
Sí, sí, sí. Los viajes, las idas y las venidas son un sí en mi vida. Casi inevitables, casi imposibles de esquivar, casi sinónimos de estabilidad. Cuando no viajo por dos semanas me siento rara.
Volví de Buenos Aires hace dos días, llegué a París y en unas horas vuelo a México. Para cuando ustedes lean este post seguramente ya estaré en el aire. Todavía tengo que terminar de preparar algunas cosas, no puedo olvidarme de nada. Me esperan días interminables de trabajo sobre los que les contaré más adelante, por el momento es casi un secreto (muchos "casi" en el post de hoy... ). Y todo esto me tiene muy muy feliz, además de que amo México. Me entristece muchísimo la inseguridad que se vive por esta época en el país, tantas atrocidades...
Mi vuelta a París fue fugaz pero no por eso invisible. Necesitaba volver aunque sea por un día a reencontrarme con mi casa y con mis cosas, con ese silencio especial, a conectarme otra vez con esta ciudad que tantas energías me devuelve después de semanas de ir y venir en Argentina. A abrazar la almohada para tratar de no extrañar... Al margen de que tenía que trabajar al día de llegar, me hice tiempo para ver amigos y seguir con la rutina de entrenamiento. Hace poco me di cuenta que necesitaba cambiar lo que venía haciendo de aeróbico, me estaba costando correr o hacer bici porque me aburría, y descubrí que en Buenos Aires hay muchísimas más opciones que aquí, o por lo menos por donde yo buscaba. Así que me puse en campaña para dar con lo que hoy necesito.
Vuelvo de México y arranco con mis clases de actuación! No veo las horas, sueño con las tablas. Pero, lo pienso, y todo tiene que ser poco a poco, paso a paso, vivido minuto a minuto. Está bueno embalarse, no sé qué haría si no me apasionara por lo que quiero hacer, pero también necesito disfrutar del momento, incluso de un vuelo o de las horas de espera en el aeropuerto. O de terminar de hacer valijas! Grrr, ya se los dije: me agotan!

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