¿Por qué cuesta cada vez más conectar con los varones? La mirada de una especialista sobre vínculos y género

Lo que hoy más divide a los géneros son las formas de experimentar la frustración y proyectar el futuro.

Por Agustina Kupsch

4 de julio de 2026, 00:00

grupo de varones y mujeres conversan

¿Por qué cuesta cada vez más conectar con los varones? La mirada de una especialista sobre vínculos, género y frustración. - Getty

Conocés a alguien, te gusta, matchean. Se ríen de las mismas cosas, parece que hay algo. Pero en la cuarta o quinta salida, a través de un audio largo, te das cuenta de que está parado políticamente en las antípodas. No es millonario, no es dueño de una empresa. Alquila igual que vos, labura igual que vos y, sin embargo, defiende que a los multimillonarios no se les cobren más impuestos, porque el problema son los planes y el feminismo.

¿Cómo puede ser que siendo de la misma clase social, y habitando la misma ciudad, vivan en mundos paralelos?

La explicación más cómoda suele ser la económica: los varones están enojados porque no llegan a fin de mes, porque la casa propia es un chiste, porque el futuro que les vendieron no apareció nunca, y algo de eso hay, pero lo material no alcanza para explicarlo. Dos personas con el mismo sueldo y la misma precariedad deberían votar parecido, pero terminan en orillas opuestas. ¿Qué los separa? Lo que cada uno hace con el miedo y la visión del futuro.

Antes los mandatos repartían los lugares y te decían quién cuidaba, quién proveía, quién mandaba, y aunque ese reparto fuera injusto, al menos te decía dónde estabas parado. Hoy las mujeres todavía siguen siendo las que cuidan más, cobran menos y vuelven con miedo de noche. La diferencia es que ahora pueden decir en voz alta que eso es una estafa. Las chicas celebran que el mandato se discuta, y los chicos extrañan el tiempo en que los coronaba sin cuestionar esa autoridad. La misma grieta abre alivio de un lado y orfandad del otro.

Una orfandad que del lado masculino se vive como un duelo. Y como todo duelo, tiene etapas. Kübler-Ross las pensó para enfermos terminales, pero sirven muy bien para explicar lo que atraviesan las masculinidades hoy.

Primero está la negación: “las feministas nos odian”, “el patriarcado no existe”, “el wokismo está arruinando la familia”. Después vino la ira, la bronca contra las mujeres, contra la comunidad LGBTIQ+, contra cualquier grupo que cuestionara el lugar tradicional del hombre. Más tarde llegó la negociación, el “no todos los hombres”. Después la depresión, que es la orfandad en estado puro, el quedar pedaleando en el aire sin mapa. La última etapa, la aceptación, sería construir una hombría que no dependa del lugar perdido, pero a esa muy pocos llegan, y no es solo una cuestión de voluntad: para cerrar un duelo hace falta una ceremonia: alguien que te marque que cruzaste de un lado al otro, y eso es justamente lo que ya no existe.

Porque en casi todas las culturas tradicionales había ritos para fabricar varones. La hombría no llegaba sola, no venía con una marca biológica como la menstruación, había que producirla con ceremonia. Al chico se lo separaba del mundo de las mujeres y se volvía hombre entre hombres, esperado por una comunidad que lo recibía del otro lado. Eso desapareció, pero la necesidad del rito siguió intacta.

Entonces, lo que cambió es quién dirige la ceremonia. Hoy el rito se mudó al teléfono, a plataformas que descubrieron que lo que retiene no es la paz, es la indignación. Al pibe el algoritmo le sirve chabones que tiran factos sobre cómo el feminismo le arruinó la vida; a la piba, el catálogo infinito de por qué los varones decepcionan. La pantalla es la nueva casa de hombres, pero del otro lado no espera nadie, porque es un rito que no inicia en ningún lado. Ese que te gusta y no entendés se quedó sin ceremonia y agarró la primera que le ofrecieron gratis, a cualquier hora, en la palma de la mano. No se volvió así por maldad.

Elizabeth Duval lo escribió en su ensayo Melancolía: la izquierda viene perdiendo la batalla de los afectos. La política se juega en las emociones antes que en la razón, y mientras el progresismo se dedicó a tener argumentos, a explicar con datos y a corregir, la derecha se quedó con lo difícil de refutar junto a las pasiones, la nostalgia y el relato. A quien siente que perdió un lugar, la ultraderecha le ofrece una historia donde ese lugar todavía existe y donde otro tiene la culpa de habérselo sacado.

No es solo una intuición. En 2024, John Burn-Murdoch mostró en Financial Times cómo en los países más desarrollados las mujeres jóvenes se volcaban a la izquierda y los varones a la derecha. Los datos de Gallup en Estados Unidos confirman lo mismo: las mujeres de 18 a 30 años son hoy treinta puntos más progresistas que los varones de su edad, una brecha que se abrió en apenas seis años. Mientras, en Argentina, con una economía que fluctúa, la brecha es similar.

Lo más interesante del planteo de Duval es la salida que propone: dejar de regodearse en la catástrofe y disputarle a la derecha las palabras cálidas, la idea misma de que un futuro compartido puede enfrentar al miedo. Contra la melancolía: una política del deseo. Una felicidad que se construye en vez de una tristeza donde refugiarse, y eso no se hace en soledad. Uno se vuelve alguien en el roce, en lo que el otro le devuelve, mientras la época nos vende la fantasía contraria, que ser varón o mujer es un proyecto personal, una marca que cada uno diseña a su gusto. Nunca tuvimos tanta libertad declarada para construirnos y, sin embargo, nunca estuvimos tan solos haciéndolo.

Por eso hace falta volver a juntarse sin pantallas. A imaginar entre varios qué queremos que sean los vínculos en diez años. No para acordar en todo, esa es la gracia, sino para recordar que el futuro se decide de a muchos y no llega ya escrito desde una pantalla que nos quiere separados. Imaginar un futuro feliz, hoy, es el gesto más político que queda. Y se hace de a muchos, o no se hace.

Futuras: un espacio para pensar el futuro sin pantallas. La próxima edición es este domingo 5 de julio a las 19 en La Casa de Lolita, Humboldt 1784, CABA. Tratará sobre género, vínculos y deseo. Las entradas, acá: Passline.

Agustina Kupsch

Agustina Kupsch Antropóloga, estratega cultural, y cuestionadora serial. Fundó Panóptico Cultural y conduce el podcast norma(l)mente.