que estaba todo el tiempo pensando en eso...
Casi sin querer estudiabas el movimiento del cuerpo femenino...
Sí, siempre me dicen que mi ropa, de alguna manera, invita a moverse. Hay algo del movimiento en el vestido que tengo incorporado.
¿Es cierto que siempre deseaste irte rápido de Navarro?
Sí, porque era un lugar que no me era afín y en el que no encontraba cosas que me interesaran o me estimularan, más que ir a la biblioteca a leer, o al cine, o ver videos en televisión. Ahora estoy reconciliado, no tengo problemas. Siempre me comparo con Manuel Puig, el niño pueblerino que sueña con Hollywood y con el cine. Había una cosa como del escape, de la fantasía, a mí me interesaba Buenos Aires. De hecho, con mi familia viajábamos a Buenos Aires todo el tiempo, una vez por semana veníamos y yo decía: “Quiero vivir en este lugar”.

PABLO DIRIGE LA OBRA A VIVA VOZ TODOS LOS JUEVES DE MAYO EN EL DUMONT 4040. - Créditos: Sol Levinas
¿Había algo, además, de huir del bullying?
Sí, sí, la pasaba muy mal por ser distinto. Calculo que pasa siempre, pero bueno, era otra época, era otro mundo, y más en un pueblo. De hecho, la primera vez que me fui de Navarro fue cuando terminé séptimo grado y pedí irme pupilo al Champagnat, a los Maristas, en Luján. O sea, sin pensar en qué era irme de pupilo, el objetivo era irme... ¡Bueno, me voy pupilo, entonces no estoy más en Navarro! Igual, el pupilaje estuvo buenísimo, fue solo un año porque después el colegio cerró la modalidad de pupilo, siguió solo con alumnos externos, y yo no estaba para quedarme 4 años viviendo en una pensión solo en Luján. Así que volví al pueblo, terminé el colegio ahí, no pasó nada. Yo hoy me siento el producto de haber encontrado la forma, con mi imaginación, de sortear esas adversidades. Soy lo que soy y hago lo que hago porque pude atravesar dificultades.
¿Cómo recomendás alimentar la imaginación?
Lo fundamental es ser curioso. Hoy hay una sobreestimulación con las redes sociales, el scroll y esta cosa monstruosa que hacen los algoritmos de que de repente te gusta algo y te empiezan a mostrar todo el tiempo lo mismo. Es difícil, yo no estoy exento de todo eso, pero hay que tratar de escaparse. Hay que conectarse con otras cosas, salir... La ciudad es un lugar divino, la arquitectura te inspira, las calles, la gente, ir a ver muestras, ir al teatro, ir al cine, hacer planes, verse con gente, verte con tu familia. Los lazos y el contacto son todo. Las pantallas atentan contra la creatividad y los vínculos...
Atentan contra la humanidad, directamente...
Exacto, esta cosa de no tener contacto, no mirarte a los ojos, no hablar. Yo, por ejemplo, acabo de empezar a dar clases por primera vez, en la Universidad Nacional de Rosario, una materia virtual, una vez por semana. Pero la primera clase la fui a dar en vivo. Quería ver la cara de mis alumnos, que me conocieran, eso para mí es importante. Estar conectado con la realidad, con lo que te rodea... De alguna manera, eso mantiene viva tu curiosidad también.
Volviste a la facu, ahora a dar clases, pero ¿cómo fue tu llegada a Buenos Aires y a la FADU en los 90?
Terminé el secundario en el 89, el año en que se creó la carrera. Y cuando entré en la FADU, éramos de los primeros. Los de Arquitectura nos trataban mal, éramos “las costureras”, “las de corte y confección”, nos sacaban de las aulas... Igual, para mí fue muy lindo porque era muy experimental, no había ningún docente que fuera diseñador, eran arquitectos, diseñadores gráficos o artistas.
¿Y qué soñabas en ese momento? ¿A dónde querías llegar?
En ese momento, yo lo único que quería era entrar en la industria. O sea, cuando, en el 94, al recibirme, gané un concurso por un puesto de trabajo para desarrollar mi colección en París, y después volví con la posibilidad de trabajar en una empresa como Alpargatas, para mí ya el objetivo estaba cumplido. Tenía trabajo, estaba trabajando de lo que a mí me gustaba... Pero bueno, también se dio que justo fue en los 90, cuando la industria fue totalmente golpeada, cerraron casi todas las marcas y se desarmó todo. Con la industria quebrada, los de mi camada nos encontramos casi obligados a hacer proyectos independientes sin tener mucha conciencia. Hablo de mí, que empecé sin un plan comercial ni una estrategia. Fue impulso y pasión, nada más.
¿Cuál fue el primer paso?
En el año 99 me había quedado sin trabajo y me fui a Nueva York a probar, pensando en estudiar algo más. Pero la gente que conocí allá me alentó a salir a buscar trabajo, me decían que preparado ya estaba. “Armá un porfolio y salí a buscar trabajo”. Y medio que empecé a esbozar el porfolio y me surgió un trabajo acá, entonces me volví. Y presenté ese porfolio a otro concurso, El Diseñador del 2000.
¿Cómo era ese porfolio? ¿Tenía proyectos de la facu o cosas de tus trabajos para marcas?
No, hice algo nuevo. Tenía que presentarme, contar quién era yo, qué hacía. Empecé a dibujar y me salieron siluetas negras. No tuvo ningún premio en el concurso, pero hubo una subasta y mi diseño fue el que mejor se vendió. Entonces, la productora del concurso me ofreció participar en la Semana de Grandes Colecciones, que era un evento previo a BAFWEEK, y presenté ahí mi primera colección.
Vos solito, jugándotela. ¿Tenías un inversor?
No, con los ahorros que tenía compré las telas y mandé a hacer la moldería, y fue cortar y hacer. Armé los 25 o 30 looks del desfile. Mi primera colección se llamó Casta y las prendas no tenían ni etiqueta, les puse un alfiler de gancho atrás como si ese fuera el logo.
Pensar que hay diseñadores que tardan años en construir su identidad, y vos desde el primer momento estuviste tan seguro...
¿Cómo descubriste esa impronta tan Ramírez?
Yo siempre hice lo que tenía que ver conmigo. Sí siento que fundé las bases desde el principio. Es que en los años que trabajé en la industria noté una falla: sentía que no había creadores. Solo veía a las marcas siguiendo la tendencia y compitiendo entre sí, copiándose unas de otras, sin identidad. Y después, en el año 99, no existía el concepto de lo sustentable, y a mí eso me hacía ruido. Yo no quería trabajar una temporada con una carta de color, diseñar y que a los cinco meses esa ropa hubiera que liquidarla porque había que poner otra moda, me dolía. Yo quería hacer algo que no pasara de moda, quería hacer ropa negra. Quería ser un diseñador de ropa negra, atemporal, clásica, que no distrajera con el estampado o con alguna tensión particular. Debía ser negra porque quería que mi foco fuera la moldería, el calce, el rigor en la línea. Que cuando alguien necesitara un buen pantalón negro, una buena camisa blanca o un vestidito, pensara en mí. En las primeras dos, tres colecciones, mis colegas me decían que como estrategia comercial era mala, porque cuando alguien ya viene y se compró los cinco ítems que hay que tener, no compra más. Pero para mí estaba bien, prefería que fuera así. Era más un acto de honestidad, de intentar ser auténtico y verdadero.
¿Cómo es la anatomía de una colección de Pablo Ramírez?
Mi punto de partida siempre es el cuerpo, cómo favorecerlo, pensar en los diferentes tipos de físicos. Hay un pantalón para un cuerpo y un pantalón para otro, con el vestido lo mismo, la camisa igual. Siempre estoy pensando en las ocasiones de uso y en la versatilidad de la prenda. Son prendas de fondo de armario.
Hablabas recién de los cuerpos, vos siempre fuiste muy inclusivo. ¿Qué te pasa hoy con la vuelta de la delgadez extrema?
Creo que siempre fue así. Desde los años 20 con las flappers, la delgadez fue un valor. Solo hubo momentos en los que era políticamente correcto hacer determinadas cosas, como una forma de limpiar culpas, pero, de hecho, durante los años en los que el body positive estaba en auge, en las pasarelas femeninas había mujeres de otros talles y en las pasarelas masculinas no. Había un discurso sobre la moda femenina, el cuerpo diverso, el plus size y el body positive que no se estaba reflejando.
¿Fue más una moda que un cambio de mindset verdadero?
Para mí sí, además, después ibas a las tiendas y no estaban los talles. En general, no hubo un cambio real. Cuando yo empecé mis primeras colecciones, el talle XS era muy chico porque estaba probando en unas modelos que eran muy delgadas. Pero a los 3 años me di cuenta y empecé a cambiar la base del XS. Tenemos del XS al XL y todo el mundo se sorprende porque le parece que son muy reales mis talles. Y lo hice así siempre, más allá del momento y las modas.
¿Qué onda ser director de teatro?
Me encanta dirigir y siempre que tomaba proyectos de vestuario me quedaba con ganas de más. Yo ya venía acostumbrado a dirigir desfiles y para mí un desfile es un espectáculo, aunque siempre digo que, de los espectáculos, es el más ingrato, por lo efímero... Un desfile no tiene ensayo general, no tiene preestreno, es debut y despedida. Volviendo a la obra A viva voz, María Merlino vino con la idea y me encantó. Como me pasa generalmente, me vino la idea de la escenografía, del vestuario, de la puesta, de las luces...
Es impecable la dirección.
Es un texto divino, es muy poético, tiene una cosa como gótica y barroca, pero, a la vez, no tiene acciones, son todas imágenes. Vos lo leés en imágenes, y el desafío era construir estas imágenes. Y por otro lado, dejar contento a mi lado de espectador, donde soy muy exigente y creo que si vas al teatro, te tiene que conmover, te tiene que atrapar, tenés que poder entrar en la historia.
Cambiando de tema, dijiste estar en desacuerdo sobre el valor que se le da a la juventud frente a la vejez, ¿cuál es tu mirada?
Así como te decía que la delgadez es algo que en realidad siempre existió, al menos desde los años 20, la juventud es algo que aparece en nuestra sociedad, como concepto, a partir de los años 60. Ahí recién se le da valor a ser joven, verse joven, a no envejecer. A mí esto me parece muy cruel, no coincido. Cuando diseño, siempre pienso en que quiero hacer cosas que favorezcan a todo el mundo. O sea, si tuviera una línea de ropa para adolescentes sería otra cosa, pero yo pienso en todas las edades. Además, creo que en la juventud, en la adolescencia, uno todavía está buscando quién quiere ser, estás construyendo tu propio estilo, estás experimentando.
Y, digámoslo, en general te vestís peor...
Sí, o sea, yo, la verdad, hice un montón de cosas en mi juventud porque me estaba buscando, y no quisiera volver nunca a eso, es así. Me parece que hay algo como de aferrase a la lozanía de la piel de los 15 años, pero eso viene acompañado de un montón de inseguridades, de torpezas, de cosas que uno no sabe cómo hacer o cómo decir. Se desarrolló tu cuerpo, pero todavía el resto no acompañó.
Y ni siquiera tenés clara tu verdad, que es eso que vos decías, el estilo de lo que querés transmitir.
Exactamente. Entonces, que esos valores sean los que se pongan en el lugar al que todo el mundo quiere llegar, me parece una batalla perdida. Además, no hay forma de ser joven por siempre, por más que esté todo el mundo inyectándose y operándose. Yo no trabajo pensando en la juventud eterna, me parecería muy cruel si así fuera.
¿En qué momento creés que la mujer encuentra su estilo? ¿Hay algo así como una “madurez de estilo”?
Seguro que sí, pero no sé si es a la misma edad siempre. Para mí, tener estilo propio es ponerse a construir un uniforme propio, decir: “Yo soy de determinada manera, uso esta ropa, esto me queda bien, esto no me queda bien, esto me lo pongo, esto no”.
¿Qué le dirías a una mujer que todavía no encontró su estilo?
Lo más importante es mirarse, conocerse y ser verdadero con lo que uno es. Hay que hacerse preguntas: cómo llevamos el pelo, si nos gusta usar muchos accesorios o nada, qué hacemos en el día a día, cuáles son nuestros pasatiempos. Hay que desenredar todo eso para que cada uno pueda aceptar quién es, qué quiere contar... y pasarla bien.
La moda es un poco eso, ¿no?, divertirse.
Sí, por supuesto.
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