
Y sí, esta fue una semana desafío. Quienes siguen el blog hace tiempo seguramente recordarán las varias dificultades que tuve con marido lejos, de viaje. Incluida la pelotera a la que anteayer me refiriera.
No me creo dependiente, ¡no quiero creérmelo! Por ahora me inclino más a pensar que de por sí ando sobreexigida, con elegancia -pero sobreexigida al fin y al cabo (la elegancia es de este año, no del pasado)- y cuando me tiran más peso, tardo, me cuesta.
Aún así, la semana empezó muy satisfactoriamente. Con una sensación mezcla de euforia -por lo vivido en Villa Celina- y calma (lo que me dio fuerzas para meterme en una zona más densa)... pero de un momento a otro, ¡oops, la fiebre!
Entendí en lo profundo que no siempre nuestros niños son el fiel reflejo de nuestro estado anímico. Que es verdad que cuando son chiquitos funciona mucho lo que han dado en llamar la díada bebé-mamá, pero a medida que crecen, hay que reconocerles un funcionamiento independiente, propio... cierto tener que resolver la vida en su conciencia, acompañados del mundo y sus padres, pero solos en su eje.
¿Y agrego algo más? Algo que quizás suene a la más pura obviedad. Conste que no estoy proyectando, no en un 100 x ciento al menos. Mis hijas extrañan a Fede. Lo buscan, lo reclaman, lo esperan. ¿Me creen si les digo que Lupe se pasó toda la semana diciéndole "apá" al colgante de elefantes de la foto que con marido compramos justo antes de que se fuera...? No sé qué rara asociación hizo, pero allí quedó simbolizado e invocado -todo el tiempo- mi marido. Raro, no? ¡Lindo! Humano.
Y en cuanto a la consigna, hoy es día LIBRE, de soltar pensamientos golondrinas, de decir lo que primero que se nos venga en mente, de catarsis, de confesiones chiquitas e intrascendentes.
¡Mañana sábado nos estamos juntando!
Y la semana que viene paso próxima fecha de trabajo y taller de juegos en el barrio "17 de Noviembre."
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De la mamá








