Al terminar el rodaje en Barcelona de Los condenados (película de Isaki Lacuesta que se estrenará este año en la Argentina) con mi mujer, Laura, decidimos tomarnos unas vacaciones en Granada.
Un viaje en avión de cincuenta minutos, mientras el paisaje se tornaba cada vez más terroso y montañoso, nos dejó en el aeropuerto Federico García Lorca. Allí nos tomamos uno de esos micros que por poco dinero te llevan al centro de la ciudad. Dejamos el equipaje en nuestro hotel, a metros de la Plaza de los Reyes Católicos, y salimos a la calle a caminar, y a comer y a conversar con quien se nos cruzara, que es el mejor modo de conocer cualquier sitio.
Anduvimos ansiosos, estudiando el plano de la ciudad y nuestras posibilidades turísticas en los dos días que íbamos a estar allí. Ya teníamos asegurados nuestros billetes para entrar en la Alhambra para el día siguiente. Y optamos entonces por conocer el Albaycin, el barrio judío, o árabe, o las dos cosas.
Caminamos ciudad arriba por una calle que fue haciéndose cada vez más estrecha, a tal punto que cuando pasaban los vehículos debíamos refugiarnos en los portales, siguiendo la rivera del Darro, ese río de montaña que separa el Albaicín de una calle empedrada y circular.
Recorrimos el Darro hasta el punto donde el camino se bifurca y comenzamos a ascender por otras callecitas también muy estrechas, a tal punto que casi se tocan las ventanas cuando están abiertas. Luego de mucho pasear en círculos llegamos a una plaza seca. Enclavado casi en la cima estaba el mirador de San Nicolás, desde donde se podía ver, a lo lejos, la Alhambra en todo su esplendor.
Lujos nazaríes
La plaza estaba llena de gente, artesanos, turistas, gitanos, de todo un poco. Y mientras el sol de la tarde nos bañaba con su luz, bajamos hasta las tiendas árabes, a regatear.
A la mañana siguiente, nos levantamos muy temprano, excitados porque finalmente conoceríamos aquella fortaleza construida por una de las dinastías más exquisitas de todas las que colonizaron el sur de España, los nazaríes. Salimos con un frío de la hostia a buscar un café y unas porras. Luego tomamos un taxi que nos dejó en la puerta de la Alhambra.
Caminamos por un bosque increíble con el sol rasando, cruzamos un puente levadizo después de atravesar la Puerta del Vino (aduana por la que se ingresaba a la ciudad), llegamos al casco histórico dividido en cuatro grandes grupos: Los Palacios Nazaríes; La Fortaleza o Alkazaba; Los Jardines y el Generalife y el Palacio de Carlos V, todos edificios realizados entre el 1000 y el 1500 d.C.
No podría describir lo que he visto y he oído y olido, y el eco y las brisas y la luz, porque el verbo mío es muy pequeño para narrar tanta hondura y tanta belleza. Los Palacios Nazaríes son un pasaje directo a un relato de Las mil y una noches. Imaginé el verano y las fuentes. Los pies descalzos de una princesa y las gasas y las sedas y el té y algún narguile encendido. El sonido de las fuentes, las formas todas en complicidad y en el horizonte recortándose, el Sacro Monte con sus casas cuevas.
Seguimos por los Jardines Nazaríes y a los lejos ya podía distinguirse el Generalife, o palacio de verano de los príncipes nazaríes, que nos hacen conjeturar un mundo donde la contemplación y la delectación de los sentidos era un modo vida.
La Alcazaba es una fortaleza imponente, que seguramente habrá visto entrar a sus murallas al Cid vencedor y desde la que se controla toda la comarca, la ciudad vieja y la nueva, la catedral de Granada, el Albaycin y el Sacro Monte.
El palacio de Carlos V es una construcción imponente, circular por dentro como un gran anfiteatro, con mucha piedra y mármol. De alrededor del siglo XVI, en pleno auge del imperio español, es un monumento a la omnipotencia occidental y cristiana, con la que el emperador desea pasar a la historia como el más grande y el más poderoso.
Al salir, bajamos por esa calle empedrada que rodea la fortaleza y se encuentra con el Darro, lentamente, en silencio, y almorzamos en un sitio muy bonito, escuchando a un gitano cantándonos alguna rumba.
Por Daniel Fanego Para LA NACION
El autor es actor, director y docente teatral. Por estos días ensaya Un largo viaje de un día hacia la noche, de Eugene O´Neill, con dirección de Villanueva Cosse, a estrenarse en el Teatro Regio del Complejo Teatral San Martín, y El último verso, de Patricia Zángaro, con dirección de Pompeyo Audivert, para estrenar en la sala María Guerrero de Teatro Nacional Cervantes en Teatro x la identidad 2010.