
Camila Peralta, del éxito de Netflix al suceso del under porteño: "Hacer teatro en la cárcel fue muy enriquecedor"
Camila Peralta es la actriz del momento: la vimos romperla en las dos temporadas de "En el barro" y protagoniza "Suavecita," el suceso del teatro independiente. Charlamos y jugamos con ella aprovechando otra de sus pasiones: la moda.
Fotos de : Inés Auquer
Estilismo de: Pame Martinelli
Josefina Vives
17 de abril de 2026 • 14:59

Camila Peralta la rompe en "Suavecita", el unipersonal que ya es un suceso del teatro under porteño. - Créditos: Inés Auquer
Camila Peralta está en uno de esos momentos luminosos y expansivos: la vimos romperla en las dos temporadas de En el barro y protagoniza Suavecita, el suceso del teatro independiente. Como amante de la moda, se animó a jugar con una de las tendencias del otoño-invierno, mientras charlamos de su vida en Balcarce, el boom de sus escenas con la China Suárez, su propia historia de amor y todos los aprendizajes personales que le trajo el teatro.
¿Cómo te llevás con la noción de éxito?
Bien, porque no siento que sea algo a lo que una llega y en lo que se puede descansar, sino que digo: “Bueno, estoy en un buen momento”. El éxito lo siento en cosas chiquitas todos los días de mi vida. Siempre siento que hay que trabajar mucho para que las cosas se sostengan, porque es muy fluctuante lo que pasa en el país, lo que pasa en la carrera, las modas..., porque de repente a todos los productores les gustás, y de un día para otro es: “Che, me aburrí”. Entonces una tiene que seguir construyendo otros espacios.
¿Cómo fue tu infancia en Balcarce y cuándo dijiste: “Me voy a Buenos Aires”?
Mi infancia fue hermosa, porque yo me crié en una ciudad muy chiquita y muy libre, de calle de tierra y andar en bicicleta, con vecinos y amigos todo el tiempo. Yo de chiquita era muy extrovertida, era como el payaso de la familia, y sabía que quería ser actriz. Pero me pasó algo a los 13, 14 años: me agarró un ataque de vergüenza. Sentía que yo era un monstruo, que era alguien inmirable... Entonces no me animaba a ir a ningún lado y me volví muy introvertida. Puertas para dentro, yo era la de siempre, pero una vez que salía de mi casa, no quería que nadie me mirara, porque me ponía colorada y eso evidenciaba que estaba incómoda y eso me generaba más incomodidad. Entonces, como que viví toda una adolescencia, hasta los 17 años, bastante difícil socialmente. Me sentía el bicho raro.
¿Y el teatro te ayudó a encontrarte a vos misma otra vez? A salir de esa cosa de la timidez...
Sí, lo primero que me pasó es que me sentí buena en algo, segura, porque tenía una buena devolución de mis compañeros. Entonces empecé a sentir “esta es mi gente, acá me siento bien”. Y sentí que no tenía que ser linda ni demostrar algo externo, sino que era yo siendo esto. Yo siempre actué muchos personajes que eran medio bichos y cosas raras, era de afearme..., hasta que después también entendí que me podía divertir siendo linda o actuando otras cosas. Pero sí, en el momento en que empecé teatro, me encontré a mí. Y sí, parece raro decir que soy buena, porque una nunca termina de creérsela...
Pero ¡creétela, querida!
No, pero pasa algo siempre que es como “sí, pero quizá solo soy buena para esto”, y después te llaman para otra cosa y al final no era verdad. Siempre está como esa inseguridad.

Vestido (Rocío Rivero), sombrero (Lagomarsino), botas leggings (Vestu Studio), pulsera y aros (Cōper). - Créditos: INÉS AUQUER
¿Y qué te pasó cuando te llamaron para En el barro? ¿Pensaste que por ahí no ibas a ser tan buena en ese mundillo?
¡No! A En el barro yo la tenía metida en la cabeza. Cuando vi El marginal, dije: “Ay, Dios, me encantaría que la hicieran de mujeres”. Porque lo que me divierte de la propuesta de En el barro es que ahí te permite componer. Yo hablo de una manera diferente, me paro de una manera diferente y estoy lookeada de una manera muy diferente. Y eso ya a mí me da como una especie de protección, digamos.
¿Y cómo trabajaron las escenas hot con la China? ¿Cómo se trabaja con la coordinadora de intimidad?
Sí, lo primero que hace la coordinadora es mandarte un formulario que vos tenés que llenar, donde te hace todas preguntas tipo “¿te animás a que te besen los pies, sí o no? ¿Te animás a que te besen el hombro, sí o no? ¿Querés que te besen la boca, sí o no? Todas las partes del cuerpo que te besen, que te toquen, que te acarician, que te rasquen, lo que sea. Y vos tenés que aclarar absolutamente todo. Y una vez con eso nos encontramos para ensayar y empezamos a, entre todas, crear la escena.
Claro, sería como “yo te agarro acá, te chapo así”. Es como una coreografía, están megaconcentradas en ese momento.
Obvio, y la tenés que ensayar sin hacerla, porque no vas a estar chuponeándote con tu compañera durante cinco ensayos. Y después, en el momento mismo de grabar, de repente si vos estás haciendo la escena y sentís que hay algo que no te gusta, está Tati, la coordinadora, detrás de cámara y vos la mirás y le decís: “Mejor no”. Y listo. Ella dice: “Chicos...”. Con esa seña, ella le dice al director: “Che, la vamos a hacer, pero no van a hacer tal cosa”.
¿Qué dijeron tu pareja y tu familia de las escenas hot con la China?
Yo le dije a mi papá que por ahí el primer capítulo no lo vea. No solo por la escena con la China, porque también están las otras, en el primer capítulo pasa de todo. Después me calmo, me hice una mojigata... Mi mamá la vio y me dijo: “Ay, qué fuerte, Cami”, pero todo bien. Con mi pareja la vimos juntas, y todo bien, o sea, se dedica a lo mismo... No es actriz, pero está en el mundo audiovisual, entonces no hay problema.
Suavecita es tu unipersonal que la rompe en el teatro, ¿qué aprendiste de vos haciéndolo?
Primero, que hay que animarse. Hay que decir: “Bueno, dale, vamos a hacerlo”. Me animé con todo el miedo del mundo. Yo soy bastante miedosa, digo, hoy en día hice más de 150 funciones de Suavecita y antes de salir estoy muerta de nervios. Voy dos horas antes al teatro, cuando los actores, en general, van una hora antes, se maquillan y ya está. Soy muy pesada, pero bueno, me animé y después aprendí un millón de cosas, desde cosas actorales hasta de producción.
Y ese personaje tiene un superpoder (¡que no vamos a spoilear!). ¿Cuál es el superpoder de Camila?
Adaptarme. Me adapto. ¡Ay, qué adaptada que soy! (risas). Sobreadaptada, a veces.
Y a veces no está tan bueno ser tan sobreadaptada...
Totalmente, porque a veces termino en situaciones que digo: “¿Qué hago acá? ¿A qué me adapté? ¿Dónde estoy?”. Pero también a veces está bueno, porque, por ejemplo, se trata de adaptarse a estar en un set, a estar con mucha gente, y yo, en general, soy muy solitaria, no me gusta hacer muchos planes sociales, no me gustan las fiestas, soy medio tranqui. Pero de repente, si tengo que estar 12 horas compartiendo con 80 minas en un set, la paso increíble. Y de verdad la paso bien y me adapto a esa situación. O, no sé, ir a la cárcel a hacer funciones y tener que adaptarme a millones de cosas que suceden en la profesión, siento que está bueno ese don, ponele. Pero ¡no nos pasemos de rosca!
¿Y qué te gusta hacer cuando no actuás? ¿Qué otras pasiones tenés?
La gente no sabe que soy una excelsa pintora (risas). No, realmente pinto, me encanta pintar. Lo hago desde muy chiquita. Para mi casa ya tengo todo hecho. Y también me gusta mucho cocinar. Siento que es algo que voy a hacer de más grande. Quiero tener un proyecto no tan grande, tipo, dentro de 10 años, de tener un lugarcito donde cocinar cositas... hoy va a haber tal cosa, mañana tal otra. Me encanta y toda mi familia es full cocinera. Tenemos allá en Balcarce horno de barro y experimentamos con cosas.
En estos tiempos que vivimos tan acelerados, ¿para qué sentís que sirve el teatro?
Para desacelerar, para desconectarse y conectarse con algo verdadero. Ahora pasa algo con lo de la inteligencia artificial, que puede estar bien, mal, no importa, yo no tengo mucho juicio todavía sobre eso, pero sí sé que lo verdadero, lo que sucede en el teatro, que es una conexión real entre el público y la persona que está brindando su alma para actuar, eso es algo que no se consigue en otro lado. Ni siquiera en el cine, porque el cine está mediado por la máquina, por el montaje, por las cámaras, por otro tipo de cosas. Y en el teatro pasa algo medio ritual que me gusta mucho. Siento que me humaniza mucho, el teatro.
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Maquilló y peinó Jor Antico.
Asistente de fotografía: Ileana Velasco.
Asistente de vestuario: Tino Ricciardi.
Agradecemos a Max Mangini, de Piso 5 Estudio (@piso5.estudio).

Euge Castagnino Secretaria de Redacción de OHLALÁ!, guionista cinematográfica especializada en cultura, cine, teatro, televisión y otros medios audiovisuales y gráficos. Es fan de las buenas historias, los libros, el buen comer y los viajes.
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