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“Estoy a tiempo de hacer lo que me haga feliz”




Fue la semana pasada en el tren de las 8:30. Yo llevaba un vestidito corte A, un tapado estilo inglés con doble hilera de botones plateados, unas medias negras con entramado de rombos, mis botas de caña alta y una leve sonrisa. A unos metros de distancia, dos personas se pusieron a discutir; no les di importancia. Escena repetida esa de pelearse por el espacio, la cartera que me tiraste encima o el empujón consecuencia de alguna frenada brusca. La verdad es que nunca entendí a las personas que se enojan en un transporte que va lleno y en donde es obvio que todos estamos incómodos. Pero pasa, las personas elevan su tono de voz y, ese día en particular, lo sobrepasaron lo suficiente como para traspasar mi música y quebrar mi estado de indiferencia.
Levanté la vista y los observé. Él era un señor bastante mayor, de pelo blanco y manos ásperas e iba parado con un libro más viejito que él, de hojas amarillentas y desprendidas del lomo. No tenía de dónde agarrarse y hacia equilibro como podía para no caerse. Pero se ve que igual fue inevitable y que, sin querer, le dio un empujón a la mujer que tenía a unos milímetros de distancia. Ella era una señora de edad indefinible. Podrían ser 40 muy mal llevados o 50 también descuidados. Es que su rostro era gris, su mirada era gris y su pelo largo, que era castaño, estaba tan reseco, quebradizo y sin peinar, que también parecía gris. Con tono furioso y para que todos escuchemos le dijo: “Aparte señor, el tren es para viajar, no es un lugar para leer”.
Apenas escuché esa sentencia, no pude más con mi indiferencia. Yo me había dejado mi propia lectura en casa e iba en un espacio entre vagones donde tenía apoyo como para relajarme, cerrar los ojos y disfrutar de mi música. Pero decidí abandonar mi comodidad y actuar: “Señor”, le dije con voz fuerte y clara, “venga, póngase acá que va a viajar más cómodo. El tren sí es un lugar para leer”. Sus ojitos arrugados brillaron de felicidad: “Gracias, gracias, gracias”, me repitió una y otra vez y pude sentir ese otro par de ojos taladrando todo mi ser. Si una mirada pudiera matar, la de esa señora lo hubiera hecho.
“Chicos del espacio están jugando en mi jardín”, dice Cerati este precioso tema que comparto para acompañar lo que sigue:
Una de las capacidades más maravillosas que tenemos como seres humanos, es nuestra imaginación. Con ella, cada uno de nosotros tiene la posibilidad de transformar su entorno. Para un niño, un palo ya no es un palo, sino un caballo o una varita mágica. De igual manera para mí el tren no es un lugar aparatoso, ruidoso y cargado de rostros apagados, sino que se convierte en el paisaje de mi libro o en las imágenes que me evocan las canciones que voy escuchando. ¿Por qué elegiría que el tren sea solo un lugar para viajar, si puede ser un espacio para soñar e irme lejos de la escenografía desgastante?
Volví a mirar a la mujer y se me contrajo el corazón. Rezongaba por lo bajo y estaba tan amargada, tan enojada con todos y con la vida. Entonces la imaginé con una sonrisa, peinada y vestida con amor propio y la pude figurar bella. Todos pero todos podemos ser lindos si tan solo nos quisiéramos bien. ¿Cuál habrá sido el primer día en el que le dejó de importar? ¿Cuál habrá sido ese primer día en el que dejó de verle el sentido a elegir qué ponerse o a peinarse e incluso tal vez comprarse un accesorio que la hiciera sentirse especial? Ese primer día es crucial, porque a ese le sigue un segundo día, un tercer día y un cuarto hasta que de pronto pasan los meses y los años y ya no entendemos quién es la persona al otro lado del espejo. Y no se trata del maquillaje, el peinado o la ropa, no, se trata de las consecuencias graves de la dejadez: la pérdida del brillo en la mirada y la sonrisa en nuestro rostro. El abandono de aquello que verdaderamente nos vuelve únicos y absolutamente hermosos. Ese primer día, es el día en el que le dejamos vía libre al rencor hacia la humanidad y nos transformamos en un ser intolerante que odia ver que otro tiene una pasión tan simple como por ejemplo la de leer y embellecer así los minutos que pasamos en este mundo.
Fue ahí que me di cuenta de que a veces todos caemos un poco en eso de dejarnos estar. Yo tuve muchos años de primeros días, que se transformaron en segundos y terceros hasta desdibujarme. Ese primer día en el que dejé de escribir pensando “mañana lo retomo”, hasta que de pronto pasaron los años y sentí que ya era tarde, que me había bloqueado por completo, que había perdido tanto tiempo y que jamás podría volver a esa pasión. Pero me acuerdo de eso otro día en el cual mi amiga Vero me pidió que la fuera a escuchar cantar. “¿Cómo, cantás? No sabía”, le dije. Ella tenía por entonces 40, la conocía hace un par de años y no sabía que le gustaba cantar. “Pensé que era tarde”, me dijo, “Entonces lo sepulté. Pero sí canto y decidí que todavía estoy a tiempo de hacer lo que me haga feliz.” Y vaya que sí sabía cantar. Hermosa voz, y hermosa ella, que nunca había estado tan luminosa en toda su vida. Hoy tiene 48, un pequeño PH lleno de instrumentos y un repertorio cada vez más amplio que desde entonces nunca dejó de interpretar.
Entonces supe que no era tarde, pero que nada iba a suceder si no empezaba actuar. Pero no mañana, pasado o en marzo porque el sistema nos dice que empecemos un lunes o con el calendario escolar. Hoy. Exactamente hoy es el día para empezar a caminar hacia nuestros sueños. Pero para ir hacia ellos, hacia nuestros objetivos madre, creo que lo primero que tenemos que hacer es proponernos pequeñas metas. Objetivos reales diarios, que podamos llevar a cabo, porque si nos focalizamos sólo en nuestro gran sueño, este podrá parecernos demasiado grande e inalcanzable. No lo es, pero hay que ir un paso a la vez. Y el primero de esos pasos, creo que tiene que ver con el hecho de abrazar la vida.
Sí, hoy podemos lograr nuestro primer objetivo. En mi caso, hay uno muy pero muy simple que me propongo todas las mañanas: si puedo, me levanto con tiempo, me pongo música que me llene el alma y disfruto de mi café y mis tostadas con queso y tomate. También me miro al espejo, me arreglo y me visto con algo que me represente y me haga sentir linda. Vivo sola, y hoy domingo probablemente no me vaya a ver nadie hasta la noche, pero lo hago igual porque lo hago para mí. Porque cuidarme, mimarme, gustarme, me levanta el espíritu y me hace estar de mejor humor. Y un mejor humor me da energía para emprender y hacer lo que amo.
El bienestar reflejado en mi semblante es parte de lo que me convierte en la mujer que dice con una sonrisa “no te preocupes” cuando alguien me empuja sin querer en el tren y me aleja absolutamente de esa otra persona de mirada gris, que grita por la vida y que dejó olvidado en el camino lo que significa sonreírle a la vida.
Hoy más que nunca me repito “tu tiempo es hoy, Cari”. Tiempo de quererme, ser mejor humano, sonreír más y cumplir mis sueños. Porque si lo puedo soñar y también lo puedo lograr.
A ustedes, ¿les pasó eso de guardar bajo llave algún proyecto o sueño por creer que ya era muy tarde? ¿Se animaron a romper con ese pensamiento y empezar a actuar?
Beso,
Cari

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