
Cómo prepararse para la llegada de la piel seca en otoño
Después del verano, la piel necesita algo más que hidratación: diagnóstico, reparación y una rutina que contemple tanto el rostro como el cuerpo para anticiparse a la sequedad típica de la temporada.
19 de marzo de 2026 • 15:48

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Después de meses de sol, calor, pileta y mar, la piel no vuelve igual. Aunque hayas usado protector solar y mantenido ciertos cuidados, el verano deja huellas visibles —como manchas, textura irregular o tono apagado— y otras más silenciosas, como la deshidratación profunda o la alteración de la barrera cutánea. En este escenario, la llegada del otoño no es solo un cambio de estación: es una oportunidad clave para evaluar qué necesita realmente la piel y empezar a prepararla para una etapa donde la sequedad se intensifica.
En el universo del skincare, el foco suele estar puesto en el rostro. Sin embargo, la piel del cuerpo —que representa la mayor superficie cutánea— suele quedar relegada a un segundo plano. Este descuido no es menor: al tener menos glándulas sebáceas, produce menos lípidos naturales, lo que la vuelve más propensa a la resequedad, especialmente en zonas como codos, rodillas, manos y pies, donde la pérdida de agua es mayor.
A esto se suman factores cotidianos que agravan el cuadro: duchas con agua caliente, cambios bruscos de temperatura, el roce constante con la ropa o incluso el uso de productos inadecuados. Cuando la piel no recibe la hidratación suficiente, puede manifestar tirantez, picazón, descamación o mayor sensibilidad, señales claras de que su función de barrera está comprometida.
Reparar, hidratar y anticiparse

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Después del verano, es habitual notar una piel más vulnerable. A nivel biológico, la radiación ultravioleta genera estrés oxidativo, inflamación subclínica y degradación de colágeno y elastina. Además, debilita la barrera cutánea, favoreciendo la pérdida de agua. Por eso, antes de pensar en tratamientos intensivos o activos más potentes, el primer paso es recuperar el equilibrio.
En esta etapa, simplificar la rutina puede ser la mejor estrategia. Se recomienda optar por una limpieza suave, evitar exfoliaciones agresivas durante las primeras semanas y priorizar fórmulas que ayuden a restaurar la barrera cutánea. Ingredientes como ceramidas, ácido hialurónico, glicerina o niacinamida son aliados clave para devolver hidratación y mejorar la tolerancia de la piel.
El protector solar, incluso en días nublados, sigue siendo un paso indispensable para evitar que el daño acumulado se profundice.
La hidratación corporal también cumple un rol central en esta transición. Incorporar una crema adecuada —preferentemente justo después de la ducha, cuando la piel está más permeable— ayuda a sellar la humedad y prevenir la sequedad típica del otoño. En casos de piel más seca, las fórmulas intensivas pueden marcar una diferencia significativa en la textura, la elasticidad y el confort.
Una vez que la piel recupera su equilibrio, se pueden incorporar de forma progresiva activos como vitamina C, niacinamida o retinoides para tratar manchas, mejorar la textura y acompañar la renovación cutánea. También es una buena temporada para planificar tratamientos en consultorio, siempre respetando los tiempos de recuperación y evitando sobreestimular la piel cuando aún está sensible.
Preparar la piel para el otoño no se trata de hacer más, sino de hacerlo mejor: observar, reparar y recién después corregir. Porque una piel sana no es solo una cuestión estética, sino el resultado de un cuidado constante, consciente y adaptado a cada etapa del año.
Más allá del rostro: por qué la piel del cuerpo es clave
A diferencia de la piel facial, la del cuerpo tiene menos glándulas sebáceas, lo que significa que produce menos lípidos naturales para retener la hidratación. A esto se suman hábitos cotidianos como duchas con agua caliente, el roce de la ropa o los cambios bruscos de temperatura.
Las zonas más afectadas suelen ser codos, rodillas, manos y pies, donde la pérdida de agua es mayor. Cuando la hidratación no es suficiente, pueden aparecer tirantez, picazón, aspereza o incluso descamación. Por eso, pensar en una rutina integral —y no solo facial— es clave para atravesar el otoño con una piel equilibrada.

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