Atalaya y Magdalena, veraneo fluvial

Por Redacción OHLALÁ!

30 de enero de 1998, 03:00

Atalaya y Magdalena, veraneo fluvial

Marcelo Denis, apoyado en un madero -antiquísimo y duro algarrobo, quizá quebracho- junto al arroyo Atalaya, repite la oferta de todos los fines de semana del verano a la vista de dos amarillos pesqueros, en receso hasta los albores del invierno: alquiler de canoas con flotadores de seguridad para dos personas, a 7 pesos por hora y media, o un bote para cuatro bogadores, por 10.

Es una de las ofertas miniturísticas junto a un parquecito que hace de solárium cerca de una unidad de sanitarios -duchas con agua caliente- y al único y mínimo parador Los Campeones (fideos con estofado, algo de parrilla). Desde ese punto -donde termina la calle de tierra arenosa que llega desde el poblado- sale el sendero estrecho que lleva a la playa: allí bulle el modesto veraneo popular y fluvial de esta costa rioplatense bañada por el río marrón.

El puerto de ultramar

El madero en el que se apoya Denis fue abulonado a otro -hace mucho más de un siglo- junto a los que componen la sucesión de similares que se enfilan hasta la desembocadura en el Río de la Plata y pertenecían el ex puerto Atalaya. Hoy se parecen al resignado costillar de un monstruo prediluviano acariciado por los sauces orilleros.

Fue allí cuando en 1826 una magra agrupación campesina resistió el intento brasileño de poner pie en esas playas.

Cuando huyeron derrotados, los imperiales abandonaron algunos esquifes que agregaron al paisaje novedosa decoración por largo tiempo. Desde principios del siglo XVIII, una torreta intentaba avistar a los merodeadores portugueses que anticipadamente se habían posesionado en la otra orilla de Colonia del Sacramento, aunque ya entonces se hacía la vista gorda a los siempre privilegiados contrabandistas.

Ahora el lugar es un espacio ribereño y municipal que, viernes, sábados y domingos veraniegos, tiene acceso establecido por automóvil -8 pesos por rodado que ingresa en el sector de las 8 a las 13, luego sin cargo- y dispone de parrillas y fugaz conexión eléctrica para quienes, carpa mediante, pasan la noche con la esperanza de un soleado amanecer sin amenazas de creciente, y la posibilidad de trotar por las cercanías (10 pesos la hora de alquiler de caballos).

El ex puerto Atalaya funcionó como de ultramar hasta principios de este siglo con cueros y carnes que llegaban directamente a Europa y a Cuba desde de los tres saladeros que le dieron vida comercial en el último cuarto de siglo.

Por entonces vivían allí cuatro mil habitantes. Hoy, a seiscientos metros de la playa y nueve kilómetros del centro de Magdalena, Atalaya cuenta con unos trescientos habitantes, cuyas casas carecen de ampulosidad pero, con parque y jardines, funcionan como apacibles destinos de descanso. El pavimentado acceso desde la ruta provincial 11 -de siete kilómetros- desemboca, luego de una pronunciada curva, en el bulevar Mitre, eje del pueblo.

Allí está la iglesia, el pequeño museo y Macoco, la única pizzería y restaurante del lugar (una milanesa con fritas, vino y café, por 5 pesos), con TV, pool y metegol. Cuando se transita por el bulevar, y si se desecha girar por la calle Terrarosa que lleva a la playa, el camino que arranca al final de Mitre cruza el puente sobre el arroyo y se topa con la mejor reliquia lugareña y en ruinas: lo que queda de una antigua escuela, con ventanas enverjadas por hierros y enredadera, a metros del arroyo, delicia de los fotógrafos.

A todo camping

En camino de retorno, apenas el pavimento enfila hacia la ruta 11, se puede girar a la izquierda -y al Este- por una calle de tierra. Tras dos mil metros, se llega al balneario Magdalena, donde el mejor lugar de camping es el arbolado predio ribereño del Club Náutico y Pesca Magdalena, que atiende el propio presidente de la institución,Walter Muñoz. Cobran 15 pesos por carpa de cuatro acampantes por 24 horas, estacionamiento, acceso a luz, parrillas y bajada de lanchas. Para pasar el día, la tarifa es de dos pesos por coche y otros dos por persona.

Los accesos al balneario, tanto desde Magdalena, por la avenida España, como desde Atalaya, están establecidos por el municipio, que cobra 2 pesos por persona los sábados y domingos, y la mitad de lunes a viernes. Los servicios que ofrecen constan de bañeros y enfermera. Playita Nueva es una opción playera a cargo del uruguayo Moraes.

Más tumultuoso que Atalaya, junto al muro costanero humean parrillas de uso libre, aunque se puede comer en el club (entre 7 y 10 pesos), en El Carrito Coster -con bañero propio- o en La Rampla. Las aguas de la zona tienen bajo índice de contaminación -algo que aún mejora con las sudestadas- y está permitido bañarse.

A la zona se llega desde accesos de la ruta provincial 36 a pocos kilómetros del empalme Gutiérrez, y desde La Plata, por la avenida 122 que la circunvala y sigue como ruta 11. Al empalme Gutiérrez se llega por diversas variantes de tránsito sin cargo, y por la autopista sudeste con dos peajes y 3,80 pesos. En toda esta ribera sobrevive la foresta autóctona, se recrean los deportes náuticos y no faltan caballos y bicicletas en alquiler.

Francisco N. Juárez