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Un día en Tecnópolis

Una chica de OHLALÁ! visitó la megamuestra de Villa Martelli y te cuenta su experiencia. Por Carola Birgin




Por Carola Birgin
OHLALÁ!
Y eso que habíamos acatado cuidadosamente las recomendaciones...
"Los fines de semana no se puede entrar, los jueves hay más gente que los viernes", me adelantaron. Por eso el viernes, mi marido y yo nos tomamos el día para llevar a los chicos (nuestros hijos, Francisca y Gaspar, y nuestra sobrina, Lucía) a Tecnópolis .
"Mirá que es muy descampado y te morís de frío", me dijeron. Así que nos pusimos gorros, guantes, bufandas y suficiente abrigo.
"Para comer hay puestitos de hamburguesas, panchos... y tenés que hacer mucha cola, ¿eh?, igual que para ir a los baños, que son químicos", oí por ahí. Llevamos snacks, frutas, bebidas, sandwichitos ricos variados y alfajores. Fuimos todos desprovistos de necesidades urgentes y logramos una contención impecable.
"Ojo que se llena a la tarde", advirtieron los que ya habían visitado la muestra. Nosotros llegamos a la mañana, antes de que abriera el predio.
"Hay horas de espera para entrar a los stands que están buenos", sabíamos. Entonces, elaboramos un buen plan para empezar por los mejores, antes de que llegara la gran masa de público.
"El estacionamiento queda recontra lejos de la puerta", nos avisaron.
Dejamos el auto a una cuadra de la entrada, en las pintorescas callecitas de Villa Martelli, que tienen ese no qué... Once y media ya estábamos ahí. Tecnópolis empezaba a las doce. Para entonces, había unos 200 metros de cola (que se multiplicaron de inmediato) y esperamos -jugando a las cartas en el piso- a que, con total puntualidad, abriera sus puertas la megamuestra de tecnología, ciencia y arte que organizó Presidencia de la Nación como broche de oro de los festejos del Bicentenario.

Desde la entrada de Constituyentes, atravesamos casi al trote todos los "Continentes" en los que se divide el lugar: imaginación, arte, fuego, tierra, aire y agua. Diez minutos habremos tardado en llegar al stand más codiciado, el de los glaciares. Pero otros habían tardado menos: el chico de casaca flúo (distintivo de la organización) calculó que la espera que tendríamos para ingresar al espacio de Hielos Argentinos sería de...SEIS HORAS!!!!! Sí, se iba a hacer de noche y nosotros seguiríamos esperando para conocer los glaciares simulados porque se pasaba de a grupitos muy pequeños. "De ninguna manera. Nos vamos a la máquina de hacer volar."
Ahí la espera no era de más de una hora. Aunque, eso sí, la chica de casaca flúo nos explicó que esa cola era solo para la parte en la que te mostraban un video institucional de Aerolíneas Argentinas. Para el simulador había otra fila, de unas tres horas. Por lo bajo nos hizo una confidencia que, si fue cierta, nos salvó: "es como un jueguito electrónico nomás, ¿eh?, no está muy bueno".

Lo que siguió fue menos grave que el comienzo. Finalmente hicimos algunas colas de un tiempo considerable (hora, hora y pico) y logramos entrar a dos stands participativos (de los diez que habíamos elegido entre los más de noventa que ofrecía el programa): el simulador de reactor nuclear (era como visitar Atucha II, ¡hasta cascos nos pusieron!) y el simulador de la máquina de Dios (Experiencia Atlas, un cine que ves desde una plataforma que gira cómo fue el Big Bang). Estuvieron buenos. Nos divertimos y los chicos aprendieron algo. En el último nos regalaron un libro de editorial Eudeba muy didáctico, con la explicación traducida a "idioma niño".

Gente, más gente. Por todos lados. Y eso que espacio no faltaba: el predio tiene 50 hectáreas. Hace cinco meses, ahí no había nada más que un par de pabellones. La obra se hizo en tiempo récord y se necesitaron veinte mil camiones para sacar basura y relleno de suelo. Lo que quedó es imponente.
Hacía frío pero estaba lindo. Y había clima de fiesta. Se escuchaba buena música, al mango. Pura energía.
Quisimos ir a ver una de las funciones del espectáculo La Globa de Fuerza Bruta (que por ser masivo prometía un fácil ingreso), pero nos quedamos afuera y tuvimos que seguirlo desde atrás de una valla, en la barranca. Nos perdimos la adrenalina de la burbuja que te encierra, los papelitos que caen y los actores que te tocan, aunque apreciamos a la perfección la destreza de los acróbatas aéreos y nos dejamos entusiasmar por la percusión.
Tuvimos más suerte en cambio con aquellas propuestas que no tenían capacidad limitada. En una de las calles (la Bernardo Houssay), bailamos con la murga, también de Fuerza Bruta. En otra parte del recorrido, "tropezamos" con algo asombroso que se exhibía a la intemperie: la cápsula con la cual salvaron a los 33 mineros de Chile. Visitamos algunos stands de propagandas (públicas y privadas). Todos muy bonitos, pocos interesantes. Miramos cómo patinaban los skaters que se acercan a la pista, pasamos delante de los muñecos móviles de dinosaurios y fuimos al parque sonoro (o sea, juegos de plaza + parlantes). Hay dos grandes pabellones que son de libre circulación: Orgullo Nacional (datos y emblemas de nuestra industria) y Espacio Joven (juegos de ciencias y espectáculos, que no llegás a ver de cerca sin empujones pero sí por la pantalla gigante). De premio consuelo, antes de irnos, llegamos a arrimarnos a unos colectivos antiguos y vagones diversos: de tren, de subte y espiamos uno súper lujoso que fue de uso presidencial.

A las cinco de la tarde nuestras piernas no nos respondían más. Y ya no quedaba nada de nada sin colas kilométricas. Seguía llegando gente en procesión. Después supimos que había un 30% menos de visitantes que otras veces, que toda esa multitud ¡no era tanto!...
Sin dudas la experiencia fue increíble. Pasamos el día en un lugar alucinante, con propuestas interesantísimas (aparte de las muchas, muchísimas, propagandísticas) y con una calidad (incluso estética) indiscutida. Un lugar bien pensado, excepto en cuanto a la logística, en hacerlo transitable y abarcable.
Me quedé con la sensación de que, a pesar de que conocimos algunas cosas copadas, nos perdimos muchísimo. Y me dio pena. Más pena me dio cuando al quinto lugar al que era imposible acceder me quejé -inútilmente- ante otro señor de casaca flúo y me dijo: "y ¿qué querés? Si esto es gratis". Justamente, habría querido que los que fuimos -aún sin pagar- pudiéramos entrar a más que a dos lugares.
No digo que haya que implementar un fast-pass como hay en DisneyWorld, pero al menos buscarle la vuelta. A algún científico se le habrá de ocurrir alguna manera de resolver esta ecuación: miles de personas que quieren entrar a un stand que recibe doce visitantes cada quince minutos. Algo no cierra.
Ya que la idea es que todos podamos acceder a Tecnópolis, estaría bueno que los que vamos podamos acceder a algo más que una mínima porción de esta iniciativa.
Yo me fui con hambre de más, había propuestas increíbles y tenía ganas de entrar a más stands de los que pude. Tal vez sea un buen argumento para volver. Aunque ahora que empiezan de nuevo las clases, hacer el paseo en familia un día de la semana es bastante más complicado. Además, francamente, va a tener que pasar un tiempo para que me recupere de semejante experiencia como para animarme a reincidir. Y la muestra termina el 22 de agosto.
¿Fuiste a Tecnópolis? ¿Qué te pareció? Compartí tu experiencia.

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