
Las generaciones impares, de Pedro López Godoy: cuentos donde lo cotidiano se vuelve inquietante
Las generaciones impares, el libro de cuentos de Pedro López Godoy, explora los vínculos humanos y la sensación de extrañeza, en diálogo con algunas de las preguntas más inquietantes del presente. Una entrevista con OHLALÁ! para conocer la mirada de este joven y premiado autor.
14 de mayo de 2026 • 16:38

as generaciones impares, de Pedro López Godoy: cuentos donde lo cotidiano se vuelve inquietante - Créditos: Gentileza de Sofía Villanueva
En Las generaciones impares, su primer libro de cuentos, Pedro López Godoy construye relatos donde lo cotidiano se va desplazando lentamente hacia lo extraño. Entre climas inquietantes, silencios cargados y personajes atravesados por una sensación de desajuste con el mundo, el autor explora vínculos familiares, memoria y tecnología desde una mirada íntima y perturbadora. Publicado por Atlántica (el título inaugural de la editorial), el libro reúne historias que dialogan tanto con la tradición fantástica argentina como con preocupaciones profundamente contemporáneas.
El cuento que da nombre al libro parece escrito para este presente atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y el temor a que lo humano se vuelva indistinguible de las máquinas. Sin embargo, López Godoy lo escribió mucho antes del boom actual de la IA.
En esta entrevista con OHLALÁ!, el autor habla sobre las preguntas que atraviesan el relato —la aceleración tecnológica, la pérdida de memoria colectiva, las tensiones entre generaciones y la sensación de estar fuera de época— y reflexiona sobre cómo la literatura puede seguir funcionando como un espacio de resistencia, contemplación y extrañamiento.

Las generaciones impares, de Pedro López Godoy (Atlántida) - Créditos: Prensa
-En tus cuentos hay algo que empieza siempre desde una situación cotidiana, incluso mínima, pero que lentamente se vuelve inquietante. ¿Cómo trabajás ese corrimiento hacia la rareza sin romper del todo con lo real?
-Si uno observa a su alrededor, incluso una situación más real o realista puede resultar extraña o llamativa. Creo que ahí hay un puente entre lo cotidiano y lo extraño, o entre lo realista y lo fantástico. Si uno se para en ese registro, si uno se para con esa actitud, después la transición es algo más bien natural porque la sensación de extrañeza es la misma. Extrañeza en el sentido de ver las cosas como por primera vez. En términos más generales, me parece que lo busca siempre la literatura es desautomatizar la mirada o la experiencia, y el registro fantástico o el enrarecimiento es una manera de hacerlo.
-“El duermebebés” tiene una tensión muy particular: parece que no pasa nada extraordinario y, sin embargo, el lector queda atrapado en una sensación cada vez más perturbadora. ¿Cómo construiste ese clima? ¿Tenías referencias literarias o audiovisuales en mente?
-Yo creo que, como “fórmula” general, la que más me gusta, o la que mejor me resulta, es el silencio, lo no dicho, el espacio vacío, la sustracción, que es algo que creo que vale no solo para lo “perturbador”, sino para la narración en general. Además, El duermebebés transcurre en el desierto patagónico, o sea, un lugar “lleno de vacío”, pero de un vacío dramático, por decirlo de algún modo. Y es eso lo que me gusta encontrar o construir: silencios densos, dramáticos, cargados. En general es lo que me gusta ver o leer. Es la potencia de un cuento como Colinas como elefantes blancos, de Hemingway, en la que una pareja habla de un tema muy fuerte, muy denso, pero sin nombrarlo ni una sola vez. O una película como Perdidos en Tokio, por mencionar una que volví a ver hace poco, donde “no pasa nada” pero pasa de todo porque está llena de miradas miradas, gestos, conversaciones banales que contienen mucho más de lo que aparentan, que circulan en torno a lo denso, a lo importante. Y eso es algo que si lo nombrás pierde toda potencia, se esfuma. Si en algún momento los personajes de Hemingway tocaran el tema directamente o el tipo de la película le dijera a la chica “te amo” o lo que fuere, la historia se convertiría en algo super estandarizado y sin aire, sin espacio para que el lector o la audiencia se cuele, ponga lo suyo, conecte. En una imposición.
-Como lectora encuentro, por ejemplo, en “El duermebebés”, un eco de ciertos relatos de Samanta Schweblin, donde lo extraño aparece infiltrado en la vida doméstica. ¿Sentís afinidad con esa tradición del extrañamiento?
Sin duda, Schewblin me encanta, ese registro onírico, los giros inesperados, casi caprichosos, y el “terror” sin monstruos al que llega sobre todo en Siete casas vacías. Creo que ese tipo de lecturas reactivaron en mí el gusto por el fantástico de Borges o Cortázar, y me mostraron cómo conectarlo con otras lecturas no fantásticas, que también me influenciaron mucho (Carver, Hemingway, Lucia Berlin, Alice Munro).
-En varios cuentos aparece la idea de que lo familiar puede esconder algo oscuro o incomprensible. ¿Te interesa especialmente trabajar sobre aquello que permanece latente dentro de los vínculos cotidianos?
-Sí, mucho. No es que piense que lo familiar esconda algo monstruoso u oscuro necesariamente, pero sí pienso que, a fin de cuentas, la gente que más extraña o misteriosa nos parece, o que más nos interesa entender, es la que tenemos más cerca. “De cerca somos todos raros”, sería la traducción coloquial de esta idea. Y claro, si no hay cercanía o familiaridad tampoco hay efecto sobre uno, no hay nada en juego y por lo tanto nada interesante que contar.
-El cuento “Las generaciones impares”, que le da nombre al libro, dialoga inevitablemente con discusiones muy actuales sobre inteligencia artificial, identidad y automatización. ¿Cómo surgió esa historia y qué preguntas querías abrir?
-Yo también me he percatado de eso, casi que como un lector más, porque es un cuento que escribí hace varios años, mucho antes del boom actual de la IA, pero pareciera actual por esa preocupación creciente por la mimetización y eventual reemplazo de lo humano.
El protagonista es un hombre de mi generación, que creció viendo películas estilo Blade Runner, esas distopías que parecían tan lejanas pero de pronto está en un presente que no es exactamente como esas películas —porque el futuro siempre nos sorprende, para bien o para mal, o para bien y para mal— pero tiene cosas de esas películas, pero también tiene algo de su crisis personal, de su subjetividad, de sentirse desencajado, fuera de época.
Creo que la preocupación por el avance tecnológico es algo que existe hace siglos, como mínimo desde los luditas de la revolución industrial, si bien lo que vivimos hoy quizás tenga otra intensidad y otra velocidad. Creo que el cuento habla un poco de eso, del miedo de quedarse sin pasado o sin memoria de golpe (individual y social, en el sentido de una experiencia compartida), a partir de una aceleración que nos empiece a resultar intolerable, imposible de procesar.
El cuento también habla de las generaciones, como su nombre lo indica, de la incomprensión entre una y otra pero también de ciertas conexiones que pueden existir entre generaciones no continuas, por ejemplo, un abuelo y su nieta, ambos fuera del mercado laboral, fuera de los apremios de la joven adultez o mediana edad. Ese es otro tema del que se está hablando mucho, las generaciones. La X, los millennials, los centennials, casi que hay un fetiche con eso, con compararlas, juzgarlas, etc., cada uno con su propia experiencia vital que pareciera irreconciliable con las otras, en parte, quizás, por aquella aceleración tecnológica.
-En ese cuento aparece el temor a no poder distinguir entre humanos y máquinas, algo muy presente hoy con la IA. ¿Te interesa pensar la tecnología desde un lugar más filosófico o más emocional?
-Yo creo que la tecnología es algo que pienso primordialmente desde un lugar filosófico, guiado por la razón, digamos, y los efectos de esa tecnología sobre las relaciones humanas, algo que pienso desde lo emocional: el aislamiento, la incomunicación, el sentido de desorientación, etc. Y también desde lo literario, porque yo creo que se podría pensar al arte como una reacción a la tecnología, un comentario —más o menos directo según el caso— sobre la tecnología, que, al fin y al cabo, y en tándem con la cultura, es nuestro nuevo “medio natural”.
-También aparece el riesgo de cierta anestesia: cerebros apagados, identidades diluidas, personas cada vez más delegadas en sistemas automáticos. ¿Sentís que la literatura puede funcionar como una forma de resistencia frente a eso?
-Seguro que sí. Creo que el arte es cada vez más necesario, no menos, aunque mucha gente no lo sepa o no tenga el tiempo, lo cual puede suceder perfectamente. Es como hidratarse bien: mucha gente no sabe que se sentiría mejor si tomara más agua y menos gaseosas, pero eso no quita que haga bien. La literatura es un remanso, algo que demanda atención sostenida, tranquilidad, conexión. Eso hace más difícil su ejercicio pero también más necesario. La contemplación, la valoración de la belleza, que es algo que no tiene una utilidad obvia o evidente. Una pérdida de tiempo en el mejor sentido. Yo creo que es fundamental que volvamos a aprender a perder el tiempo. Yo, al menos.
-Viviste en lugares muy distintos —Entre Ríos, La Pampa, Neuquén, Corrientes, Buenos Aires, Londres y Bogotá—. ¿Sentís que esos desplazamientos fueron moldeando tu manera de mirar y de escribir?
-Todos esos cambios, esas mudanzas, algunas de chico, otras de grande, me familiarizaron con la extrañeza, con llegar a lugares nuevos. Con los años le fui agarrando el gusto, al punto de que incluso disfruto de llegar a un lugar nuevo y no saber dónde queda el norte y dónde el sur, o qué hay más allá de esa calle. Es algo que me fascina, y que, una vez que se va, que se diluye, lo extraño un poco. Si bien sé que no se puede vivir en ese estado de manera permanente porque sería muy desgastante. Pero en todo caso me gusta el proceso mediante el cual un lugar nuevo se convierte en un lugar familiar, y entonces uno mira hacia atrás y dice, ah, mirá, era todo muy diferente a la primera impresión que tuve, y de algún modo yo también soy diferente a ese que recién llegaba. Me gusta ver ese recorrido y me gusta ver las cosas por primera vez y tratar de preservar ese registro, esa sensación, esa manera de ver, y volcarla a lo escribo.
-El jurado que premió tus primeros cuentos destacó la variedad de registros y mundos que aparecían en tu escritura. ¿Te interesa cambiar de tono y de género en cada relato o buscás una unidad secreta entre todos?
-Busqué que el hilo fuera una cierta unidad de tono, de estilo, pero al mismo tiempo busqué una cierta dosis de variación en el género, básicamente en el componente fantástico de cada cuento, yendo desde el fantástico más marcado, incluso un poco sci fi como en el caso del cuento que da nombre al libro, a un realismo apenas enrarecido.
Yo siempre admiré mucho la versatilidad de los Beatles, discos como Revolver o el álbum blanco que tienen canciones muy disímiles entre sí. No sé si habré llegado a tanto, pero me gusta la idea. Tampoco la llevaría demasiado lejos porque me parece que las obras tienen que mantener algún tipo de hilo conductor, aunque más no sea una atmósfera general, cosa de que el lector se pueda sentir dentro de un lugar, de una sensibilidad particular, pero de un lugar diverso. Supongo que lo ideal, o al menos mi ideal, sería un equilibro o combinación: diversidad en la unidad, o unidad en lo diverso.
-Este libro además inaugura el catálogo de Atlántica, nacido desde una librería-cafetería de Caballito. ¿Qué significó para vos formar parte de esa primera apuesta editorial?
-Es algo muy especial, sin duda, es un pequeño gran honor. Es como un hermanamiento porque libro y editorial nacieron juntos. También una relación padre/madre-hijo en la que este libro sería el primogénito, y sé por experiencia propia que ser el primogénito conlleva ciertas cargas, pero también tiene sus ventajas.
-¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que integran Las generaciones impares?
-Fue un proceso largo que inicié solo, subiendo y bajando cuentos según los que más me gustaban, como un director técnico probando jugadores, y lo terminé con la editorial, que por suerte tenía la misma mirada que yo. El criterio básico era la calidad, pero después, cuando ya lo había terminado y ya estaba en manos de la editorial, me di cuenta de que había un hilo conductor temático del que no me había percatado, y es esta obsesión con las relaciones humanas: padres, madres, hijos, hijas, hermanos, parejas, y todas las dinámicas que pueden generarse en ese tipo de vínculos. Y entonces pienso que al final lo fantástico no es un fin en sí mismo, sino como una forma de abordar eso otro, de llegar a historias pequeñas, personales, filiales, tratando de colocar bajo una luz inusual temas como la identidad, las relaciones humanas, la memoria, la noción de futuro.
-¿Sentís que el libro terminó armando un mapa de tus obsesiones como escritor?
-Siento que con el libro me saqué de encima o sublimé una serie de obsesiones como persona, más que como escritor, de las que no era plenamente consciente ni tampoco las elegí. Al menos en mi caso, yo no puedo decidir sobre qué voy a escribir, es como si algo o alguien decidiera por mí. Y esto no lo digo para hacerme el místico, sino porque realmente es así. Ya lo aprendí y lo acepté, no intento forzarlo.
Ahora que salieron estos cuentos, que están ahí afuera, que ya no puedo corregirlos más, siento que quizás sí pueda atender “obsesiones de escritor”, cuestiones de forma y género, de construcción de voz desde un lugar más planeado o consciente, como un científico en un laboratorio. Hasta ahora han sido obsesiones más bien humanas, personales, digamos.
-¿Qué autores o autoras te acompañaron mientras escribías este libro? ¿Hay lecturas que sientas cercanas al universo de Las generaciones impares?
-Fueron las lecturas que hice en los años de escritura —los últimos cuatro o cinco años—, las cuales, sin mucho plan, indefectiblemente se cuelan en el proceso: Hemingway, Carver, Fogwill, Cortázar, Cheever, Salinger, Schweblin, Alice Munro, Lucia Berlin, Claire Keegan, Horacio Quiroga, Bioy Casares, Joyce Carol Oates, Tomás Downey. Y muchas otras que me estaré olvidando.
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