Hay obras de teatro que no siguen la corriente. Son piezas experimentales que buscan trascender las formas habituales y los códigos preestablecidos; se atreven a correr riesgos. En la cartelera porteña coinciden por estos días dos espectáculos que encajan perfecto en este formato "fuera de caja": por un lado, Los Malcasados, una obra escrita y dirigida por Tamara Tenenbaum, y por el otro Las Ruinas, un proyecto escénico liderado por el coreógrafo y director Juan Onofri Barbato. Pertenecen a universos estéticos muy distintos, pero comparten un motor fundamental: la irreverencia y la voluntad de desafiar lo esperable.
Las Ruinas: una travesía inmersiva al subsuelo de la identidad nacional
Las producciones del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC) siempre tocan una tecla imprevisible. En este caso, el artista a cargo del experimento es Juan Onofri Barbato, quien desde la coreografía y la puesta en escena desarrolla un método propio arraigado en ir más allá de los límites conocidos. Tras dos años de investigación y residencia de creación, presentó Las Ruinas, una obra concebida especialmente para los sótanos del teatro junto a la dramaturgia de Laura Sbdar, la música original de Ailín Grad y la participación de 20 artistas entre intérpretes y áreas técnicas.
La premisa necesaria es bajar la guardia y dejar afuera las convenciones. Entrar con disponibilidad para recorrer sus salas subterráneas dejándonos guiar por escenas —sobrecargas de estímulos visuales y sonoros— que nos van a llevar de viaje sin concesiones: con excesos, intensidades, incomodidades, perturbación, sorpresa y delirio. Mucho delirio.

Si dijéramos que es solo danza o solo teatro, nos quedaríamos a mitad de camino. Es una travesía escénica e inmersiva en tres actos donde el espectador realiza un recorrido físico y emocional. Tomando como punto de partida a dos figuras clave de la danza del siglo XX —Antonia Mercé ("La Argentina") y el creador japonés Kazuo Ohno—, la pieza conjuga técnicas variadas para construir una alegoría sobre la memoria colectiva y la identidad nacional. Va desde el grotesco criollo de 1933 hasta un futuro mutante sin una linealidad narrativa estricta.
Onofri Barbato decidió deliberadamente apostar por una estructura amplia e impactante como un acto de convicción política y artística: "En un contexto donde las políticas culturales han tendido a retraerse y los espectáculos suelen ser muy pequeños o livianos en sus estructuras de producción, queríamos ir en contra para ejercer una resistencia proactiva y plantar bandera de que la grupalidad y las grandes estructuras pueden producir experiencias potentes e irreemplazables", dice.

Esa potencia colectiva se traduce en un elenco realmente heterogéneo —con edades que van de los 18 a los 70 años y diversas identidades de género y corporalidades—. El director se aleja conscientemente de los cánones estilizados de la danza tradicional para buscar otro tipo de presencia escénica: "Los cuerpos que me interesan en escena son cuerpos diversos, los que siento que pueden desplegar danzas con cierta peligrosidad, cierto filo o riesgo en escena".

Entre los intérpretes se destaca la presencia de Mariano Landa, artista con discapacidad motora, cuya participación en la obra no está abordada desde el cliché o la limitación física, sino que se integra a la dramaturgia aportando una dimensión de alucinación, futuro y delirio. Además, destacan Ailín Grad y Tomi Lebrero que interpretan música en vivo y performers como Paula Servetto (quien también asiste en coreografía), Tiago Mousseaud, Florencia Ciucci, Andrés Molina, Jorge Thefs y Luis Monroy Grandon, entre otros.
Las Ruinas hace funciones de miércoles a domingo hasta el 1 de noviembre a las 18 en el Centro de Experimentación del Teatro Colón
Los Malcasados: la comedia de enredos mirada desde el siglo XXI
En un primer momento, Los Malcasados luce como una obra teatral clásica y rápidamente resuelve la confusión al presentarse como una comedia musical desopilante, entretenida y con la dinámica ágil de una serie televisiva sobre un grupo de amigos. Sin embargo, no será solamente eso.
La trama sigue a cinco músicos que viajan por España recreando canciones antiguas, pero —con una dinámica que recuerda a series televisivas protagonizadas por grupos de amigos— entre hoteles, ensayos y recitales, la convivencia destapa infidelidades, deseos cruzados, celos y parejas que ya no saben bien por qué siguen juntas.

Esta obra que luce ligera esconde varias capas de complejidad. Nace de un trabajo académico y de la reescritura de un clásico del teatro español —Los malcasados de Valencia, de Guillén de Castro— filtrado por la mirada ensayística de Tenenbaum, autora del libro El fin del amor. Acá, la dramaturga que debuta como directora teatral cruza el lenguaje del siglo XXI con la lírica del Siglo de Oro para cuestionar la monogamia, las estructuras familiares y los mandatos afectivos.

Para Tamara, la investigación académica fue solo el punto de partida lúdico. Su decisión principal para evitar distanciar al espectador fue no usar el español antiguo en las actuaciones habladas, sino volcarlo exclusivamente en las canciones. "No quería esa distancia con el espectador que aparece con un lenguaje tan poco natural —explica—. Para mí la ruptura más importante fue pensar la relación entre texto y música de una manera personal, donde el cantar no siga la convención rígida del musical norteamericano, sino que vaya apareciendo de forma orgánica".
Además, la obra retoma la estructura tradicional del sainete de enredos y divorcios que nutrió al teatro comercial, aplicándola como plataforma de despegue para reflexionar la institución de la pareja, el sello de Tamara. "La cuestión de las relaciones humanas está en todas mis obras, en todas mis novelas, mis obras de teatro, en mis ensayos a veces también —reconoce—. En este caso, me sirvió elegir una historia de divorcios para pensar el tema desde un lugar muy poco solemne para intentar pensar el matrimonio como algo parecido al teatro, tanto en la performance que requiere de nosotros como en el hecho bastante extraño y curioso de que sobreviva a lo largo de tantos años".

Los actores y actrices no solo actúan, sino que cantan e interpretan instrumentos tradicionales y folclóricos. Además, hay un músico en escena, Joaquín Fridman, quien compuso las canciones y ejecuta la música en vivo. En el backstage de este trabajo aparece otra capa íntima de sentido: Tenenbaum arma equipo creativo con Fridman, su pareja y padre de su hija, para indagar sobre las relaciones contemporáneas desde la propia vivencia. El elenco se completa con las actuaciones de Huilén Currá, Santiago García Ibáñez, Julián Larquier, Ana Schimelman y una destacadísima Florencia Piterman.
Los Malcasados tiene funciones los lunes de octubre y noviembre a las 21,30 en Dumont 4040

Dos propuestas, dos lenguajes y una misma convicción: el teatro todavía puede ser un lugar donde no todo está resuelto de antemano. Mientras Las Ruinas convierte los sótanos del Colón en un territorio de delirio colectivo, Los Malcasados usa la risa y la música para poner bajo sospecha una de nuestras instituciones más naturalizadas. Ninguna ofrece respuestas cómodas, y ahí está su mayor atractivo.
Carola Birgin Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UBA, ejerce el periodismo desde 1997 y trabaja en LN desde 2009. Fue Secretaria de Redacción de la revista OHLALÁ!, Editora del Suplemento Moda Belleza y hoy es editora digital del grupo de revistas.

