
Qué pasa cuando tu fe es puesta a prueba
La columna de Sebastián Wainraich
4 de noviembre de 2011 • 15:48
Créditos: Ohlalá

Le habrá pasado a la mayoría de las lectoras, y esta mañana me pasó a mí. Sonó el timbre de mi casa y, desde la calle, una voz de mujer me dijo que traía la palabra de Dios. Como todavía hay un niño en mí, suelo tomarme las cosas literalmente. Pensé: ¿cuál será la palabra de Dios? ¿Será una sola? ¿Será una clave para algo? ¿El que conozca esa palabra va ir al Paraíso? ¿Va a descubrir el sentido de la vida? ¿Le van a agrandar los combos de las hamburguesas gratis? Imaginé cuál sería la palabra de Dios: "Amor", "Paz" y bla bla bla fue lo primero que se me ocurrió. Pero después pensé que la palabra podría ser otra: "Ayuda", por ejemplo. O "Renuncio". O un grito desesperado: "Existo". Qué sé yo, una palabra sola, pobre Dios. ¡Y qué tajante!
Por supuesto, puse en duda su existencia. La voz de mujer me preguntó si yo era religioso. No tuve agallas para decirle "métase en su vida" o "ábrase una cuenta en Twitter". Contesté: "Religioso, lo que se dice religioso, no". Lo sé, confusa respuesta. Pésima respuesta. Lo peor que puede hacer uno es mostrarse dudoso ante alguien que está tan seguro. Los creyentes están seguros. Ellos ya saben todo, y lo que no, el Todopoderoso lo va a decidir. Pero no tienen dudas. Una vida sin incertidumbres. Qué envidia, ¡por Dios!
La voz de mujer me invitó a salir a la calle para charlar sobre Dios, las religiones y las biblias. Era temprano y yo tenía que contestar algunos mails. Junté fuerzas y le dije que le agradecía, pero que no podía, y me dijo que volvería a pasar en uno de estos días. Lo sentí como una amenaza, pero también como si tuviera un secreto para contarme. Y me deseó que Dios me bendiga. Y después, que Dios me guarde. ¿¿¿Eh??? ¿Dónde guarda Dios a la gente? ¿Para qué la guarda? ¿Tiene un spa que te mejora el peso, la piel, el ánimo? ¿O te guarda porque das vergüenza?
Me quedé un rato pensando en la voz de mujer. ¿Cuántos timbres tocará por día? ¿Cuántas veces dirá "Dios" por hora? ¿Cuántas biblias tendrá en la casa? ¿Tendrá revistero en el baño? Bueno, yo no tengo la palabra de Dios, pero tengo preguntas. Podría ir por las casas tocando el timbre y haciendo preguntas como Dady Brieva en la publicidad de la lavandina o Anita Martínez en la de los limpiainodoros. Tocar el timbre y decir: "¿Usted conoce el sentido de la vida?". "No." "Yo tampoco, quédese tranquilo, que tenga un buen día." Pero también me gustaría que me tocaran el timbre a mí. Un psicólogo, por ejemplo. "Buen día, ¿cómo anda de su complejo de inferioridad?", y saldría a la calle a conversarlo con él. Un patovica. Y no dejarlo pasar, para hacerlo sentir en carne propia lo que nos pasaba cuando un grandote como él nos rebotaba en un boliche.
Y un día, también, podría tocar el timbre Dios: "Buen día, me andaban llamando, ¿puede ser? Perdón si llego tarde, pero es imposible estar en todos lados".
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