LAS LEÑAS, Mendoza.- A 160 kilómetros de Las Leñas y a escasos metros de la Gruta de Las Brujas, en Malargüe, se erigen altivos los Castillos de Pincheira. Nada tienen que ver con los del rey Arturo y, sin embargo, las colinas bautizadas con este nombre simulan desde su contorno igual grandeza.
Desde ahí, apenas un siglo y medio atrás, un grupo de guerrilleros aldeanos y españoles se ocultaba en sus cuevas para elaborar alguna estrategia que interrumpiera el pacto que inevitablemente iban a sellar San Martín y O´Higgins.
Lejos de tácticas y estrategias, Raúl, de apenas 17 años, se las ingenia para buscar en sus tiempos libres restos fósiles y, por qué no, alguna flecha perdida de los huarpes, la última tribu de la región. Cuando llega la primavera, por otra parte, abandona esta búsqueda para convertirse en anfitrión de los turistas.
Como el baqueano que supo describir Sarmiento en su Facundo , el explorador adolescente disfruta demostrando sus conocimientos de la región. "Aquí, los más jóvenes suelen acampar para vivir su propio party ", comenta sin saber que estas palabras lo acercan más a la ciudad y, quizá, lo alejan de su máxima virtud.
Con la supervisión de Ramón Cara, un ex militar que abandonó sus funciones al ser cautivado por la vida del campo, ambos se encargan de organizar las visitas. Cabalgatas y floating -una versión más liviana del rafting- en los afluentes del río Malargüe son casi una tentación para aquellos que acepten repetir la aventura de los últimos maleantes realistas.
"Esto no es exclusivo de los deportistas y alpinistas", acota Ramón remitiéndose a los 1600 metros de altura de la zona. Aquí pueden participar desde mochileros hasta la familia si es que desean internarse en la verdadera vida del campo. Lejos de parecerse a un pentatlon , las alternativas son diversas. "En verano, por ejemplo, es común ver cómo los visitantes abandonan sus caballos para bañarse en el río", cuenta Raúl. Cruzarlo también desde el puente colgante forma parte de la diversión, aun con los riesgos que eso significa.
Pincheira, un lugar de descanso
En cuanto al hospedaje, Pincheira carece de infraestructura hotelera, lo que no significa que quienes estén de paso no puedan quedarse varios días descansando.
En cabalgatas de dos o tres días, los que se animan a esa aventura cuentan con carpas y luz artificial que el mismo Ramón provee.
Lejos de las heladas del invierno o de las últimas nieves que deja agosto, el clima -aseguran- es agradable. "Las noches en verano son muy cálidas y los mosquitos no existen", confía el adolescente.
Las cuevas fueron diseñadas con la erosión del zonda en la cima de los castillos. Asimismo, son ideales para dormir. Aunque tampoco falta el romanticismo de los más jóvenes que llegan antes del anochecer para contemplar el contraste entre la luna y la Cara del Indio , como reconocen a una de las tantas siluetas que la imaginación trazó en la montaña.
Metros abajo, en cambio, los más osados apuestan a la caza de perdices o a la pesca de trucha y pejerrey. Otros prefieren disfrutar con sus hijos de una cabalgata que incluye el típico almuerzo criollo y que concluye con la caída del sol.
Entonces, románticos y atrevidos bajan a la parrilla regional, el principal lugar de encuentro de Pincheira, para compartir los churros rellenos con chocolate de la merienda. Eso sí: el frío se adueñó de los castillos.
Si no es así, todos, sin excepción, prefieren reservarse para el chivito que con orgullo prepara el ex militar, habitualmente acompañado por canciones folklóricas que sin melancolía, pero con extraño entusiasmo todavía, parecen festejar el triunfo de San Martín y el libertador chileno.
Tras las huellas de los realistas pioneros
En general, los castillos de Pincheira son ideales para combinar el placer de las cabalgatas con el espíritu de aventura. "No se trata de competir con el caballo, sino de disfrutar de su sabiduría en un lugar que tiene magia", reconoce Ramón Cara en su cuarto año como anfitrión.
Los costos varían según la cantidad de visitantes, pero las cabalgatas rondan los 15 pesos por persona e incluyen cruzar el río, subir y bajar cuestas, según reza un cartel de la ruta 40 norte.
La visita también se extiende a la Gruta de las Brujas, celosamente escondida para conservar los restos de las estalactitas que cuelgan de sus techos.
Menú criollo
Aquellos que lleguen desde el aeropuerto de Malargüe, después de 27 kilómetros difícilmente se resistan a la tentación de las comidas típicas que ofrecen en Pincheira.
La especialidad incluye chivitos, empanadas, pero también pan casero y los churros rellenos. El precio es de 10 pesos por persona.
Adrián Javier De Paulo









