Esta semana escribí sobre el femicidio de Agostina Vega y lo que ese caso nos dice sobre las estructuras que siguen intactas después de once años de Ni Una Menos. Pero hubo algo más que me quedó dando vueltas, algo que no cabía en esa nota y que quiero compartir acá.
La sensación que esperaba y tardó en llegar
Durante mucho tiempo, cada vez que ocurría un femicidio o se acercaba el 3J, yo —y muchas de nosotras— teníamos una pregunta silenciosa: ¿qué están haciendo los varones que tenemos cerca? ¿Se están moviendo? ¿Se están incomodando?
La conversación pública sobre violencia de género funcionaba, mayormente, como una cadena que circulaba entre mujeres: nosotras la iniciábamos, nosotras la sosteníamos, nosotras marchábamos y nosotras llorábamos.
Eso no era casualidad. Era el reflejo de una agenda que, aunque universal en sus consecuencias, se había instalado culturalmente como "un tema de mujeres". Con todo lo que esa clasificación implica: que los hombres podían observar desde afuera, opinar poco y seguir con sus vidas sin encontrar un lugar en esa conversación.
Once años después del primer Ni Una Menos, algo se movió.
Lo que dijeron
Lucas Rodríguez, desde el programa Tribunero, invitó a sus compañeros a usar el caso de Agostina. Dijo: "Para pensarnos a nosotros y pensar en lo que tenemos alrededor y el lugar que ocupamos".
Eial Moldavsky se preguntó en voz alta por qué a los varones les cuesta tanto participar de estas conversaciones públicas y nombró algo que muchos percibimos, pero pocos dicen: "Los varones quedamos medio tiesos, no sabemos bien cómo participar".
Martín Garabal fue más lejos: "Un varón que habla no es todo lo que está bien. Puedo adherir a las ideas del feminismo y ese mismo día ser machista en un comentario o en un chiste".
Mario Pergolini reflexionó sobre los distintos tipos de violencia de género y sobre cómo los femicidios son "la punta del iceberg", y llamó a los varones a replantear sus conductas cotidianas.
No son declaraciones perfectas. Pero están ahí, y eso importa.
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Por qué esto no es un detalle menor
Desde Grow - Género y Trabajo llevamos años trabajando con organizaciones desde la convicción de que la agenda de igualdad no se sostiene si los hombres no forman parte activa de ella. No como espectadores solidarios, sino como personas que se revisan, que incomodan a sus pares, que sostienen conversaciones difíciles en sus ámbitos más cercanos —como dijo Garabal— antes de que esas conductas se conviertan en titulares.
La violencia de género no es un problema de mujeres que los hombres deben ayudar a resolver. Es un problema social que los hombres contribuyen a reproducir o a transformar, según las decisiones que toman cada día: en lo que dicen o callan, en cómo ejercen el poder que tienen y en los vínculos que construyen.
Estamos convencidas de que los programas de prevención de las violencias que incluyen trabajo específico con varones obtienen resultados sostenibles en el tiempo. No porque los hombres sean más importantes en esta ecuación, sino porque cambiar una cultura requiere que toda la sociedad se mueva.












