
El miércoles tuve turno con el médico clínico. En estos días tengo que repetir mis análisis de sangre a ver si vengo mejor de la anemia. Yo me siento un poco más fuerte que antes, creo que el cambio alimenticio (que viene bien pero de a poco) me está haciendo bien.
Como era la primera vez que visitaba a este médico, me pesó, me midió y me hizo todas las preguntas de rigor.
¿Fumás?
No
¿Alguna operación?
No
¿Hepatitis?
No
¿Vacunas?
Creo que vengo al día.
¿Alergias?
Uf, ¿tenés tiempo?
¿Colesterol en la familia?
Seguramente, mis abuelos.
¿Presión?
Bajísima, siempre. (Después me la tomó y me dio la razón)
¿Deporte?
Emmm, buenoooo... ehhh, digamos que técnicamente ahora no estoy realizando actividad física.
En realidad nunca fui de muy deportista. En la secundaria era de las que cuando el profesor se distraía dejaba de correr y caminaba. En los partidos de handball siempre iba al arco y en los de voley siempre decía que me dolían los brazos por la pelota y encontraba la excusa perfecta para salir de la cancha.
De todas maneras, sé que tengo que hacer actividad física. Está comprobado que hace que tenga más energía y me hace más fuerte porque se ejercitan más los músculos. Y además, cualquiera que me ve diría que necesito levantarme de la computadora aunque sea un rato. El médico me dijo que para que sea constante y me ayude tengo que hacer actividad física tres veces por semana.
Igual tengo que admitirlo: de todos los deportes que empecé y dejé a lo largo de mis 24 años de vida, hay dos en los que soy más o menos buena (o sea, no pésima). Al tenis empecé a jugar de chica y siempre me divirtió mucho. Me acuerdo, incluso, que una profesora intentó llevarme a competir con otro clubes, pero yo me negué porque me faltaba (y me sigue faltando) esa sed competitiva en materia deportiva. Hace unos años (cuando todavía vivía con mi familia) tomaba clases de tenis, y podía pagarlas porque no tenía otros gastos grandes. Es un deporte caro. Una de mis hermanas también juega y cada tanto reservábamos una cancha y jugábamos juntas.
Hoy en día mi realidad es otra. Tengo gastos más importantes por mes y, entre que trabajo y estudio, no sé si tengo tiempo para ir dos veces por semana hasta un club (y cargar todo el día el bolso y la raqueta por la calle o en el colectivo). Para mí, además, todo lo que implique logística complicada le resta puntos a la actividad física y no me dan ganas de hacerla.
Otro: siempre fui muy buena nadadora. En la secundaria tenía natación y era la única actividad física en la que más o menos me destacaba. El problema de ir a nadar es que hoy en día tiene una logística casi más complicada que la del tenis: primero hay que pagar una cuota en alguna pileta, después hay que cargar el bolsito todo el día, quedarse en malla entera y gorra delante de la gente (una situación totalmente antiestética, al menos para mí), y, por último, salir con el pelo mojado y olor a cloro (y de ahí irme a trabajar o a cualquier otro lado). Esto, por no mencionar a los días indispuesta y a la depilación ultra estricta siempre.
Sí, ya sé, ni tienen que decirlo: le estoy buscando la quinta pata al gato. Ya lo sé, siempre fui así cuando me veo obligada a hacer deporte. De todas maneras, siéntanse (un poco) orgullosas de mí: ayer salí a correr. Empecé a intentar encontrarle los contras a esa actividad y me costó, así que acá va lo positivo:
- Es gratis. Fundamental.
- Tengo una plaza cerca, así que no tendría que cargar ningún bolsito a ningún lado. Puedo ir y volver a mi casa sin necesidad de irme después de correr directo a ningún lado.
- El ritmo lo impongo yo. Esto es positivo pero negativo a la vez, porque justamente no tengo a nadie que me exija, y eso me tira más a quedarme en mi casa leyendo.
Ayer a la mañana salí a correr antes de ir al trabajo. Tengan en cuenta que hacía años que no hacía actividad física, así que corrí tres vueltas a la manzana y caminé otras tres. Pensé mucho y me aburrí un poco, pero no estuvo tan mal. La interacción con la gente en los gimnasios tampoco me cierra mucho. Además, si hay un lugar que detesto en el mundo es el gimnasio. Fui a miles y nunca duré más de seis meses. Odio la dinámica, los aparatos, las clases, la música que pasan, las minas que van con su mejor ropa (y yo, con un short de hace mil años y una remera desteñida).
Parece un chiste, pero lo más complicado de salir a correr fue ¡¡¿DÓNDE ME METO LAS LLAVES?!! Es lo único que necesito cargar encima porqueno no tengo a nadie que me espere en mi casa que pueda abrirme la puerta. Logré reducir el llavero a dos (puerta de calle y de mi departamento) y no sabía cómo hacer. Primero, intenté ponérmelo en la zapatilla, pero me incomodaba. Después de un rato de buscar, me di cuenta de que tengo un short deportivo que me habían regalado (y que había usado con suerte tres veces) que tiene un bolsillito del lado de adentro. Las metí ahí y las até con el cordón que ajusta el elástico. Las sentí moverse toda la corrida. Problema solucionado. Ahora quedará ver si logro mantener estas benditas tres veces por semana constantes.
¿Ustedes, qué actividad física hacen? ¿Cambiaron estos hábitos cuando se mudaron solas?
¿Lloverá? Igual buen fin de semana para todas.








