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"Se los regalo"


Créditos: Ohlalá



Eran las seis y monedas de la tarde, estaba en la recta final de días de carrera.
A mi trabajo y al cuidado de mis hijas se le había sumado el cuidado de Matilda (padre en jornadas maratónicas de trabajo, madre de viaje) y ello implicaba dormirnos tardísimo y un ping pong, un ir y venir fatigante entre mi departamento y su PH.
Estábamos, de hecho, en pleno traslado de una casa a la otra. Madre-ekeko caminaba al frente, las niñas iban dispersas curioseando los puestos... Madre se detenía cada tres pasos para gritarles: "dale, vamos", y en eso las ve, a ambas, acercándose tímidamente a una joven sentada a una mesa con todo un despliegue de globos sobre ésta.
Madre pensó por dentro: "no, voy a comprarles más nada". Comprame, dame, tengo sed, tengo hambre, madre ya había escuchado todas esas cantinelas.
Si madre hubiera estado funcionando en piloto automático, probablemente les habría pegado un grito del tipo: "me voy, me fui, vaaaamos, se nos hace tarde".
¿Pero vieron cuando el cansancio llega tan lejos que toca su opuesto? Era un agotamiento que me había dejado insólitamente abierta, fuera de la inercia.
Y lejos de gritarles a las niñas, me sumé a ellas, a su reacción física.
-¿Quieren los globos? Se los regalo –dijo la joven.
No fue solo la palabra "regalo", algo en el tono, en su voz, en su energía me capturó. No pretendo dar a mis hijas un ejemplo de apertura indiscriminada a extraños, pero si una está atenta y percibe amabilidad, una intención buena, ¿por qué no hacerlo?
Me detuve, pues. E intervine.
-¿Los vendés?
-No, los regalo.
-Yo quiero, yo quiero.
Las niñas ya se habían arrimado a la mesa y observaban sus elementos, un inflador con el que ella daba forma a esas salchichas de globos, que luego -con una mínima habilidad- convertiría en corazón, en flor y en perro.
-¿Y por qué los regalás?
-Hoy nadie te regala nada. Me parece lindo regalar algo.
Sonaba lindo. Me gustó escuchar aquellas palabras... Para ese entonces no solo me había detenido, había retrocedido unos pasos y estaba sentándome en una silla vecina de aquella sobre la que se sentaba la chica.
Sonaba lindo pero no pude eludir mi prejuicio: "¿y de qué trabajará?" Es poética la idea de regalar globos a niños (me acordé del acto poético de Jodorowsky, bien podría ser uno de ellos, un acto gratuito, bello, aparentemente arbitrario), pero no puede evitar pensar: "¿a quién no le gustaría hacerlo? ¿pero de qué vivimos? ¿quién tiene el tiempo?"
Peros.
Peros que se diluyeron a medida que ella fue respondiendo a mis preguntas:
-¿Y de qué trabajás, Candelaria? (le pregunté su nombre y le pedí permiso para escribir acerca de ella en mi espacio).
-Hago rastas a domicilio.
-¿Y estudiás?
-Estudio en una escuela de cerámica.
Y un ratito después -ya las niñas estaban jugando con sus respectivos globos y pidiéndole otros- se me dio por preguntarle qué edad tenía. Le hubiera dado 20 años mínimo.
-15.
-¿15 años?
-Sí, todo el mundo me da más.
-Wow.
Y volví a preguntarle entonces por qué hacía lo que hacía, como si desconfiara de la simpleza de su argumento. Hago lo que hago porque quiero.
-Porque me gustan los chicos, porque hoy nadie te regala nada. Me hace bien regalarles algo a los chicos.
Ah, sentí tal ternura. Me sentí frente a una niña de 15 años jugando, sentí toda la inocencia intacta en ella. O no sé si intacta, sí activa, funcionando.
¿O acaso no es un hecho divertido –además de poético- sentarse en la plaza a hacer globos con formas varias y regalárselos a niños?
-Hay padres que los rechazan.
-¿Por qué?
-Y porque soy una desconocida, porque tienen miedo.
Hay padres que hacen lo que probablemente yo habría hecho, si hubiera estado en piloto automático aquella tarde, si no hubiera estado tan cansada, si el cansancio no hubiera puesto a raya al pensar hiperquinético.
Agradecí ese momento. Pensé: quiero hablar de este intercambio, de la paz que estoy sintiendo acá sentada en un banco de plaza, con Lupe y Matilda fascinadas con las posibilidades de juego que esas flores, corazones y perritos les dan, con esta niña grande que, además de cumplir con sus responsabilidades de estudio, lo que la mayoría de niños de su edad hace, se toma un tiempo para ir al parque, a enfrentarse con un sinfín de extraños, a darles globos a sus hijos... a regalarles una alegría, a regalársela a sí misma.
No pude evitar ponerme en el lugar de su madre.
Una niña abriéndose a extraños que la miran con desconfianza por saberla extraña, por no saberla niña, por no saberla pura, por desconfiar de una intención altruista.
Ojalá las nuevas generaciones vengan como ella, puedan trascender convenciones, puedan proponernos actos fuera de nuestra rutina, que nos sorprendan, que nos enseñen...
Ojalá los adultos sepamos darles lugar, no temerles, salirnos de nuestra archivero mental, dejarnos contagiar por sus propuestas.
...
No sabía qué forma iba a darle a este texto.
No sentía tener entre manos una gran anécdota, era una micro anécdota pero un sentimiento inspirador, un sentimiento-semilla.
Dicho lo anterior, me limito a desearles un muy buen fin de semana y a preguntarles: ¿Quiénes se suman mañana a la merienda?
¿Nos juntamos en otra plaza a tomar mate y comer cosas ricas?
¿Qué otros planes tienen para su fin de semana?

PD: Como siempre, para contactarme por merienda o por taller, me encuentran en FB.

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