Casillas de Coria a flor de piel

Por Tania Lindner

Por Redacción OHLALÁ!

4 de noviembre de 2007, 03:00

Casillas de Coria a flor de piel

Cuando era pequeña cerraba los ojos y soñaba con Casillas de Coria, el pueblo en el que Andrea Utrera, mi abuela, había vivido hasta los 10 años. Imaginaba en cada verso que me recitaba las calles de piedra y su silencio; la frescura de la sombra en la iglesia Nuestra Señora de Almocobar, y la Plaza Mayor, con la gran Farola a la que se trepan los casillanos durante la suelta de toros. Actualmente, a los 27 años, caminé por la historia de mis ancestros y traté de sentir con la mirada las perfectas narraciones que mi abuela sigue contando.

Casillas de Coria está situada en la provincia de Cáceres, Extremadura (España), a 10 km de Coria. Con mi marido, tuvimos que dormir en Coria porque en Casillas no hay hoteles. Hicimos en taxi los 10 km que mi abuela recorría en mula para llegar a Casillas de Coria, cuya población ronda los 550 habitantes (casi no hay jóvenes, ya que éstos emigran a ciudades más grandes). Hay un bar que es del viejo Félix, una farmacia, una escuela, el correo que llega de Coria, y una carnicería-taxi en la que el dueño cumple las dos funciones: carnicero y taxista. Las calles son angostas y en su mayoría de piedra. Aturde el silencio, que de vez en cuando se rompe con el pasar de un auto o el lento galope de alguna mula. En las veredas, casi inexistentes, los parroquianos se sientan a preparar las olivas, los pimientos, o a descamar algún pescado recién sacado del río. Hay una casa de paredes descascaradas que tiene un clavo con una llave a la que pueden acceder todos los habitantes. Esa llave es la que abre la puerta del cementerio, donde mi pasado descansa en paz. En el Ayuntamiento aún se conservan las partidas de nacimiento y los certificados de defunción que, previa copia, conservo como tesoro. Me detuve por un largo rato en la casa que habitó mi abuela antes de subir al barco que la trajo hasta Buenos Aires, hace más de 70 años, y dejé las lágrimas que ella no pudo llorar, caminé unos metros, me metí en la carnicería, pedí el taxi, y volví para contarle cuán hermoso sigue su pueblo.