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Halmoni, la revolución de las abuelas coreanas: una de las historias más silenciadas del siglo XX, en un libro

Halmoni: la revolución de las abuelas coreanas, de Pilar Álvarez, recupera la historia real de las mujeres de consuelo y la transforma en un relato de memoria, resistencia y justicia.


Halmoni, la revolución de las abuelas coreanas: una de las historias más silenciadas del siglo XX

Halmoni, la revolución de las abuelas coreanas: una de las historias más silenciadas del siglo XX, en un libro escrito por Pilar Álvarez. - Créditos: Gentileza Pilar Álvarez



Durante más de veinte años, María del Pilar Álvarez investigó una de las historias más silenciadas del siglo XX: la de las “mujeres de consuelo”, víctimas de esclavitud sexual durante la ocupación japonesa en Corea y otros países del Este de Asia. Fruto de ese extenso recorrido académico y humano, Halmoni: la revolución de las abuelas coreanas (Debate) reúne investigación histórica, trabajo de campo y testimonios directos de las sobrevivientes, para reconstruir no solo el horror vivido, sino también la potencia política y simbólica de su lucha por memoria, verdad y justicia.

En esta conversación con OHLALÁ!, Pilar cuenta por qué se interesó en este tema, sus años de investigación en Corea del Sur y otros países de la región, y el impacto personal que tuvo escuchar de primera mano los relatos de las víctimas. A lo largo del diálogo, reflexiona sobre el peso de la cultura patriarcal en el silenciamiento de estas mujeres, los cambios sociales ocurridos desde los años noventa hasta hoy y el rol clave del movimiento feminista coreano en la transformación de las halmoni en un símbolo de resistencia colectiva.

El libro, que dialoga con debates actuales sobre violencia de género, derechos humanos y memoria histórica, propone además una mirada que trasciende fronteras nacionales. Álvarez subraya por qué, a ochenta años del final de la guerra, este reclamo sigue vigente y qué podemos aprender de estas mujeres sobre dignidad, sororidad y el coraje de hablar cuando el mundo no quiere escuchar.

Pilar en el Stand de Corea, con una escultura que representa a las abuelas revolucionarias que investigó.

Pilar en el stand de Corea en la última Feria del Libro en Buenos Aires, con una escultura que representa a las abuelas revolucionarias que investigó. - Créditos: Gentileza Pilar Álvarez

¿Qué fue lo primero que te llevó a interesarte por la historia de las “mujeres de consuelo”?

Viajé a Corea del Sur por primera vez en agosto de 2004 gracias a una beca que obtuve del gobierno coreano para estudiar el idioma y luego realizar una maestría. Hasta ese momento nunca había escuchado sobre el tema, a pesar de que había leído en libros de historia sobre algunas atrocidades cometidas por Japón durante la colonización de la península.

Cuando empecé a estudiar la maestría en la Universidad Yonsei, fuimos con otros estudiantes a un museo de las “mujeres de consuelo” ubicado en las afueras de la capital; en ese momento era el único museo sobre el tema en el mundo. Luego de la visita, dos víctimas coreanas que vivían en una casa de cuidados junto al museo dieron testimonio de lo ocurrido ante los visitantes. Para mí fue impactante. En ese momento ignoraba tanto sobre la violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres que no sabía si estaba bien o mal contar el horror vivido cada vez que un grupo visitaba el lugar.

Volví pensando que quería investigar la violencia contra las mujeres en esa época, pero sentía que aún no tenía el conocimiento suficiente para poder adentrarme en ese mundo. Sobre todo, tenía que leer más sobre la historia de las mujeres en Corea, porque la Corea en la que habían nacido y sufrido esas víctimas era muy distinta de la que yo conocía, la de estudiantes y profesores. Ellas habían nacido antes de 1945, en zonas rurales, en una cultura que marginaba a las mujeres; además, habían tenido una vida muy dura y muy vulnerable.

En esos años de estudio y de acercamiento lento al tema, me di cuenta de que en Corea del Sur la voz de las víctimas y de las activistas generaba tanto admiración como rechazo. Incluso algunos profesores muy prestigiosos me decían: “son demasiado antijaponesas”, como una forma de insulto y minimizando sus acciones. Este aspecto me motivó aún más y me convenció de estudiar el movimiento social, entrevistar a las “mujeres de consuelo”, conocer a los activistas, etc. ¿Cómo minimizar lo que cuentan si hasta tienen marcas en sus cuerpos de las torturas a las que fueron sometidas después de violaciones masivas?

Conversación en un colegio sobre las abuelas revolucionarias.

La protesta de todos los miércoles en Seúl, Corea del Sur, desde 1992, frente a la Embajada de Japón, en favor de las halmoni. La mayoría de quienes asisten son jóvenes.  - Créditos: Gentileza Pilar Álvarez

¿En qué momento sentiste que este tema tenía que convertirse en un libro?

Siempre escribí artículos y textos para un público académico, como suele ocurrir en ese ámbito. Especialmente desde que ingresé al CONICET como investigadora y empecé a dictar materias sobre historia y política del Este de Asia en distintas universidades, me concentré en el mundo académico. No pensaba que a una editorial comercial le pudiera interesar el tema. Estaba equivocadísima.

La verdad es que quien me motivó a escribir el libro e hizo de puente con la editorial fue Dante Choi, director de la Asociación Coreana de Buenos Aires y dueño de la empresa PEABODY. Él es una persona muy interesada en la historia de su país y muy comprometida con proyectos que nos unan social y culturalmente. A diferencia de mí, él estaba seguro de que podía interesar a públicos más amplios. Y tenía razón, porque Roberto Montes, de Debate (sello de Penguin Random House), aceptó mi propuesta.

Estoy muy agradecida a ambos, porque escribir el libro pensando en un público amplio, que quizás no conoce mucho sobre Corea ni sobre el caso, fue un desafío maravilloso. Me llevó a reflexionar la historia desde otro lugar y también me sirvió para darme cuenta de que ya hacía veinte años que trabajaba el tema. En dos décadas hubo muchos cambios; de hecho, todas las víctimas que había entrevistado ya fallecieron. Cuando terminé de revisar el libro, en mayo de 2025, en Corea había solo seis víctimas con vida. Sentí que la publicación fue parte de su legado.

 

¿Por qué elegiste el nombre “Halmoni” y qué simboliza para vos?

En Corea, a las víctimas se las conoce como “abuela” (halmoni) o “abuelas”. Cuando ellas se animaron a hablar ya eran abuelas. Hablaron por primera vez a comienzos de los años noventa y habían nacido antes de 1945.

Pero lo que más me gusta de la palabra halmoni es que implica cariño y respeto. Al comienzo, cuando contaron sus historias y cuando iban a las primeras protestas, no las llamaban abuelas; muchos aún dudaban de sus testimonios. Como eran mujeres de origen campesino y pobre, la triste realidad es que algunos —sobre todo en Japón— pensaban que habían sido prostitutas. Es difícil creer que alguien, después de escuchar el nivel de aberraciones cometidas, dude. Pero dudaban porque las sociedades involucradas todavía eran bastante conservadoras.

Entonces, halmoni, ser las abuelas de todos, es un parentesco que ellas se ganaron. Y esa conquista feminista es muy valiosa. En los últimos años, a las protestas que se realizan en Seúl van fundamentalmente jóvenes, estudiantes de secundaria, con carteles enormes de amor a las halmoni; ellas también son sus abuelas.

Pilar, con una de las mujeres coreanas que entrevistó.

Pilar, con una de las mujeres coreanas que entrevistó. - Créditos: Gentileza Pilar Álvarez

Respecto de la investigación y el trabajo de campo: viviste seis años en Corea del Sur e hiciste investigación en varios países. ¿Qué te marcó más de ese recorrido?

Todo. Comprender a un “otro” cultural es un desafío. Una tiene que estar dispuesta a abrir su mirada del mundo, a pensar desde otro lugar, desde otras normas culturales y sociales. En mi caso, ese proceso me fue generando más apertura, más tolerancia y más respeto por las diferencias.

Algo vinculado a este tema que me marcó desde el inicio fue que, cuando llegué, en mis primeros años de estudiante, la sociedad coreana me parecía muy machista. Imaginate: todos los cargos en la universidad, todos, eran ocupados por hombres. A profesoras con currículums brillantes, en las conferencias, las hacían servir agua a los grandes profesores varones. En la calle he visto escenas de violencia de género y nadie intervenía. Una vez pregunté si debíamos llamar a la policía y me dijeron: “es la esposa”. Eso cambió.

Sigue siendo más conservadora que Buenos Aires, pero hoy hay mujeres en cargos altos; he visto frenar escenas de violencia; he visto a la policía intervenir si un hombre intenta golpear a una mujer; hay muchas campañas contra la violencia impulsadas por distintos gobiernos; existe un Ministerio de la Mujer y la Familia. Todos esos cambios que pude presenciar también han sido claves para entender el alcance y el poder de las víctimas de la esclavitud sexual.

¿Cómo fue entrevistar por primera vez a una sobreviviente?

Tuve la oportunidad de conversar con Kim Bok-dong, una víctima y activista muy conocida. Antes de ir a entrevistarla, tenía cierto temor de no saber cómo llevar la conversación hacia su pasado. Ella estaba bastante acostumbrada a notas en los medios, donde siempre repetía los mismos fragmentos de su vida. Sin embargo, tenía una vitalidad increíble.

Todo lo que había sufrido, no solo en la estación de esclavización sexual, sino también después, cuando la sociedad la marginaba, cuando el trauma no le permitía vivir bien. Además, la Corea posterior a 1945 no fue sencilla: el país fue dividido, era extremadamente pobre, entre 1950 y 1953 vivió la guerra de Corea y luego continuó la pobreza. Fue un siglo XX muy difícil y ella, como otras víctimas, había quedado en una situación de extrema vulnerabilidad.

Pero mientras me hablaba y me tocaba la mano, me transmitía fuerza. Su testimonio, a pesar de todo, estaba lleno de vida, y esa vida se la había dado la acción política. No podía sentirme triste a su lado: sentía un profundo deseo de unirme a su lucha. A mi manera, creo que lo hice.

Presentación del libro de Pilar, en Buenos Aires.

Presentación del libro de Pilar, en Buenos Aires. - Créditos: Gentileza Pilar Álvarez

¿Qué fue lo más difícil de investigar y escribir?

Me cuesta encontrar algo que realmente pueda decir que fue difícil, porque me apasiona lo que hago y tengo la suerte de poder dedicarme a lo que me gusta, un privilegio que valoro mucho. Quizás lo más difícil sea el tiempo. No me pasa solo a mí; también ocurre en otras profesiones, como el periodismo. Entre tantas obligaciones, el tiempo es lo más complejo, porque investigar seriamente y escribir textos documentados lleva mucho tiempo. Requiere perseverancia y organización. Vivimos en un mundo que quiere todo rápido y corto, con poco contenido, y el trabajo que hago es lo opuesto: muchos años de lecturas y trabajo de campo.

También está la dificultad de los financiamientos. Siempre he tenido becas de Corea y distintas becas o ayudas económicas para mis investigaciones en China continental, Taiwán y Japón. Todo eso implica bastante esfuerzo.

¿Por qué creés que estas historias tardaron tanto en salir a la luz? ¿Qué rol jugó la cultura patriarcal en el silenciamiento de las víctimas?

Resumir procesos tan complejos nunca es sencillo. Siendo breve, diría que el factor clave y determinante fue la cultura patriarcal confuciana tradicional de la sociedad coreana y de otras sociedades involucradas. En ningún testimonio —en ninguno— hay una víctima que haya declarado que quiso contar públicamente lo ocurrido al finalizar la guerra. Era impensable. Si lo hacían, no iban a conseguir ni siquiera un trabajo de limpieza o de vendedoras en un mercado.

Relacionado con el mundo de los derechos de las mujeres, también influyeron los cambios en los derechos humanos a nivel internacional. En los Juicios de Tokio, por ejemplo, no se habló de la esclavitud sexual, aunque sí se mencionaron las violaciones masivas producidas por la Armada Imperial en Nanjing durante la masacre de 1937. En esa época no existían categorías jurídicas para tratar de manera específica la violencia contra los cuerpos de las mujeres; era considerada un crimen de guerra más.

Otro aspecto importante es el escenario en Corea y en el Este de Asia. La guerra termina en agosto de 1945, Corea es dividida, ambas Coreas quedan ocupadas durante tres años, Japón es ocupado, China seguía en guerra civil y muchas víctimas coreanas estaban allí porque habían sido trasladadas. A todo eso se sumaba la extrema pobreza. Hubo que esperar muchas décadas para tener la Corea del Sur actual. En ese contexto, las víctimas silenciaron el horror vivido y trataron de sobrevivir como pudieron: con trabajos informales, con dolores en sus cuerpos, con traumas psicológicos, con presiones sociales para casarse y tener hijos, con hombres que a veces se aprovechaban de su condición y las golpeaban. Algunas encontraron cierto bienestar, pero todas relatan vidas muy duras.

 

¿Cómo cambió la percepción social de estas mujeres desde los años noventa hasta hoy?

Cambió mucho. Una activista una vez me dijo una frase maravillosa. Me contó que, en una protesta a comienzos de los noventa, pasó un señor coreano y, al ver los carteles, le bajó la mano y le dijo: “de eso no se puede hablar en la calle”. Era un tema del mundo privado. Y ella me dijo: “mirá ahora la protesta, llena de jóvenes orgullosos de la lucha de las abuelas”. Creo que es un gran resumen de los cambios ocurridos.

En el libro hablás de las halmoni como símbolo de resistencia. ¿En qué sentido lo son?

Para mí, en ellas confluyen muchos aspectos que la sociedad a veces quiere negar. Son mujeres de origen humilde, en su mayoría campesinas, con muy poca educación o ninguna, que sobrevivieron en la marginalidad y la vulnerabilidad; que fueron entregadas, vendidas o raptadas en la calle siendo niñas para esclavizarlas sexualmente. Luego, al terminar la guerra, las dejaron allí mismo, tiradas en los centros de esclavización sexual. Las torturaron, las golpearon; hubo embarazos, abortos y esterilizaciones forzadas.

Habían sido educadas para ser “buenas hijas, buenas madres y buenas esposas” y se sentían parias. Y aun así, cargando con un pasado doloroso, con cuerpos lastimados y con el dolor de una sociedad que las marginó, resistieron. Resistieron tanto que esa vitalidad es lo que las convirtió en esas abuelas tan admiradas por algunos y tan temidas por otros.

¿Qué relación ves entre el movimiento feminista coreano y la lucha por memoria y justicia?

El movimiento feminista coreano abarca hoy muchas organizaciones distintas. Está muy vinculado a los movimientos por los derechos de las mujeres que surgieron con la transición a la democracia en Corea en los años ochenta. Había una agenda enorme de temas a discutir: era una sociedad con leyes conservadoras y con pocos derechos para las mujeres.

Por su edad y generación, las halmoni pertenecen a esas olas de movimientos de mujeres que lucharon por derechos que hoy nos parecen básicos, pero que en ese momento no se respetaban. Hay un gran trabajo en Corea para seguir luchando por la memoria y la justicia porque, lamentablemente, la violencia contra las mujeres en conflictos armados o en contextos de represión política sigue ocurriendo. Por eso, las organizaciones de las “mujeres de consuelo” coreanas han apoyado causas en África, se han unido a los reclamos de mujeres vietnamitas que denunciaron abusos de soldados coreanos durante la guerra, entre otros temas.

 

¿Qué aprendiste de estas mujeres sobre dignidad y sororidad?

La dignidad es uno de los temas que más me movilizó. En una sociedad donde cuentan mucho la apariencia y la competencia, ellas, que durante casi cuarenta años se sintieron “indignas”, nos muestran cómo la dignidad de ser mujeres y la dignidad de la vida se conquistan. No se nace digno: se nace con la posibilidad de serlo. La dignidad se educa, se construye, se conquista, se ejerce y se defiende.

La sororidad fue un aspecto que al inicio me llamó mucho la atención. En China, Corea, Japón, Filipinas, entre otros países víctimas de esta red de esclavización sexual, no se habla la misma lengua y las culturas son diversas. Y, aun así, ellas —las víctimas de distintos países— se encontraban, se abrazaban, lloraban y luchaban juntas. La sororidad tiene su propio lenguaje.

A 80 años del final de la guerra, ¿por qué sigue siendo tan vigente este reclamo?

Porque este tipo de aberraciones siguen ocurriendo. Tan triste como eso. En los conflictos armados, las mujeres siguen sufriendo violencia sobre sus cuerpos. Hay muchos casos. Mientras escribía el libro, escuchaba testimonios de víctimas de violencia sexual en Colombia durante el conflicto armado, y es increíble la similitud de los relatos. La diferencia es que ahora, en el siglo XXI, estos crímenes se denuncian, se interpela a la cultura de la violencia, se visibilizan y existe un gran apoyo internacional hacia las víctimas.

¿Cómo responden hoy los gobiernos de Japón y Corea del Sur a estas demandas?

Es difícil sintetizar, porque son muchos años. En el libro hay un capítulo dedicado a Japón. Siendo breve, la situación en Japón hoy es peor que en los años noventa. El tema ha sido retirado de los libros de texto y no hay esperanzas de encontrar una política de reconciliación que acepten las víctimas y sus organizaciones.

En Corea del Sur hubo conquistas: hay monumentos en todo el país, a mediados de los noventa se otorgaron compensaciones económicas y existen exhibiciones en museos públicos. Pero también hay sectores que niegan los hechos, que escriben en contra y deslegitiman a las organizaciones de defensa.

¿Qué tensiones políticas siguen abiertas alrededor de este tema?

Hay mucha tensión. Para Japón es un tema que avergüenza al país, por lo que presiona para que no se coloquen monumentos o deslegitima a investigadores que trabajan el tema. Sin embargo, también existen en Japón museos privados y activistas que luchan contra su propio gobierno.

Creo que la clave es lograr que se entienda que se trata de un tema de derechos de las mujeres. No es un problema de geopolítica ni de tensiones entre partidos políticos. Aún cuesta lograr esa emancipación porque existe un escenario geopolítico complejo, con muchos conflictos de guerra sin resolver.

 

¿Qué te transformó a vos, como mujer e investigadora, este libro?

Como investigadora, muchísimo, porque implicó condensar en 280 páginas veinte años de trabajo sobre las “mujeres de consuelo”. Durante el proceso de escritura pensaba en todos los cambios que ocurrieron en ese tiempo. Hoy hay mucho más interés en los temas vinculados a la violencia contra las mujeres, más interés en Corea, en las mujeres coreanas y en el Este de Asia. Hay incluso más videos y fragmentos de testimonios circulando en redes y en YouTube; antes no existía nada de eso.

Pensaba también en cuánto había cambiado yo como mujer y como profesional. Mi postura en 2005 no es la misma que ahora, porque aprendí muchísimo sobre derecho internacional, historia de las mujeres, historia de la guerra, cultura tradicional coreana y, fundamentalmente, aprendí de las abuelas coreanas.

¿Hubo algún testimonio que no te puedas sacar de la cabeza?

Recuerdo todos los momentos y todos los encuentros como si hubieran sido ayer. El poder de las abuelas es tan grande que no sé si hubo uno que me haya marcado más que otro.

¿Qué te gustaría que sienta alguien que lea Halmoni por primera vez?

Me gustaría que lo lean públicos diversos en edad, género e ideas políticas. No es un libro “para mujeres” porque habla del abuso hacia las mujeres; es un libro para aprender y reflexionar sobre la violencia a través de la historia de Corea y del Este de Asia, desde la voz testimonial de las víctimas y desde mis propias experiencias en el país.

¿Qué podemos aprender de las halmoni sobre el coraje de hablar incluso cuando el mundo no quiere escuchar?

Justamente eso: que hay que hablar. Las víctimas no son responsables y la violencia no se puede normalizar. Mientras escribía, pensaba en muchas situaciones de opresión hacia las mujeres que eran comunes cuando yo iba al colegio, a la universidad o al trabajo. Hace veinticinco años, muchas de las situaciones que hoy se denuncian no se denunciaban; a veces ni siquiera las veíamos como violencia. Creo que en estos últimos años hemos aprendido mucho sobre nuestros derechos.

Las halmoni también nos enseñan que es necesario emancipar las conquistas de las mujeres de los odios políticos, históricos, étnicos o religiosos. Nada puede justificar la violencia contra las mujeres. Se trata, aunque suene utópico o ingenuo, de pensar en una humanidad mejor.

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