El primer casamiento al que recuerdo haber ido es el de mi tía Lulo.
Mi rol era muy simple: Cuando el cura me pedía los anillos, yo se los daba. Para esto, mi tía consideró necesario hacerme sentar en un banquito en el altar a la vista de todos.
Resulta que el casamiento fue muy largo... Además era de noche, y yo tenía 8 años, o sea, pocos.
Luché y luché. Mis ojos se cerraban, pero yo me sacudía para quedarme despierta, no sea que llegara mi crucial momento y yo no esté preparada... pero bueno, no pude evitarlo y me quedé dormida . No se como no me caí del banquito.
Me desperté escuchando risas. Mi tía tuvo que SALIRRRR de donde estaba, de su lugar de novia, y venir a despertarme. Un papelón. Lo que parecían cientos de personas grandes me miraban riéndose de mi. Me puse colorada como un tomate, pero entregué los anillos y, a pesar que que me moría de ganas de salir corriendo, me volví a sentar en el banquito hasta que terminó la ceremonia.


El otro día fuí a la casa de Lulo y, mientras hablábamos de mis preparativos (bastante poco avanzados por ahora), desempolvamos una caja con recuerdos de su casamiento.
Nos probamos todo, miramos fotos noventosas, y nos reímos con sus anécdotas. Me encantó que recordara su casamiento con tanto nivel de detalle, y que todavía, después de tantos años de convivencia y de tres hijos, lo siga recordando como uno de los días más felices de su vida.


Espero que en muchos años yo recuerde mi casamiento tan felizmente, me ría hasta llorar contando historias de la fiesta y de la luna de miel, y pueda, como ella, tener la generosidad de ofrecer un vestido preciado a una sobrina pirucha que se quiere casar en patas, y después tirarse a la pileta
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Sí, quiero. La anti-novia







