Durante años, las cocinas integradas fueron una de las grandes protagonistas de la decoración. La idea de unir cocina, living y comedor parecía ser la fórmula perfecta para lograr espacios más amplios y sociales. Pero camino a 2027 la tendencia empieza a tomar otro rumbo: vuelven los ambientes más definidos y con identidad propia.
En este sentido, las cocinas de Natalia Oreiro y Jimena Barón son dos buenos ejemplos de esta transformación. Aunque sus estilos son muy diferentes, ambas muestran que este ambiente pasó a convertirse en uno de los grandes protagonistas de la decoración.
Natalia Oreiro y el regreso de las cocinas cerradas
La cocina de Natalia Oreiro se convirtió en una inesperada protagonista después de que la actriz compartiera un video preparando un cheesecake junto a su hijo. Más allá de la receta, llamó la atención el ambiente: una cocina separada del resto de la casa, amplia, luminosa y con una marcada estética de campo inglés.

La propuesta combina madera clara, detalles de inspiración vintage, colores suaves y estanterías abiertas donde la vajilla también forma parte de la decoración. Los grandes ventanales aportan luminosidad y refuerzan esa sensación cálida que caracteriza a las casas de campo europeas.

Ahora bien, un detalle que va más allá de lo estético: la cocina está separada de los espacios sociales. Después de años de protagonismo de las plantas abiertas, esta decisión acompaña una tendencia que vuelve a valorar la intimidad y la posibilidad de que cada ambiente tenga su propia personalidad. La cocina cerrada también permite contener los olores y los ruidos, además de esconder el desorden cotidiano cuando llegan visitas. En lugar de integrar todo, la nueva mirada deco propone recuperar ambientes con carácter propio.

Jimena Barón: una cocina blanca, moderna y llena de luz
En el extremo opuesto aparece la cocina de la casa de Jimena Barón, que eligió una estética mucho más contemporánea. La actriz mostró durante la remodelación diferentes rincones de su hogar y, entre ellos, la cocina se convirtió en uno de los espacios que más llamó la atención.

El blanco es el gran protagonista. La elección genera una sensación de amplitud, luminosidad y orden, mientras que algunos detalles negros funcionan como contraste y le aportan personalidad al ambiente. Los marcos de las ventanas y la grifería son algunos de los elementos que rompen con la monocromía.
Uno de los recursos centrales es la isla de cocina, ubicada en el centro del ambiente. Además de utilizarse como superficie de trabajo, funciona como un lugar para desayunar o compartir una comida gracias a las banquetas altas que la acompañan. El detalle que termina de transformar el espacio es la claraboya o tragaluz instalada en el techo. La abertura permite aprovechar la luz natural durante el día y suma un recurso arquitectónico que hace que la cocina se sienta todavía más abierta y luminosa.
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