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 • Opinión

Mi hijo empezó primer grado en un colegio público en España y esto sentí 

Karen Barg, Karonchi en redes, cuenta la experiencia de acompañar a su hijo Toto en el inicio de primer grado, en su nuevo colegio en España. Se reavivaron recuerdos de su propia infancia.


Karen despide a su hijo Toto en la puerta del cole: empezó primer grado.

Karen despide a su hijo Toto en la puerta del cole: empezó primer grado. - Créditos: Gentileza Karen Barg



Me acuerdo cuando empecé primer grado. Un cole nuevo, amigos nuevos, maestra nueva. 

Estaba muy entusiasmada y nerviosa, no quería cambiarme a ese colegio y quería seguir con mis amigos del Jardín, pero mis papás decidieron cambiar a mi hermano y, por logística, a mí también.  

Mi nuevo colegio era muy lindo, una casona antigua en el barrio de Núñez (en Buenos Aires, Argentina). 

Mi maestra se llamaba Chela y venía de Misiones. En los recreos a veces traía un coco y nos compartía un pedacito a cada uno.  

Mis compañeros venían todos juntos del Jardín, por ende, ya era un grupo armado y no me fue tan sencillo hacer amigos nuevos.  

Recuerdo que un día, en un dictado, me saqué “sobresaliente”… yo no sabía qué quería decir eso, me pareció que era algo malo, algo que se salía de lo “normal” y me puse a llorar, con una angustia tremenda. Yo no quería sobresalir, quería ser normal, quería ser una más, que me incluyan en su grupo, que me quieran. 

Esa sensación de no sentirme “normal” me atravesó no solo en la primaria, sino que también me pasó en el secundario.  

Bueno, pensándolo bien me acompaña hasta el día de hoy, pero por suerte ya no lo vivo con frustración ni como un fracaso.  

Cuando me enteré que estaba embaraza de un varón, con su papá tuvimos que tomar una decisión importante. Yo soy judía, para mí era algo importante hacerle el Brit Mila (circuncisión). Pero su papá no es judío, así que, si bien era una conversación que ya habíamos tenido, el momento de decidirlo no fue fácil. 

Me habían dicho que era mejor que tenga el mismo “modelo” que su papá, por un tema de identificación. 

Pero iba a ir a un colegio judío, entonces, el “modelo” de sus compañeros iba a ser distinto a él. 

Me angustié. ¿Cómo iba a hacer algo que hiciera sentir a mi hijo un distinto? ¿Cómo lo iba a condenar a sufrir, como yo sufrí no sentirme “normal”? 

La decisión estaba tomada: el pene de mi hijo iba a ser distinto al de su papá, pero igual al de sus amigos. 

Pasó el tiempo, nos fuimos a vivir a España. Toto, que acaba de empezar primer grado, va a un colegio público en donde seguramente es el único chico judío. Su pene es diferente al de su papá y al de sus amigos. 

¿Me arrepiento de mi decisión?  No, para mí era algo importante y, si bien la razón que me hizo decidirme ya no existe, siento que era lo que tenía que hacer. 

Mi deseo era que no se sintiera un “distinto”. ¿Por qué le tenía tanto miedo a esa sensación? Sufrir nos deja huellas, a mí me dejó una huella muy marcada el hecho de sentirme distinta. 

Les contaba que Toto empezó primer grado, por suerte, en el mismo colegio al que fue cuando llegamos de Argentina. Por eso tiene algunos de sus compañeros del Jardín en su mismo grado. 

Yo estaba nerviosa y emocionada. No sabíamos quién iba a ser su maestra, ni dónde quedaba su aula. Sólo sabíamos que había que dejarlos en la puerta y entraban solos.¿¡Solos!? ¿¡Cómo!? Si no sabe adónde tiene que ir, ni por quién preguntar. 

Intentamos que entrara solo, pero de verdad todos los que empezaban primaria estaban un poco en la misma. Así que los padres que estábamos en la puerta esperando decidimos entrar y acompañar a nuestros hijos hasta que ellos (y nosotros) entendiéramos el panorama. 

Karen Barg acompaña el proceso de su hijo Toto, que empieza primer grado en España.

Karen Barg acompaña el proceso de su hijo Toto, que empieza primer grado en España. - Créditos: Gentileza Karen Barg

Los dejamos a todos juntos en el patio y ahí nos pidieron amablemente que nos retiráramos. Nos fuimos tranquilos de que nuestros pollitos estaban bien. 

El segundo día lo llevó al cole su papá, por ende, no vi por dónde entraban ni adónde iban. 

El tercer día me tocó llevarlo a mí. Cuando lo despedí en la puerta, segura de que él ya sabía adónde tenía que ir, él se puso muy nervioso. Se confundió porque donde él creía que tenía que ir no veía a ninguno de sus amigos ni a su maestra. Entonces, decido entrar con él así preguntábamos bien y él (y yo) estábamos tranquilos. 

Cuando me ve la rectora me dijo que los padres no podíamos entrar al colegio. Le expliqué lo que pasó y no le gustó nada mi explicación. Le dio la mano a Toto y lo llevó a donde estaba su grupo. 

Me fui sintiéndome una primeriza total, una distinta que no entendía las reglas. La latina que no sabía cómo eran los colegios en España. 

Cruzando la calle vi una situación muy similar a la de Toto: una nena de primero que tampoco sabía adónde ir. Ay, que tranquilidad me dio sentirme “normal”. No solo a mi hijo le pasó. 

Sentirme normal me dio siempre una falsa sensación de tranquilidad. Ahora (y no desde hace mucho tiempo) entiendo que todos somos distintos: hay gente que se adapta más rápido a las situaciones y a otros que nos cuesta un poco más, que nuestros límites no siempre son rectos, muchas veces sobresalen.  

Si bien sentirme normal me tranquiliza, aprendí que ser sobresaliente, a veces, está muy bien. 

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