En una cartelera porteña atravesada por grandes producciones, musicales y figuras de enorme convocatoria, Una Navidad de mierda logró algo que no es menor: mantenerse entre las obras más elegidas por el público. Según el último ranking de espectadores difundido por AADET, la comedia protagonizada por Verónica Llinás, Alejo García Pintos, Anita Gutiérrez y Tomás Fonzi ocupa el quinto lugar entre los espectáculos más convocantes de la avenida Corrientes.
Para Anita Gutiérrez, sin embargo, el éxito todavía tiene algo de inesperado. Después de más de 170 funciones, el elenco sigue preguntando antes de salir a escena cuánta gente hay en la sala. Y aunque las localidades se agoten, la celebración continúa siendo la misma que al principio.
“Nunca nos terminamos de creer eso. Somos un grupo muy del momento. Todas las funciones preguntamos cuánta gente hay. Ahora hace semanas que viene lleno, no queda ni una entrada, se venden los últimos dos lugares y nosotros lo seguimos festejando como si fuera el primer día”, cuenta la actriz en un bar del microcentro, frente a SAGAI, la asociación civil que vela por la propiedad intelectual de actores, actrices y bailarines, donde también trabaja.

Del teatro independiente a uno de los éxitos de la calle Corrientes
Antes de llegar a este presente, Anita construyó una carrera atravesada por el teatro, la televisión, el cine, la danza y también la escritura. Empezó a formarse de chica, cuando el teatro apareció como ese espacio que le daba una sensación de refugio. Tal como contó en una nota en LA NACION, con el tiempo, desarrolló buena parte de su recorrido en el circuito independiente, estudió danza y zapateo americano y trabajó también como docente y coreógrafa.
La televisión llegó casi por casualidad. Adrián Suar la vio sobre un escenario y la incorporó al elenco de Herederos de una venganza. Después llegaron otros trabajos, como Quitapenas, Sres. Papis y Esperanza Mía, además de sus participaciones en cine. Su primera gran experiencia en el teatro comercial fue Los Bonobos, la comedia que protagonizó durante varias temporadas y que, de alguna manera, terminó siendo también el puente hacia su proyecto actual, esta obra que despierta carcajadas contagiosas.
Peto Menahem, con quien había compartido Los Bonobos, fue el que la convocó para audicionar para Una Navidad de mierda. La propuesta, cuenta Anita, le fascinó desde el primer momento, aunque no tenía claro cómo resolver uno de los mayores desafíos de la obra. “Me acuerdo de que la leí y le dije a Peto: ‘Mirá, la obra me parece espectacular, pero no tengo idea de cómo se hace esto’”.
El desafío era particular: su personaje, Elena, interactúa durante toda la obra con su pareja, un personaje que el público nunca llega a ver.
El personaje que la vuelve tan original

La obra, escrita por el autor vasco Marcos Goyolea, tenía otro título: Nunca he estado en Dublín. Durante el proceso de adaptación, Peto Menahem y Verónica Llinás trabajaron sobre el texto para acercarlo al elenco y a la sensibilidad nuestra. El resultado fue una versión argentinizada, atravesada por una cena familiar navideña, viejos conflictos y la llegada de una hija que vuelve después de mucho tiempo.
Para Anita, uno de los grandes aciertos está justamente en ese quinto personaje que nunca aparece en escena, pero que funciona como una especie de detonante. “Más allá del chiste, el personaje que no se ve saca a la luz una serie de problemáticas mucho más profundas de la familia: lo que no se dice, lo que no se ve. En realidad, termina sacando a la luz todas las miserias de los otros personajes, lo que no se quiere ver”, dice.
Construir esa presencia invisible tuvo su dificultad, según cuenta la actriz. Aunque el público no puede verla, para Anita ese personaje existe durante toda la función. “Yo siento que interactúo toda la obra con alguien que la gente no ve, pero yo sí la veo. Mi trabajo no es solo construirla para afuera, sino construirla para mí, con el diálogo y el feedback que la obra necesita”.

Una hija que vuelve y la búsqueda de la propia identidad
El personaje de Elena también la interpela desde otro lugar. Se trata de una hija que no cumple con aquello que sus padres habían imaginado para ella y que vuelve a enfrentarse con una historia familiar atravesada por silencios y heridas. “Hay algo de lo distinto, de lo diverso, de la aceptación de esta hija que no cumple con lo que sus padres quizás pensaron para ella”, reflexiona.
Aunque aclara que no vivió exactamente esa situación en su propia familia, hay algo en la defensa de la singularidad que reconoce como propio. “Hay algo de defender la particularidad de cada uno, por la sexualidad, por la vocación. De tratar de mantener la identidad de uno, que puede pasar en la familia, en el trabajo, en la vida”.
La reflexión se conecta también con otras búsquedas personales y profesionales de la actriz, que ella trae a la conversación con OHLALÁ! En 2025 protagonizó y participó de la escritura de NewMamita, la madre de todas las mentiras, una serie rodada en México que, desde el humor, abordó la presión social alrededor de la maternidad y los mandatos que aparecen sobre las mujeres a determinada edad.
Ella, que no siente el deseo de ser madre, vuelve sobre una idea que atraviesa buena parte de sus reflexiones: la importancia de identificar qué es lo que realmente una quiere, incluso cuando ese deseo no coincide con lo esperado. “Quizás a los 20 pensaba que sí, por default. Y, a medida que iba pasando el tiempo, dije: ‘Pero no, no me llega el deseo’. Me doy cuenta rápido si lo quiero o no lo quiero”, dice. Y esto no era. “Personalmente no me veo para nada en esa situación. No es algo conceptual, no es algo que yo decida desde la cabeza: no me sucede”.
La comedia como un espacio para hablar de lo profundo

Si hay algo que atraviesa el recorrido de Anita Gutiérrez es el humor. La actriz cuenta que no decidió de manera consciente convertirse en comediante: empezó a hacer teatro de chica y, con el tiempo, fueron apareciendo los proyectos que la llevaron hacia ese género. Hoy está convencida de que la risa puede ser mucho más que entretenimiento.
“La comedia permite hablar de cosas que son muy profundas, pero sin solemnidad. Hay temas que, si uno los tiene que abordar con el peso del drama, son más duros. La comedia tiene algo que los aliviana y también es una manera muy inteligente de procesarlos”, dice.
Y en Una Navidad de mierda, esa conexión con el humor ocurre también de manera muy física. Anita se sonríe al recordar funciones en las que las carcajadas del público terminan contagiando al elenco y que, incluso después de más de un centenar de presentaciones, ocurren situaciones inesperadas sobre el escenario.

“Pasa algo muy loco: a la gente le produce tanta risa que se empieza a generar una cosa muy masiva. Nosotros también nos contagiamos. Es realmente muy conmovedora la sinergia con el público”, dice.
Sabe que hay espectadores que vuelven seis o siete veces a ver la obra. Otros descubren nuevos detalles en cada función. Para la actriz, esa es una de las razones que explican el boca a boca y la permanencia del espectáculo en una cartelera cada vez más competitiva. “Cuando uno va, la pasa bien y se ríe, lo recomienda. Realmente es un bálsamo, es una terapia”.
Y mientras Una Navidad de mierda continúa sumando espectadores, ella lo celebra como si fuera la primera vez. “Se nos exige a nosotros también, pese a la cantidad de funciones que venimos haciendo, mantenerlo vivo. Entonces es una búsqueda constante, nunca nos dormimos. En ese juego va creciendo siempre la obra”.
Agradecimientos:
- Fotografía: Gabriel Machado. Ig: @machadito_arte
- Vestuario: VEVÛ de Suami Delelis. Ig: @vevuoficial
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.



