Venía de un fin de semana de esos en los que la maquinaria vincular (de pareja) parecía perfectamente aceitada porque todo había fluido. ¿Fluido?
"Fluir", un verbo gastado, pero preciso.
Venía de días en los que todo había funcionado a la perfección casi (y agrego "casi" de puro alérgica a la idealización que soy). Cine, cena, charlas, trabajo, ah, sí, incluso me había llevado trabajo a lo de Camilo... barrer, ¡baldear el patio!
Venía, en fin, de un fin de semana a mis anchas, y en eso, oops, ya eran las 18 hs, debía armar el bolso, o mejor dicho, meter las prendas de ropa en la cartera y volver a casa.
Esa hora bisagra es rara, me quito un traje para ponerme otro. El primer momento con mis hijas siempre es grato. Hay regocijo celular, químico sólo por sentirlas volviendo a mi radio, a mi amparo.
Pero este domingo, después de pasar por el super, nuestra cita obligada de los domingos a la noche, algo, no supe entonces qué ni por qué, hizo corto. Cortocircuito.
Quise identificar el momento en el que la primera pieza de dominó se cayó, por qué o quién empujó esa primera pieza, quién encendió la punta de esa mecha de desconexiones, de esa cascada, de esa seguidilla de malentendidos... y no pude.
No veía el horizonte. Mi casa se había convertido en un sinfín de reclamos y de llantos.
Hija mayor me reprochaba –y no a la ligera- no haber podido asistir a la función privada de la nueva película de Tinker Bell. Había sido el sábado por la mañana, ellas estaban con su padre, quien, frente a mi pedido de "prestármelas", me contestó que él ya tenía programa.
Lupe se ofendía por todo, estaba hiper-susceptible. Bastaba que me viera hablando un minuto reloj con su hermana, qué digo, bastaba que viera 20 segundos de atención exclusiva a su hermana para que hiciera escena. "Sólo la querés a China, a mí no..."
Y así. Cito apenas las frases iniciales, las primeras y pequeñas llamas emocionales que podrían haberse apagado, que yo podría haber apagado con buena destreza de madre y sin embargo, no supe. No pude.
Me sentía impotente, frágil.
No sólo no podía bajarlas, sino que sus reclamos y ofensas me ofendían. Me lastimaban.
Una mirada con odio de parte de hija mayor fue el puñal que terminó de desarmarme.
Llegué a pensar: "todos hablan del amor de los hijos, pero pocos hablan del posible odio".
Y no seguí por ahí, decreté que después de cenar fuéramos rápidamente a dormir.
Desperté con el mazacote en el pecho, sabiendo, además, que debía sí o sí escribir el texto para el martes.
Ayudó hacerlo. Ayudó poner en palabras lo que, a la base, sucedía, me estaba sucediendo (ver Memorándum). Una separación que me obliga, todavía, a funcionar dividida... Pareja, por un lado, hijas, por el otro. Y dividida con el padre. Ah, sí, recién en ese momento detecté el origen de todo aquello. Cuando el día anterior el padre me las trajo, habíamos discutido, apenas... pero lo suficiente para encender la mecha. Yo había expresado mi enojo por no poder tener un diálogo y por no poder llegar a un acuerdo (crucial, en relación a días de cuidado).
Cuando volví a casa ese lunes al mediodía, lejos de encontrar un panorama despejado, me encontré con la señora que cuida a mis hijas diciéndome:
-Tengo una mala noticia... Se estuvieron peleando. Y se pegaron.
Me duele pelearme con ellas, pero que ellas se peleen entre sí... ésa es mi kryptonita.
-Por favor, China, Lupe, pueden venir...
Señora que las cuida y madre, ambas, explicándoles, bajándoles línea, lo que yo llamo darles la lata. Incluso amenazándolas con penitencia "si le volvés a pegar a tu hermana".
Escribir el texto había echado luz sobre el mazacote, pero todavía me sentía títere de él. ¿Nunca les pasó de sentirse títere del dolor, de sentirse tomadas por el dolor?
Fue entonces que pude animarme a la maniobra que me permitió empezar a encontrar la puerta, la salida (o acaso la entrada).
Pedí ayuda.
A Camilo y a madre.
A Camilo le mandé sms: "No me siento bien. Necesito tu apoyo, ¿podés llamarme?"
A los segundos lo estaba haciendo. No arriesgó ninguna reflexión muy aguda, me dio consejos prácticos. "Salí, despéjate, vayan a la biblioteca del Dragón..." Me pasó la dirección y el teléfono.
No me importaba tanto qué dijera, como sí el hecho de que estuviera del otro lado del teléfono queriendo darme una mano. Eso bastó.
Como también bastó la respuesta de madre. Le había pedido que cuide a mis hijas la noche del miércoles, para poder asistir a una meditación. "Sí, de alguna lo resolvemos".
Ambas respuestas bastaron para que a la espiral descendente le siguiera una construcción de de conexiones, de bienestar, de estar bien, de poder estar conmigo y con ellas.
Y así poder ir liberándonos de las garras del monstruo Bla, bla de turno y de las emociones que Bla, bla había sembrado.
Para estacionarnos, volver a estacionarse en el presente.
Para caminar, pasear, curiosear vidrieras, tomar una merienda en un café, visitar la biblioteca, que estaba cerrada y terminar, de casualidad, en un Yenny de Flores, con un espacioso sector de niños, totalmente vacío.
Para echarnos sobre el piso alfombrado, cada una con su libro y leer, leernos; para compartir esa actividad con entusiasmo.
Para darme cuenta de que, las más de las veces, el trabajo es hacia adentro. Que una limpieza de estantes emocionales y un re-cableado del espíritu es más efectivo que deshacernos en explicaciones e imperativos a nuestros hijos.
Que a veces hay que pedir una mano para poder encarar ese trabajo.
Y que por más separados que parezcamos (padres, parejas, ex parejas, niños), somos un mismo cuerpo y cualquier ajuste o desajuste de un@, afecta al resto.
Les cuento, por último, que al final me enviaron entradas para poder ver Tinker Bell el día que yo eligiera. Y eso hicimos (ya voy a hacerles la crónica). Y mientras hijas miraban los cortos, sonó mi celular. Era su padre. Era su padre accediendo momentáneamente a mi principal pedido... ¿Accediendo? Ah, sí, estaríamos llegando a un acuerdo...
¿Cómo viven ustedes los cortocircuitos con hijos? ¿Cómo expresan ellos el malestar entre sus padres?

DIVIDIDA: tengo dividida hasta la cara. Hijas dibujaron esa línea, así cada una tenía su mitad para pintarme

PD: Como siempre, para contactarse por privado, me encuentran en FB ¡Muy buen fin de semana largo!
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