Venía de un fin de semana cortocircuitado. Me gusta este término, siento que refleja de un modo fidedigno el movimiento interno que vivo, de desencuentro, de trabazón, de estallidos pequeños.
(Antes que nada, la merienda se pasó para el siguiente sábado).
No me estoy quejando de mis cortocircuitos, sí los observo. Dicen que el hecho de poder poner atención sobre la tensión, el hecho de ser consciente de esos nudos, de ese calambre en el pecho, es un puente, es una llave para ir saliendo.
El caso es que eran las 6 de la tarde y en dos horas tenía que estar lista para encontrarme con mis hijas, ir a buscarlas a un cumpleaños.
Me di un baño de inmersión y cuando estaba saliendo del agua, me llamó Paula al celular, me pidió que retirara a su hija, Ámbar, porque estaba retrasada.
Retiré a las tres niñas, emprendimos la caminata de vuelta y en eso me percaté de un nuevo local de la que sería mi pizzería favorita del barrio. Entramos, niñas ya habían cenado, yo no, pedí dos empanadas de cebolla y queso, otra de roquefort y mientras esperábamos el pedido, apareció Paula por la puerta. De casualidad. No habíamos vuelto a hablar, no habíamos quedado en un horario para que pase, ni siquiera estábamos en su cuadra... Sí, estaríamos relativamente cerca, a unas 5, 6 cuadras de su casa, pero en un callecita escondida (era la primera vez que yo caminaba esa cuadra), residencial, metidas en el único comercio que había, siendo las únicas clientas.
Festejamos la casualidad y aprovechamos para decidir cenar juntas, llevarnos las empanadas a su casa, ella también pidió las suyas.
Con Paula me pasa lo que no me sucede con muchas amigas mujeres, que la charla me calma, siento como si su presencia activara la versión más centrada de mí misma.
Charlamos un rato largo en la cocina, mientras las niñas jugaban el living con una hamaca...
Y en eso expresé, para mí:
-Necesito masajes, me duele todo el cuerpo.
-¿Querés que te haga?
-No, no, no hace falta.
-Sí, dale, vení, acostate.
No es que rechazara su propuesta, sólo que no quería que ella trabajara.
Finalmente acepté y mientras ella hacía lo suyo, sentí que bien podría escribir a partir de esta anécdota...
Pensé: a medida que crecemos nos ponemos cada vez más discursivos y menos físicos, los intercambios se dan más en un plano mental, discursivo, de poco contacto.
No me puedo imaginar a mis hijas sentadas a una mesa sólo conversando con sus amigas, me cuesta imaginarme esa escena, no digo que no vaya a suceder en algunos años.
Lo primero que registré frente a su ofrecimiento fue, pues, la falta de hábito: estar ahí tirada en el piso y que mi amiga estuviera presionando sus dedos contra algunos rincones de mi espalda, me parecía raro, raro de poco usual, de poco ordinario.
-Hace mucho que no me hago masajes. Bah, no, miento, este año recibí unos masajes -dije en voz alta.
-Yo tengo un amigo que es masajista, muy bueno...
-¿Te hizo masajes alguna vez?
-No, él no.
-¿Por qué?
-Por pudor supongo, no sé si podría relajarme (por ser varón).
-Ahh. A mí no me cuesta nada, me es tan fácil.
Y ahí mismo recordé el motivo: mi madre.
-Mi mamá siempre nos hacía hacerle masajes -le conté a Paula-. ¿Y ella nos hacía a nosotros? Sí, también. Recibía y daba. Mamé la cultura del masaje.
-Yo también le hago masajes a Ámbar, a veces me hace ella.
"¿Y yo a mis hijas?", me pregunté en silencio. Me recordé en la Neo con mi China de kilo y medio, jugando con las plantas de sus pies en una improvisada sesión de reflexología.
Recordé la que probablemente fuera la última sesión de masajes de mi madre, en esa misma Clínica. No veníamos teniendo un vínculo fluido. Cuando me internaron, sabiendo que eran muchas las chances de un parto prematuro, yo elegí no llamarla, sólo quería que el padre de la niña me acompañara.
Y aquella sesión de masajes fue reparadora, algunos actos llegan más lejos, más profundo que las palabras más elaboradas.
Con mis hijas no se estableció nunca el juego de los masajes. Sí de los mimos. Sí del contacto.
En los últimos años ese juego se hizo menos frecuente que al inicio. Supongo que hay algo orgánico en ese cambio: la comunicación con un bebé pasa casi exclusivamente por el contacto; cuando la palabra aparece, aquél se hace menos necesario.
Se me viene a la memoria la parte de la entrevista a Javier Daulte en la que él habla de cómo el pegote físico se convierte en un pegote afectivo y espiritual cuando el hijo crece.
"Cuando el hijo crece, lo correcto es no estar encima. Entonces empieza a haber otro tipo de pegote que es menos físico, menos concreto. Es un pegote afectivo y espiritual".
De todas maneras, registro, me doy cuenta de cuánto me calmó, me calmaba este nuevo contacto. Con mi amiga.
-La próxima yo te hago –le ofrecí.
Registro el valor de estos intercambios y tomo nota en mi cuaderno mental, estoy tomándola en este mismo momento... Tomo nota de lo importante de recuperarlos; que la relación de pareja no tenga el monopolio exclusivo.
Sí, claro, hay una dinámica propia de la pareja, eso no lo cuestiono, pero habilitar momentos como el que tuve con mi amiga, devolverle su gesto, intentar ablandarme en los abrazos, proponer algún día un masaje a mis hijas, ¿por qué no hacerlo?
Es tanto el mundo que entra a través de las pantallas, que no se toca ni se huele, que mueve al intelecto y deja al cuerpo postrado en la silla, que está bueno reflexionar acerca de la importancia de estos otros momentos, para dárselos.
¿Qué piensan? ¿Cuál es su experiencia?
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