C IUDAD DE MEXICO (The Sunday Times).- Las ciudades coloniales de México central constituyeron en un época las joyas de la corona española; pero la plata que fluía de sus minas no sólo caía en la arcas de los Reyes Católicos, sino que permitía a los colonizadores erigir grandiosas ciudades: Guanajuato, Zacatecas, San Miguel y Querétaro, en una época entre las más elegantes de América y en boca de toda Europa. Hoy, todavía se advierte la influencia española y las ciudades siguen siendo admirables. Debido a su ubicación, en el centro del país, en el eje de su sangrienta historia e intrincada cultura, se dice que forman parte del corazón del México profundo.
La Sierra Madre, la madre de todas las cadenas montañosas, que se extiende a lo largo del país, está repleta de minerales, lo que precisamente llevó a los españoles a construir ciudades en estas elevaciones desoladas y temerarias. Pero el tesoro de Sierra Madre no fue el oro que enloqueció a Humphrey Bogart en la película, sino la plata que impulsaba a los conquistadores a construir ciudades. Siempre que había una veta surgía una ciudad próspera y la riqueza estaba asignada a unos pocos, que la despilfarraban en gran profusión de monumentos que evocaban las tierras que dejaron detrás.
Mientras que los colonizadores de América del Norte se lanzaron a la búsqueda de un nuevo mundo, en su afán por escapar de su pasado y exorcizarlo, sus pares al otro lado del Río Grande hicieron lo opuesto. Recreaban, sin escatimar lujo y opulencia, los estilos y costumbres de su antiguo dominio.
Así surgieron iglesias barrocas y plazas con arcadas, patios, palacios ornamentados y estancias por doquier. Desfiles, fiestas, corridas de toros y la siesta son algunos de los modos de este mundo, acompañado por las pasiones elaboradas y misteriosas que los españoles trajeron consigo. Sin embargo, éste fue el lugar donde se proclamó la independencia mexicana, el símbolo de su alma nacional. Este viaje encierra muchos relatos.
La ruta colonial
Pero una vez que dio con la autopista 57 en dirección norte se embarcó en la ruta colonial y, poco a poco, irá descubriendo lo que fue durante mucho tiempo el corazón olvidado de esta tierra.
Al salir de los suburbios de Ciudad de México, ingresará en una gran extensión de tierra devastada, una meseta áspera y ondulante, bordeada de colinas cubiertas bajo el intenso azul del cielo.
El terreno es muy similar al de Andalucía, lo que explica el interés de los conquistadores por construir sus viviendas allí. Sólo los cactos rampantes recuerdan que se está en otros suelos.
La primera de las ciudades coloniales es Querétaro, quizá para los turistas la menos interesante, pero su papel central en la historia de la independencia la convierte en una especie de Boston mexicana, un santuario para escolares de buena posición con medias tres cuarto. Su extensa y alegre plaza central está dominada por una iglesia monumental, hay una o dos cantinas, un puñado de mansiones antiguas, una de ellas transformada en un gran hotel, que es una insinuación de placeres inesperados. Pero hay también barrios modernos y numerosas industrias multinacionales con sus respectivos estacionamientos y carteles de neón, que de algún modo saturan la atmósfera. Tal vez sea mejor seguir.
San Miguel de Allende
Después de atravesar enormes llanuras (las distancia son largas; pero los caminos, buenos; no así la señalización), aparece San Miguel de Allende como un golpe revivificador. Está plasmada en la ladera de un colina empinada y con un río que la atraviesa. Es un ciudad del siglo XVII aún impoluta. Con los techos rojos, las cúpulas en rosa pálido y los patios amurallados en tonos pastel, que se tropiezan mecánicamente unos con otros, San Miguel es descaradamente hermosa.
En 1926, fue declarada monumento nacional y desde aquel entonces su fama y vanidad van en aumento: es célebre por ser un lugar incomparable como ninguno otro de México y, quizá, de toda América del Sur.
Una gran variedad de extranjeros llega hasta aquí. Gringos acaudalados y de edad deciden pasar su vejez en estas latitudes, compran mansiones antiguas y las restauran rigurosamente, respetando la línea tradicional. Los gringos jóvenes y bohemios se agrupan en sus afamadas escuelas de arte, para pintar y posar, y quizás aprender algo de español. Los españoles inteligentes vienen aquí a visitar el antiguo Nuevo Mundo, como hacen los propios mexicanos que escapan del tumulto y el estruendo de la capital. Los que no poseen una enorme casa color terracota se alojan en el maravilloso complejo hotelero Casa de Sierra Nevada.
Una pareja de suizos posee y administra este reducto. Más de 10 casas de estilo colonial en las pequeñas calles poco transitadas, justo frente a la plaza principal, ofrecen numerosas suites, una piscina en el jardín, una apacible biblioteca recubierta en cuero y un brillante restaurante de la nouvelle cuisine en un patio en tonos de ocre revestido en roble. Comer róbalo en salsa de ají picante, acompañado con margaritas y música clásica en guitarra es un sueño. Esto describe bastante a San Miguel.
Al caer la noche y descender la temperatura, la gente del lugar se envuelve en ponchos. El aire se espesa con el humo y el aroma a comida de los puestos callejeros, y el ruido aumenta entre el cuchicheo, el flirteo y el bullicio de los niños.
San Miguel es grandioso, verdadero lugar de encanto para descansar un par de días, pero para internarse aún más hondo en el México profundo tendrá que seguir hacia el Norte, a aproximadamente unos 8 kilómetros. Atotonilco, el antídoto de la pátina cosmopolita de San Miguel, es una localidad indígena, pobre, pero que merece una visita porque alberga la iglesia más imponente de esta ruta llena de tantas extravagancias eclesiásticas.
Está repleta de reliquias macabras y cubierta por una serie de llamativos murales naïve, que representa la versión indígena de la cristiandad, y es una mirada rápida al mundo de ojos tristes de aquellos que perdieron en la Conquista.
Guanajuato
El verdadero destino de la segunda etapa de esta odisea es la ciudad de Guanajuato, enclavada en la montaña. El camino remonta la ladera atravesando un sinnúmero de curvas hasta encontrarnos con la ciudad que pende precariamente de una ladera rocosa. Da la sensación de que se hubiese fundido, derramado en la grieta de la montaña y solidificado en un conjunto de cubos multicolores, suspendidos uno sobre otro.
Si San Miguel constituye un monumento nacional, Guanajuato es internacional, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco y considerada como única. Su sorprendente topografía se ve magnificada por el sinnúmero de túneles laberínticos, que ahora constituyen una serie de arterias subterráneas que emergen repentinamente en alguna plaza o parque pintoresco. Comparada con San Miguel, está ligeramente descuidada y afortunadamente no sufrió grandes reformas; sin embargo, Guanajuato fue más grande por la fecundidad de sus minas. Durante siglos fue la ciudad más rica de México y aún hoy es culta e increíblemente feliz.
Una prestigiosa ciudad universitaria bulle con los jóvenes artistas de clase media, que dan al lugar ese aire bohemio y enérgico que la caracteriza; Guanajuato es espléndida, docta y divertida. Podrá ocupar su tiempo asistiendo a conferencias, como las dictadas por la Fundación de la Conciencia Nacional Mexicana, que se anunció como si se tratara de un recital de rock. Aunque hay placeres menos exigentes.
El Teatro Juárez de fin de siglo se vería bastante ornamentado en París. Las numerosas iglesias en estilo rococó desafiarían a las ciudades italianas más piadosas. La hacienda San Gabriel tiene jardines formales diseñados para rivalizar con los más finos de Europa. Bullen los numerosos bares donde se reúne la juventud. El museo en la antigua residencia de Diego Rivera, el hijo más famoso de Guanajuato, es soberbio. Pero lo mejor de todo es encontrar un asiento en el jardín, alrededor de las 18, y esperar que comience el alboroto. Guanajuato adora los atardeceres.
El Jardín de la Unión, una plaza peatonal irregular flanqueada por laureles indios prolijamente podados, en torno de un estrado de hierro forjado, con un grupo de cafés en su circunferencia, constituye el centro de la vida. Y el movimiento se activa todas las tardes. Aquí, en este entorno casi como de hadas, toda la ciudad comienza la jarana. Una banda oficial de viento sube al estrado, mientras los mariachis, los músicos itinerantes que van de ciudad en ciudad, recorren las mesas con sus galas, esperando su turno para dar una serenata.
En un momento dado, cuatro orquestas pequeñas compiten por destrozar los tímpanos de los espectadores con su ensordecedora cacofonía. Gente de todas las edades desfila y baila, los enamorados se desvanecen, los mercachifles engatusan, los bebedores toman, los comensales engullen. Los fines de semana esto se puede convertir en un hacinamiento opresivo, puesto que gente de otras ciudades se agrupa aquí para tocar. Si llega en el momento equivocado en busca de un poco de tranquilidad, deberá alojarse en el clamoroso aunque aburrido Parador San Javier, que queda en las afueras de la ciudad. Pero sería un error. En lugar de hacer eso, reserve una habitación en el frente de la Posada Santa Fe. Asegúrese de que el balcón de la habitación dé directamente al Jardín de la Unión y a la acción, renuncie al sueño, abra las ventanas, pida un tequila, o dos, y maravíllese por el bullicio de abajo.
Zacatecas
La tercera ciudad de estas glorias coloniales es la menos conocida y, en muchos aspectos, la más conmovedora. Zacatecas está a una altitud que quita la respiración y, luego de conducir a través de unos cuantos kilómetros de mesetas inhóspitas, lo mismo ocurre con la belleza de esta distinguida ciudad. Es también una antigua ciudad minera, cuyos yacimientos constituyen en la actualidad un atractivo genuinamente fascinante. Tiene también un funicular desde el que se obtienen vistas panorámicas de la ciudad. Sin embargo, pese a todo esto, Zacatecas no es una ciudad turística.
En parte porque se encuentra alejada de los grandes centros urbanos, pero también porque su atmósfera refleja de algún modo lo agreste del terreno que la rodea, tiene un aire más altanero y riguroso que las otras ciudades coloniales, que fueron suavizadas por el aluvión de turistas. Pocos viajeros llegan hasta aquí, y sólo recientemente los propios mexicanos comenzaron a valorar el lugar. Tallada como una pieza de roca de coral rosado, su centro histórico atestado de mansiones señoriales, hermosas basílicas y jardines formales, Zacatecas se asemeja a la España clásica más que ninguna otra ciudad mexicana.
Sin embargo, mezclada con todas estas imágenes ibéricas, es impactante la presencia de hordas de vaqueros. Muchos de los hombres de Zacatecas, cuyas tierras alejadas están principalmente destinadas a la cría de toros, lucen los tradicionales sombreros de ala ancha, botas texanas, jeans ajustados y elegantes camisas. Verá a los vaqueros jóvenes de compras con sus madres, festejando a sus noviecitas o estacionando sus camionetas. Verá a los rancheros más maduros, hombres de altura considerable, con sus elegantes mujeres, dirigirse a la catedral con ramos de flores, o al teatro para asistir a un concierto de música clásica, o hacia algunos de los restaurantes donde sirven comida tradicional sobre manteles bien almidonados.
Zacatecas tiene también un gran hotel adonde ir, con toda su gracia culta y urbana: el Quinta Real, construido en torno de las ruinas de una antigua plaza de toros. Incorpora las arcadas del antiguo acueducto de la ciudad y es un lugar de gran exquisitez, elegancia y opulencia que combina con el tono de la ciudad. Invariablemente, se encuentra repleto de mexicanos ricos que exploran parte de su patrimonio que desconocían antes de verlo representado en el film basado en la novela de Carlos Fuentes, Gringo Viejo, con Jane Fonda y Gregory Peck. Y en ningún otro lugar se palpa la historia mejor que en la sagrada Zacatecas.
Excepto, quizás, en la pequeña Jerez, excluida de los itinerarios, sin ser tocada por la mano de la nobleza, provinciana, parroquial y posiblemente el pueblo más dulce de todo México. Está a unos 50 kilómetros al norte de Zacatecas por un camino de tierra y muy distante de la ciudad española homónima, cuyos habitantes se radicaron originalmente aquí. Jerez se aproxima a la perfección.
Jerez
Con una apacible plaza de adoquines repleta de buganvillas, humilde pero con hermosas iglesias y casas bajas pintadas a la cal con balcones ornamentados, la arquitectura es bien andaluza. Pero su encanto yace en el hecho de que resume la fantástica imagen mexicana. Sin embargo, al parecer no toma conciencia de su considerable belleza.
Tiene un pequeño museo, una municipalidad de la que se enorgullecen sus habitantes, un pequeño y romántico teatro que, por alguna razón, es una réplica exacta del ubicado en Washington y donde asesinaron a Abraham Lincoln.
La única marca comercial conocida en las tiendas es Stetson, y los vaqueros de aquí montan -con sus enormes sombreros, lazos en la cadera y botas con espuelas- en raquíticas bicicletas.
Es difícil imaginar que algo suceda alguna vez en Jerez, pero es sencillo soñar con poder mudarse a este lugar agradable y sereno, y llevar una vida de perpetuos domingos mexicanos. Si lo soñó, visite El Bohemio, un café bar donde funciona también una galería de arte, con sus habituales veladas de poesía. De algún modo, ni siquiera parece extraño que una ciudad rural, en la montaña, pueda resultar tan culta.
Pero aun aquí es raro oír música de mariachis en vivo que surge de una cantina a las once de la mañana. Al entrar, encontrará a un hombre solo escuchando una serenata, ensimismado sobre un vaso de tequila. Al acercarse a la barra y a la banda que toca para él, y al verlo más de cerca notará que por las mejillas de este ranchero macho corren algunas lágrimas.
Si le pregunta al barman, seguramente le responderá que está allí desde hace una hora pidiéndole a los mariachis que toquen la misma canción una y otra vez.
Su novia lo dejó la noche anterior y ésta era la canción predilecta de la pareja. Ahí sí que estará en el noble corazón sentimental de esta tierra llena de fascinación, en el México profundo.
Robert Elm (Traducción de Andrea Arko)
Respuestas para un viajero frecuente
¿Qué ocurre si voy en forma independiente?
Si el dinero no es ningún impedimento, alójese en la Casa de Sierra Nevada (00 52 415-27040) en San Miguel de Allende; el precio de las habitaciones parte de los 168 dólares. En Zihuatanejo, la Casa Que Canta (755-42722) tiene 18 suites y cada una recibe el nombre de una balada mejicana. La decoración es maravillosa, pero la comida puede llegar a ser una desilusión. Las habitaciones parten desde los 490 dólares. O también está Villa del Sol (755-42239), que tiene un lugar privilegiado en la playa y un restaurante al aire libre ultrarromántico, donde podrá cenar aunque no se aloje allí. Las habitaciones rondan los 160 dólares.
Pero para los que el presupuesto no es tan holgado, San Miguel cuenta con una amplia red de hoteles a buen precio, como La Posada de las Monjas (755-20171), un antiguo convento con una sorprendente vista del valle. Las habitaciones arrancan en 260 pesos (30 dólares). En Zihuatanejo, vaya al Hotel Avila (755-42010) y pida por una habitación que dé a la playa. Las habitaciones están alrededor de 55 dólares.
¿Podré utilizar el transporte público?
Los ómnibus son sorprendentemente buenos, cuentan con aire acondicionado y cómodos asientos que parecen sillones, video y un servicio de almuerzo. Y pese a que el viaje desde Ciudad de México hasta Guanajuato lleva cinco horas, se tiene la posibilidad de ver el país por sólo 20 dólares la ida. Lleve su equipaje en el ómnibus con usted o baje en cada parada para asegurarse de que nadie se enamore de su valija.
¿Podré alquilar un vehículo?
No se recomienda en Ciudad de México, a menos que desee subir su presión arterial. La ciudad está increíblemente congestionada y la mayoría de los conductores muestran tendencias de kamikazes. Además, debido a los serios problemas de contaminación ambiental que aqueja a la ciudad, no se permite conducir todos los días.
¿Tengo que tomar algún tipo de recaudo con respecto a la salud?
Aquellas personas con trastornos respiratorios deben tener mucha precaución en Ciudad de México, que cuenta con los peores registros de contaminación ambiental del mundo.
¿Hay problemas de seguridad?
La delincuencia aumentó desde la devaluación del peso. Recientemente, el problema con los taxis cobró bastante seriedad. Un norteamericano fue asesinado a golpes por un taxista a fines del año último. No tome taxis en la calle, ni siquiera en una parada.
Datos y consejos
Visa
No se requiere siempre y cuando la estada en el país no supere los 180 días.
Moneda
Pesos mexicanos.
Cotización al 17 de abril
1 dólar = 8.50
Bancos
Aunque el dólar es bien recibido por los comercios, se consigue un mejor cambio en los bancos o en casas de cambio.
Es preferente utilizar cheques de viajero en dólares, o tarjeta de crédito, y evitar llevar mucho valor en efectivo.
Hay que tener cuidado con el uso de las tarjetas de crédito. Es frecuente que en los mercados populares de los lugares turísticos completen cupones suplementarios que luego son usados en beneficio propio.
Aéreo
Si se viaja en temporada baja el boleto de avión hasta México D.F. cuesta alrededor de 1000 dólares.
Transportes
Desde la capital mexicana hasta cualquiera de estas ciudades es conveniente tomar los ómnibuscama. De esta forma, el turista tiene la oportunidad de descansar durante el viaje y abaratar los costos. Además, la mayoría de los lugares están unidos por autopistas.
Compras
Es una zona reconocida por sus artesanías en plata. Pese a ello, en caso de efectuar alguna compra, hay que asegurarse que los artículos tengan el sello identificatorio de que es metal puro.
Otras recomendaciones
Hay que beber sólo agua mineral envasada y evitar la ingesta de verduras o comidas crudas.









