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Quieta


Créditos: Ohlalá



El lunes retiré a mis hijas de la colonia y volvimos caminando a casa. Me pidieron atravesar el parque, pero "por la sombra". Ok. Lo intentamos, fuimos zigzagueando los recortes soleados, eligiendo los metros cuadrados al resguardo de los árboles.
-¿Podemos pisar el pasto?
-Claro.
Y en ese momento en el que mis pies, todavía calzados, se hundieron en aquel colchón verde, se me vino rápido a la mente: "descalzate".
Venía de 3 días maratónicos de trabajo. ¡¿Qué digo?! Venía de un mes, de 2 meses enloquecidos, endemoniadamente revueltos.
Sé que la imagen de los pies descalzos sobre el césped es un lugar común (más que eso, un lugar trillado), pero qué importa, por algo los lugares comunes son tales. Hay algo que se organiza a partir de esa sensación (acaso primaria) de los pies, de las plantas de nuestros pies, sobre la tierra.
Al menos sucedió algo en esa exacta coordenada que a mí me hizo detenerme. Frenar la marcha.
Mis hijas se quitaron también sus respectivas zapatillas, y las tres nos echamos sobre el pasto. Al ratito ellas estarían chillando, echando unos alaridos de niñas urbanas por culpa de un par de hormigas, negras, grandes, aunque en apariencia inofensivas; ya luego sentándose sobre mi espalda y mis piernas (yo quedé postrada boca abajo, no había bicho que me moviera), y ya luego ensayando todo tipo de piruetas, por puro placer kinésico (por tener hormigas en el culo, literalmente).
La medialuna, la vertical, la vuelta carnero.
-Dale, ma, hacé la medialuna.
-No, hoy no puedo.
Me sentía abrochada a aquella postura (boca abajo), como si la Tierra fuera efectivamente una madre, como algunos la consideran, y yo un bebé de pecho, famélico.
Las miraba, eso sí. Las seguía, le reconocía sus méritos. Yo tiendo a tener la misma reacción que ellas frente a un espacio de esas características. Amplio, y ni hablar si de alguna manera el piso está acolchonado.
Me quedó ese "vicio" de cuando era chica y practicaba gimnasia deportiva. Hacer la medialuna, la vertical, no tanto; la vertical es demasiado estática. Y el rondó. Al suplé, al movimiento que así llamábamos, no me animo, temo quedarme dura.
Ya lo sé. Me desvío de tema. Pasa que, no sólo tuve días de arduo trabajo mental, sino que éste anduvo -en parte- enfocado en una actividad deportiva, en un fenómeno deportivo bien específico (que no viene al caso). Sí viene al caso el hecho de que allí echada, en ese paréntesis que me sorprendió aquella tarde, me di cuenta de que a mi vida le estaba faltando movimiento.
Puro movimiento del cuerpo.
El año pasado pude, durante unos meses, recuperar una rutina de ejercicios en casa, de baile, pero se ve que cuando las papas queman (cuando se juntan exigencias), no puedo andar regulándome: "ahora, ponete a bailar". No, lo suelto.
Y no quiero más imperativos, no quiero volver a regañarme públicamente por no estar yendo a lo de Melanie. Sí registro el deseo. Ojalá este año pueda hacerme hueco en mi agenda (y en mi presupuesto).
De momento voy a proponerme repetir estas escenas. Escenas de quietud en mi vida, tan necesarias como aquellas clases, escenas en las que no sucede nada, o todo sucede. Escenas como ésta: allí, echada sobre el césped, y aun con la molestia de las hormigas, sintiéndome rescatada, contenida, oxigenada... y conectada con mis hijas.
¿Cuáles son los momentos de más quietud en tu vida (diaria)? Y por otro lado, ¿tienen alguna rutina de ejercicio físico? ¡¿La pueden sostener en el tiempo?!
PD: Para contactarse por privado, me encuentran en FB como Ine Sainz Y por taller (a distancia), todavía abierto, contacto acá o por FB.

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