Entre Ríos despluma el Carnaval

Gualeguaychú retiene el aliento entre un corso y otro, dispuesta a dejar todas las ropas y cuanta energía sea necesaria por seguir el compás a los hipnóticos tambores de las carrozas

Por Redacción OHLALÁ!

27 de febrero de 1998, 03:00

Entre Ríos despluma el Carnaval

G UALEGUAYCHU.- Nadia camina como las modelos. Las piernas esculpidas sobre el vértigo de unos tacos infinitos; las ondas negras derramándose en dentelladas de cabello. Nadia se desliza en medio de una calle intrascendente, brilla con su biquini de lentejuelas verdes y apura los pocos metros que la separan del Corsódromo.

El predio todavía huele a nuevo y es el resultado de una inversión interesante: un millón de dólares mediante, la antigua estación del ferrocarril fue remozada con una cinta asfáltica de quinientos metros, tremendos equipos de sonido y columnas de iluminación. Es así como el desfile -que desde 1977 se realizaba sobre la avenida Rocamora- hoy burbujea en un terreno cosido a su medida. Allí, cientos de cuerpos vestidos de ficción esperan su momento: la hora en que empiece el espectáculo y tengan que salir a deshacerse en un sudor perlado.

"Lo único que no me gusta es que me maquillen tanto", se queja Nadia. Y cuenta que cuando la pintan no logra reconocerse, que sus rasgos se deforman y se transforma en otra persona.

La alegría en números

Y es que, desde fines de enero y hasta principios de marzo, el Carnaval logra cambiar los rasgos de la ciudad entera. El corso -que ya es reconocido en el nivel nacional- convoca a decenas de miles de turistas y sacude hasta la última esquina de la rutina local.

Cuatro comparsas -pertenecientes a distintos clubes- compiten en vestuario, música y carrozas. Para eso, cada institución invierte 400 mil pesos por año. De ellos, 30 mil se van sólo en plumas y 7 mil se gastan diariamente en movilización. La mayor parte del dinero que se recauda en entradas (12 pesos los adultos y 3 los menores) va a la institución ganadora.

"Un habitante de Gualeguaychú que no sale en una comparsa no es un habitante de Gualeguaychú." La frase, un flechazo implacable, se afila en la boca de un estudiante veinteañero. Ignacio Bacigalupo tiene los ojos maquillados como una vedette barroca. Habla con la verborragia nerviosa de los artistas en un día de estreno, y cuenta los minutos restantes para que su comparsa -O´Bahía- salga al ruedo.

A su alrededor, el precorso -así se llama al espacio donde los clubes aguardan la señal de largada- es un derrumbe de cuerpos tan bellos como grotescos: mujeres de curvas firmes envueltas en plumas y rubor espeso; y fibrosos Adonis que juegan a cubrir su hombría con rímel, sombras tornasoladas y provocativos cola-less. "Este es el mejor momento del año y hay que aprovechar -cuenta Miguel Caminos, pelo cortísimo y teñido de rubio, músculos de brillo lubricado y vanidad de stripper-. En invierno la vida es recomún."

Mientras dura el frío, la vida de Gualeguaychú transcurre como los espacios entre una comparsa y otra. Detrás del fervor hiperkinético de una carroza, detrás del ruido y los cuerpos tan eléctricos, quedan los restos de papel picado y espuma. Detrás de la carroza, los cuerpos y el ruido, cuatro hombres vestidos de civil empujan el móvil con el gesto cansino de un conductor al que se le quedó el auto en medio del camino. Sin ellos, sin embargo, el Carnaval sería imposible: las carrozas, tan monumentales, no podrían avanzar.

Durante el año, Gualeguaychú es parecida a ese entretiempo entre comparsas. Desde fines de marzo, las vestuaristas y muchos otros empleados de los clubes empiezan a trabajar para el verano siguiente. Mientras tanto, los participantes del corso vuelven a la cotidianeidad tranquila de las ciudades de provincia.

El día después

Es domingo al mediodía, y ese ritmo pueblerino parece anticiparse. La noche anterior el Corsódromo estuvo repleto, y son muchos los que decidieron entregarse al sueño hace pocas horas. Las palmeras de la avenida Rocamora -uno de los ejes que desemboca en el estadio- tranquilizan su latido bajo el sol.

El ocaso de la fiesta, ya de madrugada, con la brillantina y el ritmo todavía en la piel

Cuentan los lugareños que el tiempo muerto se termina de matar en otra parte: la Costanera -que se extiende desde el puente de hierro y bordea el río hasta el ex frigorífico Gualeguaychú- es el centro de la vida social, con Carnaval o sin él.

Allí, el recreo tiene varias posibilidades: se puede tomar sol en cualquiera de las playas, practicar deportes acuáticos sobre el río Gualeguaychú o visitar el parque Unzué: 110 hectáreas intensamente arbóreas ubicadas del otro lado del agua y conectadas con la ciudad por medio del puente la Balsa.

Quienes prefieran las alternativas menos aeróbicas tienen los paseos por la rambla (está lleno de restaurantes y ferias artesanales con gorritas, mates, miel, videos del Carnaval -anualmente se venden unos 15 mil- ropa hindú y todo lo previsible en estos lugares) o pueden hacer un picnic bajo las glorietas rosadas que surcan la avenida costera.

Otra alternativa es el Paseo del Puerto. Junto a los galpones se desarrolla la mayoría de los grandes recitales.

Como el de Los Auténticos Decadentes, que logran hacer un tajo en la herrumbre del domingo: con el transcurrir de la tarde, el lugar empieza a llenarse de gente joven que, aun vestida de civil, no puede esconder su pasado. Basta acercarse un poco para encontrar entre los poros los restos de brillantina. Pero ahí están, casi despintados, acaso recién levantados, esperando el show con un termo bajo el brazo.

"Hoy tocan Los Decadentes, así que no hay nadie. ¿A vos te parece?" María Marta rezonga como una tía buena. Tiene 57 años y es una de las maquilladoras de la comparsa Papelitos. Sentada en el patio de una escuela local -la sede de operaciones del club-, espera la llegada del malón (apenas 215 chicos). En una de las aulas -rotulada mariposa veraniega y orugas - el retrato imperturbable de Justo José de Urquiza mira las decenas de trajes totalmente muertitos. El tiempo de espera se deshace en minutos infinitos. Gotea lento y sin compás.

Hasta que las horas finalmente avanzan y el colegio se empieza a llenar de gente. Van cayendo de a poco, como invitados rezagados pero eufóricos. Y como en una invasión bien organizada, sin que nadie lo note, el lugar se transforma en un gran túnel de histeria que se estira hasta surcar la noche. Hasta que la música de la comparsa comience a sonar y costureras, maquilladoras y maquillados decidan moverse para no parar más.

Jimena Villamayor tiene 19 años y las redondeces apenas atrapadas por una malla de inquietante brevedad. Estudia trabajo social en La Plata, viene a Gualeguaychú sólo para el Carnaval, y no siente ninguna timidez. Porque sobre la marcha la mirada de los espectadores no avergüenza, sino que potencia el desenfado.

"¡A mover esos trajes!" Son las diez de la noche y una organizadora detona la arenga de largada. Y ahí salen todos, aplaudiendo, riendo hasta las muelas, moviendo plumas y caderas como si fueran maracas. Parte del público se anima a la pasarela, y se infiltra durante los segundos que tarda en dispararse un flash.

Pero la foto acaso no retenga esa imagen inasible: cientos de cuerpos transpirados en dulces gotas de miel, sacudidos por el ritmo de unos tambores que logran desestabilizar la sangre. Hileras de piel nacarada, anticipando y rodeando unas carrozas inmensas que tardaron meses en ser construidas. Y que, aun así, son pura fantasía: telgopor y baldes de pintura. El radiante mundo de lo efímero, empujado por un motor y cuatro pares de manos.

Josefina Licitra

La vida sin el corso

Cómo llegar

  • Desde la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, el trayecto comprende 220 kilómetros y es el siguiente: Acceso Norte, ruta nacional número 9, complejo Zárate-Brazo Largo, ruta nacional número 12 hasta Ceibas y ruta nacional número 14 hasta el acceso a la ciudad.
  • Un pasaje en micro ronda los 40 pesos (ida y vuelta) y el trayecto tarda tres horas.
  • Una vez en Gualeguaychú, el medio de transporte mayoritario es el automóvil. Quienes no tengan movilidad propia, pueden contratar servicios de remíse o taxis, que cobran cerca de un peso por kilómetro (el precio absoluto no es caro, si se tiene en cuenta que la ciudad es pequeña).

Dónde dormir

  • El hotel por excelencia es el Embajador (***). Pegado al casino de Gualeguaychú, agrega a sus servicios el plus de la entrada gratuita a las salas de juego. La habitación doble cuesta 90 pesos. La dirección es 3 de Febrero y San Martín. Reservas: (0446) 24414. Quienes deseen obtener información exclusivamente del Casino deben llamar por el (0446) 23668 o enviar un fax por el (0446) 27989.

El hotel Los Angeles es un dos estrellas con pileta ubicado en 3 de Febrero 73. La habitación doble cuesta 74 pesos. Reservas por el (0446) 26383.

  • Una alternativa económica y muy usual es parar en casas de familia que ofrecen una habitación para pasar la noche. El precio ronda los 10 pesos diarios (el desayuno se arregla con los dueños de casa) y las direcciones son facilitadas en la oficina de turismo: Avda. Costanera y Obeliscos. (0446) 23668, de 8 a 22.
  • Del otro lado del río, en Parque Unzué, el alquiler de un bungalow para cuatro personas ronda los 50 pesos por día.
  • Los campings cobran unos 10 pesos diarios por la carpa, más un promedio de dos pesos por el uso de las instalaciones. Uno de los más reconocidos es el Ñandubaysal (***), a 15 kilómetros del centro. El lugar -ubicado sobre el río Uruguay- guarda todo tipo de servicios: desde locales de venta, como panaderías, verdulerías y restaurantes, hasta alquileres de kayak, vigilancia las 24 horas, parrillas, videocine y servicios sanitarios completos. Informes por el (0446) 23298.
  • Para más información se puede recurrir a la Casa de Entre Ríos: Suipacha 844. 328-9327, de 9 a 18 horas, de lunes a viernes. En Gualeguaychú, Avda. Costanera y Obeliscos. (0446) 23668, de 8 a 22.

Qué comer

  • Los precios de la comida son similares a los de Buenos Aires. Es un clásico incursionar en las parrilladas. La mayoría de estos locales está sobre la Costanera, y una parrillada para cuatro personas parte de los 20 pesos. Dacal, el restaurante del hotel Embajador, tiene además una sucursal en Costanera y Andrade. (0446) 24414/ 27602.

Sobre la avenida 25 de Mayo y las calles aledañas, en la zona céntrica de Gualeguaychú, hay platos rápidos y menús turísticos a partir de los 8 pesos. Un lugar reconocido -aunque no tan económico- es el Círculo Italiano, especializado en carnes y pastas. La dirección es San Martín y Pellegrini. 22155.